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  25/09/2018

25Sep

El disgusto con Donald Trump entre las empresas del Silicon Valley es manifiesta y ciertamente va a más. Bueno, puede que a los jefazos les gustara el plan fiscal, pero eso es cosa hecha. En cuanto se enuncia la palabra ´valores`, la distancia con el impredecible hombre naranja es ostensible. Que Trump tuitee profusamente no le impide acusar a esta plataforma de ejercer la censura; que Facebook fuera un instrumento indirecto de su triunfo electoral no atenúa su desprecio por Mark Zuckerberg, por haber rehuido una invitación a la Casa Blanca; peor le ha ido a Google porque, según conspicuos republicanos, relega deliberadamente las noticias de medios conservadores en los resultados de búsquedas.

El viernes 21, un despacho de Bloomberg revelaba que funcionarios de la Casa Blanca tienen listo un borrador de orden ejecutiva presidencial que instaría a las agencias federales a abrir investigaciones contra las tres compañías, en busca de violaciones de la ley. Lo ha confirmado el Washington Post, que dice haber obtenido copia del documento. Parece que formalmente el procedimiento no ha sido aprobado por el jefe de gabinete y en consecuencia la orden no ha llegado a la firma de Trump.

No son sospechas infundadas. A principios de mes, el departamento de Justicia convocó a los procuradores de cada estado a una reunión en la que se analizaron las prácticas de Facebook, Google y Twitter y la posible aplicación de la legislación antitrust.

A poco de asumir Trump la presidencia, cuando este ordenó bloquear la entrada en Estados Unidos de ciudadanos de siete países de población mayoritariamente musulmana, algunos empleados de Google sugirieron que el buscador privilegiara los enlaces a organizaciones de defensa de los inmigrantes, cuando el usuario buscara las palabras ´Islam` o ´musulmán`. La dirección de la empresa se negó a manipular los resultados, pero algunos de los correos intercambiados han llegado a manos de Fox News, junto con un vídeo en el que Sergey Brin – cofundador de Google – afirmaba que la medida entraba “en conflicto con nuestros valores, y esto deberíamos reflejarlo de alguna manera”. Ahí están las raíces de la inquina de Trump.

No sólo Trump y los republicanos tienen a Google entre ceja y ceja. Uno de los pocos puntos de consenso bipartidario es la necesidad de limitar el poder de las grandes plataformas online. Varios senadores demócratas se han ofendido por la ausencia de sus altos directivos en la comparecencia a la que sí acudieron puntualmente Facebook y Twitter. Sundar Pichai,  CEO de Google, no acudió a conciencia de que iban a cuestionar su presunta intención de reabrir el mercado chino allanándose a la censura exigida por el gobierno de Pekín. Un tabú para la actual administración y para muchos empleados de la compañía.

El influyente senador demócrata Chuck Schumer (NY) ha dicho en una entrevista que el monopolio de Google la hace vulnerable a la regulación gubernamental, por lo que “el único antídoto” de que dispone es aplicar su tecnología al estricto cumplimiento de la ley. Refugiarse en la primera enmienda constitucional es una posibilidad para los medios online pero – sugirió Schumer – pudiera ser contraproducente: en lugar de la coerción, estarían expuestas a ser tratadas como monopolistas.

En respuesta a sus críticos de ambos bandos, Google sostiene que la ideología no influye en absoluto en los resultados que arroja su algoritmo de búsqueda, porque las páginas web no se indexan según inclinaciones políticas. Sin embargo, lo ocurrido con las elecciones presidenciales de 2016 la han llevado a introducir cambios en el algoritmo. En su momento, halló que sólo el 0,25% del tráfico de su buscador enlazaba con información manipulada y consideró si la solución estaba en cambiar el algoritmo para llevar a primer plano los contenidos revestidos de autoridad. No se sabe si lo hizo o no, pero contrató a miles de evaluadores que analizan si las páginas que el buscador escoge automáticamente son de fiar o merecen una bandera roja.

Por su lado, Facebook está purgando la pena de su complicidad con la empresa Cambridge Analytics. La compañía ha respondido a las presiones alterando su propósito original de ser “una plataforma abierta a personas de distintas perspectivas a través del espectro político” a ser, de hecho, un  medio de comunicación que supervisa los contenidos que publica. Para ello, usa una combinación de algoritmos y equipos humanos. En el primer trimestre de este año, desabilitó nada menos que 583 millones de cuentas falsas, removió 21 millones de piezas de contenido sexual y borró otros 2,5 millones de ´mensajes de odio`.

La discusión ha destapada cuestiones que hasta ahora no eran materia de conversación en el Silicon Valley. Jack Dorsey, cofundador y CEO de Twitter, ha admitido en una entrevista que la mayoría de sus empleados tienden a ser de izquierdas, pero añadió – una de cal y otra de arena – que los de ideología conservadora últimamente no se sienten cómodos trabajando en un ambiente crispado. Moraleja: Silicon Valley ha dejado de ser un mundo aparte. Saludos,

Norberto


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