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  27/06/2016

27Jun

Me siento obligado a alterar la temática sectorial de este newsletter por una circunstancia que no le es ajena, el desenlace del referendo en el que la mitad de los ciudadanos británicos ha decidido que su país deje de ser miembro de la Unión Europea. Desde los estadistas del mundo hasta el último tertuliano, todos tienen algo que decir. Yo también, aunque no pretendo ser original, y quiero compartir mis reflexiones con los 3.200 suscriptores que reciben este newsletter. Si lo estiman oportuno, pueden hacer llegar sus observaciones a norberto@norbertogallego.com.

1) Demasiado tarde hemos comprendido que la globalización, que tantos dábamos por irreversible, puede tener marcha atrás, aunque se rompa la caja de cambios. Y que las políticas económicas de los últimos años han acabado explotando de la peor manera posible: el triunfo del Brexit hay que verlo como una venganza de los perdedores. Lo ha escrito muy bien mi compañero Ramon Aymerich: «las minas no volverán a abrir, como tampoco lo hará la vieja industria. El imperio no volverá. Pero es la opción que ha tomado la gente mayor, la que se siente más pobre, la que piensa que la historia le ha ido a la contra». Siguiendo este enfoque, habrían sido derrotadas las élites, el establishment, pero tendrán formas de resarcirse.

2) Algunos que viajamos con frecuencia, sospechábamos que ese país insular no era tan cosmopolita como daba a entender su diversidad étnica. En sus entrañas latía una indiferencia hacia el resto del mundo. Ahora asistimos a las consecuencias del culto – no sólo británico, desde luego – a las identidades colectivas. Para muchos, reforzar la propia implica ¿inevitablemente? la confrontación con quien tiene otra identidad, si es que la tiene, o incluso si renuncia a tenerla.

3) Entre los patriotismos y los tribalismos hay un delgado umbral que se franquea imperceptiblemente: es tan fácil como para un padre de familia que va al fútbol dejarse arrastrar por los hooligans [la imagen es de John Carlin, pero quizá deberíamos mirarnos al espejo]. ¿Han conocido ustedes Yugoslavia? ¿La reconocen en esos seis estados fallidos (pero homogéneos) en que se ha convertido? Me dirán que exagero, pero no me negarán que el Reino Unido (de Gran Bretaña, Gales e Irlanda del Norte, se llama) está más desunido que nunca.

4) Sería raro encontrar una suma semejante de irresponsabilidad por parte de la clase política británica: el temerario Cameron, que creyó salvarse de las críticas internas arrancando concesiones (vergonzosas, por cierto) a Bruselas; el oportunista Johnson; el ambivalente Corbyn y el xenófobo Farage. No nos fijemos sólo en ellos ni sólo en su país. ¿Qué pasa en Italia, Francia, Hungría, Polonia, Austria y hasta, si me apuran, en la mismísima Alemana? Y por cierto, ¿qué tal por casa?

5) Se pregunta John Authers cómo pudo ser que ´los mercados` se equivocaran tan torpemente al apostar por la permanencia sin siquiera contemplar el riesgo de un accidente. El error de cálculo ha sido colosal: al cerrar los colegios electorales, la libra se cotizaba a 1,50 por dólar, su valor más alto del año, y al día siguiente había caído al mínimo de 30 años.

6) Acabo de leer que 48 horas después del desenlace, ya circulaba una petición de segundo referendo, firmada por un millón de ciudadanos, esencialmente habitantes de Londres. Otra prueba de que la democracia plebiscitaria sólo sirve para dividir, porque invariablemente los referendos dan diferencias tan pequeñas que parten las sociedades en dos e incitan al bando perdedor a prepararse para la siguiente ocasión.

7) Ha muerto Edgard Pisani, exponente de aquella generación que diseñó el ´sueño europeo`, hoy trasmutado en pesadilla: se vuelve a distinguir entre los miembros fundadores y los miembros tardíos, entre los del norte, del sur y del este. Se sugiere que todo podría arreglarse en una Europa de dos o más velocidades. Lean el documento atribuído por Handelsblatt al ministro Schauble, y entenderán cómo se azuza un incendio. Al otro lado del canal, Escocia quiere entrar en la UE, para lo que debería primero escindirse del reino; extemporáneamente, la imposible unificación de Irlanda empieza a parecer posible. Mientras, en el continente proliferan los demagogos, los xenófobos, los separatistas, los antisistema. Y los narcisistas.

8) Ocurre, entre otras cosas, porque las democracias se pervierten en el hábito de reclamar referendos para casi cualquier cosa. Muchos políticos que han sido elegidos para gobernar, o aspiran a ello porque esa es su vocación, han cogido gusto al truco de hacer responsable a «la gente» de asuntos que ellos deberían arreglar. En el fondo, son excusas para inducir torticeramente a que los ciudadanos «decidan», avalando al poder.

9) Por inclinación profesional, me ha llamado la atención el papel de la prensa británica. Sólo el Financial Times y el Guardian han defendido la permanencia, mientras los tabloides incitaban la ruptura. Por mi parte, no tengo interés en que me cuenten cómo pueden haber influído las redes sociales: opino que Facebook y Twitter son pésimos indicadores del casi todo, con más razón del pensamiento político.

10) De las consecuencias económicas se ha hablado como argumentos de campaña: lo racional ha sido eclipsado por lo emocional, escribe un analista. La UE pierde el 18% de su PIB, simplifica otro. La caída de la libra (que tampoco es del todo mala para un país aislado) o el derrumbe de las bolsas son epifenómenos. Por el momento, se nota más preocupación por el futuro de la City que por el impacto que el desajuste financiero tendrá sobre la economía real: el comercio, el empleo, las inversiones…

11) Habrá una huída de dinero hacia el dólar y se inflamará una patología de la eurozona: la prima de riesgo de la deuda de los países periféricos – léase España – subirá, la deuda de las empresas se encarecerá, el BCE tendrá que dedicar recursos a parar la hemorragia en lugar de inyectar vitaminas en el cuerpo económico.

12) Ya he citado a John Authers, quien advierte sobre la probabilidad de «un parón súbito, del tipo que sufrimos durante la crisis que siguió al colapso de Lehman Brothers». Hasta el mismísimo Alan Greenspan – que no está precisamente libre de pecado – se permite tirar una piedra cuando afirma que el Brexit es sólo la punta del iceberg de lo que está por venir.

13) Gran Bretaña es un actor económico fundamental. Aunque no domina los mares ni puede soñar con una relación transatlántica especial, está imbricada estrechamente con el continente. Al sucesor de Cameron, sea quien sea, le espera la tarea de recomponer el puzle, negociar línea a línea con Bruselas. Un matrimonio de 43 años no se disuelve sólo porque uno de los cónyuges sale por la puerta.

14) Sin la menor idea de cómo funcionan las instituciones, la mitad de los británicos han escogido poner en marcha un mecanismo dantesco. Se abrirá un período en el que los intereses creados, los lobbies, los prejuicios y las ambiciones tratarán de desmontar cualquier norma europea que a cada uno moleste, perjudique o disguste. En esa faena vamos a perdernos los próximos años.

15) Sin duda habrá consecuencias para el sector de las TI, materia original de este blog, pero las dejaré para otro comentario. Creo poder predecir que los desajustes cambiarios van a afectar los resultados de las empresas… y más cosas. Francamente, me sentiría un poco mezquino si hoy dedicara este espacio al conocido juego de qué-hay-de-lo-mío.


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