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  24/03/2020

La IA, factor decisivo en el futuro bipolar

La batalla tecnológica de la guerra comercial entre Estados Unidos y China tiene su expresión más notoria en las redes 5G, objeto de disputa desde antes de su despliegue. Con mucho más motivo lo será la que se libra en torno a la inteligencia artificial. Las perspectivas de automatización, ahorro de costes y mejora de la eficiencia que se le atribuyen han colocado a la IA en el punto de mira de la administración Trump. En  noviembre, al incluir en su lista negra a ocho compañías chinas especializadas, las acusó de contribuir a la represión contra la minoría uigur, en Xinjiang, pero todos entendieron que el objetivo de la sanción tenía valor geoestratégico y, en definitiva, económico.

Entre las empresas sancionadas están SenseTime, Megvii y Yitu, pioneras en el reconocimiento facial, iFlyTek, de reconocimiento de voz y dos fabricantes de cámaras de seguridad – Hikvision y Dahua – sobre las que ya pesaba la prohibición de vender a agencias del gobierno federal. Para ellas, entrar en la lista negra comporta un sacrificio material, puesto que dos de ellas ya han suspendido su salida a bolsa en Hong Kong.

El daño podría ser de ida y vuelta, ya que el principal proveedor mundial de plataformas para entrenar algoritmos es la californiana Nvidia, que tiene motivos para temer una prohibición de vender sus semiconductores a compañías chinas, que representan el 25% de sus ingresos.

La política estadounidense tiene un carácter integral y, a pesar a que las malas formas de Donald Trump sugieren improvisación, realmente responde a una reflexión bien asentada en los dos partidos que se alternan en el poder. Puede que tuviera razón John Kerry, ex secretario de Estado de Barack Obama, cuando dijo que la jactancia de Xi Jinping en 2017, al anunciar que China no se conformará con ser menos que líder mundial en IA, había sido inoportuna. A lo mejor Xi se fortaleció ante sus pares del comité central, pero en Washington se dispararon las alarmas.

Bueno, tampoco fue una sorpresa. Ese mismo año, los científicos chinos publicaron más papers sobre IA que sus colegas estadounidenses y por primera vez China registró más patentes sobre machine learning y deep learning que Estados Unidos. Aunque debe tomarse en cuenta que el gigante asiático es más laxo para registrar patentes y su tasa de renovación es menor, de lo que se puede deducir una calidad inferior. Pero que el salto adelante se produzca ahora es significativo: se interpreta como ventaja el contar con una masa de 1.400 millones de habitantes sobre las que ningún escrúpulo impide recoger datos con los que entrenar algoritmos de IA.

Por lo tanto, el plan de Estados Unidos tiene como objetivo inmediato retrasar la eclosión de la IA en China. Con esa finalidad, el argumento de los derechos humanos viene servido para obstaculizar las exportaciones a terceros países, sensibles a esta cuestión, de equipos de vigilancia dotados de IA. Al mismo tiempo, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva – a las que es tan adicto como a Twitter – para que el gobierno dé la máxima prioridad a la IA en su presupuesto de I+D. El fundamento para la orden lo tenía en un memorando del por entonces secretario de Defensa, James Mattis, que recomendaba una estrategia nacional para no perder comba ante China.

El responsable de política tecnológica en la administración Trump, Michael Kratsios, hizo un llamamiento expreso al sector privado para mantener el nivel de Estados Unidos en IA por encima del que pretende China. Entre otras iniciativas se encuentra una de la National Security Commission on Artificial Intelligence, presidida por Eric Schmidt, antiguo chairman de Google y asesor de Obama, que reclama más inversión gubernamental, advirtiendo que China está por delante en áreas clave de la IA.

En realidad, Estados Unidos es aún, con diferencia, el principal mercado para la IA, con un 57% por comparación con el 12% que se atribuye a China, sobre un valor mundial de 37.500 millones de dólares, según indica un estudio de IDC. Pero el gigante asiático ha pisado el acelerador y el año pasado sus inversiones en IA crecieron un 65%. Varias de las compañías vetadas por Trump viven de contratos con gobiernos locales en su país. Y, muy significativo: son decenas los países – entre ellos Singapur, Tailandia, Filipinas, Pakistán y Ecuador, que se sepa – que han comprado equipos de videovigilancia a esas empresas proscritas en Estados Unidos.

El plan chino es generoso en recursos. Prevé construir un sector de IA que  apuntale áreas críticas para el futuro de la economía, abarcando desde los vehículos autónomos hasta la cirugía robotizada. También pretende que se emplee como herramienta para resolver problemas sociales, como la distribución de recursos educativos y sanitarios en todo el territorio; el 40% de la población china, unos 560 millones de personas, vive en áreas rurales, donde la escasez de recursos humanos se pretende paliar con asistencia personalizada prestada por sistemas de inteligencia artificial.

De la IA se espera que aumente la productividad, justamente cuando el país se encuentra en un bache demográfico. La mano de obra barata y joven del campo disminuye rápidamente como reservorio para las urbes, porque la política de hijo único está pasando factura, y esto, incluso en un país sin movimientos reivindicativos, encarece los salarios. Para 2025, se espera una adopción de IA a gran escala en las fábricas, además de otros sectores, para suplir esa carencia.

El cumplimiento del plan de Xi Jinping está en el aire con las sanciones de Estados Unidos. A corto plazo, su impacto será limitado, porque muchas compañías previsoras acumularon productos de Nvidia y otros fabricantes. Entretanto, la industria china intenta desarrollar sus propios componentes para evitar depender de suministradores extranjeros. En última instancia, se espera que en China puedan producirse alternativas a los chips de Intel, Nvidia o Qualcomm.

Una muestra de ese esfuerzo ha sido el lanzamiento de dos productos de iFlyTek para teleconferencia y transcripción, que funcionan con CPU nacionales, sólo semanas después de comunicarse el veto. Sin embargo, nadie duda de que la industria china de semiconductores no está todavía a la altura de la exigencia.

Esta situación probablemente desemboque en una integración vertical de empresas, para agrupar algoritmos, aplicaciones y componentes bajo una misma estructura, en reemplazo de la fiebre de expansión horizontal de los últimos años. En el software se presenta otro problema – que es el mismo que sufre Huawei – puesto que las plataformas TensorFlow, de Google, y PyTorch, de Facebook, son las más populares en el desarrollo de aplicaciones de IA. Y así será para una buena parte de las empresas chinas. No obstante, Megvii y SenseTime dicen tener sus propios frameworks de deep learning, por lo que no es descabellado pensar que permitirá a otras empresas compatriotas usarlos en sus proyectos.

Para reforzar su ofensiva, Estados Unidos podría tomar otras medidas complementarias. Por ejemplo, se plantea excluir a toda compañía china de cotizar en sus mercados bursátiles, o – lo menos conflictivo – dedicar  fondos gubernamentales para limitar la exposición de las empresas de su país al mercado chino, en el que podrían sufrir represalias. También podría poner impedimentos a la financiación de empresas chinas, afectando así a inversores como el fondo Silver Lake o Qualcomm  (ambos participan en Megvii). El arsenal podría incluir la restricción de inversiones chinas en empresas de Estados Unidos sobre la base de evitar la copia de tecnología.

El veto y la anticipación de las medidas que podrían adoptarse ya están surtiendo efecto. El año pasado fue el primero desde 2012 en el que la inversión de capital riesgo en la industria china de IA decreció. De los 124.300 millones de yuanes (17.700 millones de dólares) que recibieron sus startups en 2018 [que no es calderilla] se bajó a 84.100 millones de yuanes (11.900 millones de dólares). La coyuntura obligará al sector a buscar otras fuentes, pero sobre todo, es otra amenaza – como la que ya pesa sobre 5G – de partición del mundo. Europa, a verlas venir. Con otra consecuencia lesiva para la economía mundial: China necesitaría invertir en el desarrollo de cada tecnología sólo para asegurar su independencia. Es una reminiscencia de la Guerra Fría que se creía superada.

[informe de Pablo G. Bejarano]


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