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  20/09/2011

¿Por qué la llaman red, si es una nube?

El anuncio de Telefónica acerca de su Content Delivery Network (CDN) ha sido mal interpretado (o tal vez mal explicado): no se trata, como se ha leído estos días, de una nueva “superred” a la medida de Google, ni de un servicio vip de carácter preferencial, sino de extender una tecnología de optimización del tráfico de contenidos por las redes existentes, descentralizando los servidores para acercarlos a las áreas de mayor consumo. Una nube, vamos. Tampoco es una exclusiva, como se ha insinuado: escribe en su blog el analista Rob Gallagher que “sería difícil nombrar un solo operador importante, o que aspire a serlo, que no haya puesto en marcha una estrategia de CDN”.

Según declaraciones de Julio Linares, consejero delegado de Telefónica, el grupo ya tiene instalados más de 40 puntos CDN en diez países, y antes de finales de año tendrá 70, con una capacidad total de medio terabyte, esperando alcanzar los 2 ó 3 Tb durante 2012 para canalizar el tráfico de vídeo bajo demanda. Actualmente, el servicio funciona en España y Argentina; próximamente se añadirán Chile, Perú, Brasil, Venezuela y Alemania. Dijo Linares que el objetivo es “garantizar mejor calidad de servicio y monetizar la red ofreciendo servicios de valor añadido a proveedores de contenidos y grandes corporaciones”.

Como era previsible, ha salido a colación la controvertida cuestión de la neutralidad de las redes. Este principio  se refiere principalmente al ancho de banda y al acceso: los operadores de red no pueden restringir ni discriminar con el fin de obtener beneficio suplementario. Pero puesto que las CDN no son redes en sentido estricto, sino almacenes inteligentes de contenidos, ese principio no es aplicable.

En los últimos años, varias tecnologías han transformado radicalmente la naturaleza  de Internet, al facilitar la distribución de contenidos en nuevos formatos (textos, imágenes, audio y, sobre todo, vídeo) pero la pauta de consumo de estos contenidos no es uniforme, lo que crea frecuentes y súbitos atascos en determinados puntos de las redes, con la consiguiente degradación del servicio y el descontento del usuario final. Para adaptarse a la demanda, los proveedores de contenidos – digamos Google o Netflix, entre otros – tienen que estimar y provisionar servidores sobredimensionados, para atender picos de tráfico; en la práctica, cuando esa capacidad es desbordada, o cuando ha sido mal calculada, los fallos se acumulan en los destinos más alejados de los servidores.

La tecnología CDN fue concebida para resolver este problema, acercando al consumidor el almacenamiento dinámico de los contenidos: los más demandados se colocan más cerca del que los demanda. Físicamente, una CDN se compone de dos elementos: un servidor-origen y múltiples servidores-cache. También se puede describir una CDN como una colección de algoritmos que procesan un seguimiento continuo del contenido disponible, miden la demanda e identifican dónde es más intensa. Sobre esta base, los más populares se desplazan desde el servidor-origen a los caches distribuídas en la proximidad de los usuarios intensivos.

El tráfico de vídeo es muy sensible a las fluctuaciones del ancho de banda y a la latencia, por lo que la proximidad asegura menos congestión. Optimizar ese tráfico requiere inversiones, aunque menos significativas que ampliar la capacidad nominal de la infraestructura. Los operadores, siempre ansiosos por no verse constreñidos al papel de transportistas, necesitan armas de negociación con los proveedores de contenidos, algunos muy crecidos, que a su vez necesitan conductos para llegar a su público. Según un estudio de Juniper Networks, las CDN pueden tener un fuerte impacto al ahorrar entre el 30% y el 50% del tráfico en ciertas zonas residenciales.

Y no se trata sólo del vídeo bajo demanda para consumidores, como el que en España sirve Imagenio y pronto traerá Netflix, sino que el trasiego de rich-media dentro de las corporaciones está creciendo, y este tipo de tráfico es aún más sensible a la calidad del servicio. Los grandes proveedores tienen la posibilidad de invertir en sus propios nodos CDN, y de llegar hasta ellos a través de redes troncales, o bien la opción de contratar con operadores especializados, allá donde los haya. La estrategia de los grandes operadores – en este caso Telefónica – es colocar su oferta sobre la mesa y negociar.

Durante años, estas soluciones han tenido como primer adalid a la empresa Akamai, que en España suministra su tecnología a Telefónica, entre otros clientes. Según rumores, las incontables CDN de Google en el mundo funcionan con tecnología de Akamai, y lo mismo se dice de las de Microsoft, que también trabaja con Limelight. No obstante, la solución presentada la semana pasada ha sido desarrollada internamente por Telefónica I+D, rama del grupo cada vez más involucrada en los nuevos servicios.


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