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  1/08/2019

Windows 10, permanentemente inconcluso

Se supone que tras el fracaso de Windows 8.1, el objetivo de Microsoft era crear un ´entorno` (suena mejor que sistema operativo) vivo, en constante evolución. Satya Nadella llevaba poco más de un año como CEO cuando proclamó el advenimiento de la era de Windows as-a-service. Cuatro años después, la realidad de Windows 10 es más modesta. Poco importa no haber alcanzado los 1.000 millones de dispositivos previstos en 2017: con los 800 millones actuales basta para que Windows 10 sea el sistema operativo (con perdón) más usado. Debe la cifra a dos maniobras astutas: la gratuidad inicial  de la migración y el anuncio de que Windows 7 dejaría de  recibir soporte oficial en enero de 2020.

Satya Nadella

Lo dicho no implica negar los méritos de Windows 10. Sólo señala que cada actualización deja en el usuario una incómoda sensación de obra inconclusa, lejos de aquella promesa de acabar con la incertidumbre de cada release de la serie.

Desde luego, es muy de valorar que Microsoft incluya en su actualización de julio  de 2018 parches para resolver 77 vulnerabilidades. Pero no calman la ansiedad de los usuarios: sobre el papel era una buena idea cortar de salida las especulaciones acerca de un hipotético Windows 11 (esto explica que Microsoft se saltara el 9 en la serie) pero se ha quedado en poco más que una nomenclatura confusa.

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La primera versión, de julio de 2015, fue numerada como 1507. La actual es la 1903 y la que saldrá en octubre será la 1909. Ingenioso, pero no del todo. Porque, al ritmo de dos por año, la comodidad lleva a denominarlas como 19H1 (prevista para mayo pasado, pero que ha salido en julio) y 19H2 (la de octubre). Sin duda más fácil.

Si eso fuera todo, no habría mayor problema en acostumbrarse. Pero las incidencias se acumulan. No es posible, se dice, la actualización automática en modelos Surface Book 2 que lleven una GPU de Nvidia. Más grave ha sido enterarse de que en algunas instalaciones se producía el borrado de archivos cuando la carpeta de destino se había modificado; o que desde la versión 1803 – distribuida en abril de 2018 – y debido a un problema de diseño, Windows 10 no hacía copias de seguridad del registro, pese al mensaje de que la tarea se había completado correctamente. No son circunstancias tolerables cuando se presume de lo que Microsoft tendría derecho a presumir.

Algunos analistas consideran que los despidos masivos de 2014 – entre los que hubo un recorte de la plantilla de software testers – tuvo mucho que ver con la seguidilla de errores que han ido acumulando las versiones de Windows 10. Como muestra, un botón: 1507 (primera de la secuencia) se ha quedado sin soporte hace mucho tiempo, por lo que a principios de este año Microsoft tuvo que calmar las aguas con una actualización extra que corrige los errores.

La importancia del episodio reside en que, por un lado, sugiere que las mejores periódicas que cabe encontrar en algo que se anuncia como as-a-service no funcionan como se espera; por otro, indica que un relevante  número de usuarios se ha quedado anclada en aquella versión de 2015.

Suma y sigue. La versión 18H2 – o 1809 – correspondiente al segundo semestre del año pasado, contenía tantos fallos como para convertirse en  una pesadilla para Microsoft. Tras presentar en público la anterior (18H1), se marchó de la compañía Terry Myerson, responsable de la división Windows and Devices. Lo llamativo es que su vicepresidencia ha sido amortizada y esas  responsabilidades están dispersas en el organigrama.

Los administradores de sistemas aspiran, como cualquiera, a que no les compliquen la vida. A juzgar por lo que se lee en blogs y foros, no parece que Windows as-a-service esté cumpliendo ese requisito cuatro años después de ver la luz. A los problemas con el software se suman otros de política corporativa: Microsoft lleva años cambiando las reglas de las actualizaciones, sobre todo las destinadas a empresas (Windows Update for Business), un verdadero quebradero de cabeza para los administradores. Windows 10 ha sido para ellos una caja de sorpresas.

Por supuesto, Microsoft ha prometido más transparencia, pero en muchos clientes cunde la impresión de que la prioridad prácticamente absoluta conferida a Azure relega a Windows 10. Muchas empresas han optado por saltar directamente a la 19H1; la buena noticia es que para la siguiente versión no tendrán que esperar antes de actualizar el equipo ni reiniciarlo varias veces, porque se instalará como un service pack, con la ventaja  añadida de un soporte completo durante 30 meses. Mientras tanto, para los OEM y los minoristas son obligatorias las actualizaciones cada seis meses (teniendo en cuenta que cada versión tiene 18 meses de soporte).

En las últimas semanas, la analista Mary Jo Foley ha sugerido que la preocupación presente de Microsoft es tener lista cuando antes una versión Lite de Windows 10, como pieza de una estrategia para contrarrestar el avance de los Chromebook que promueve Google e  incorporan a su catálogo incluso los fabricantes tenido por incondicionales de Windows.

Por otra parte, no se puede obviar el hecho de que Windows 7, mucho más estable que su sucesor, perderá el soporte de Microsoft el 14 de enero de 2020. Microsoft no puede repetir la experiencia vivida con la versión de la segunda mitad de 2018, para la que un año después ha tenido que resolver de una tacada 27 incidencias. Que en los últimos estertores de Windows 7 ocurra algo parecido sería un problema gordo. Según estadísticas que la compañía no confirma ni confirmará, al menos una de cada cinco grandes empresas tienen aún pendiente su migración a Windows 10. Y esto no puede menos que influir sobre el mercado de PC.

[informe de David Bollero]


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