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  5/03/2020

5 de marzo, 2020

La suerte de Rajeev Suri como CEO de Nokia quedó echada en octubre, cuando anunció a los accionistas la suspensión del dividendo para guardar liquidez con la que abordar nuevas inversiones en 5G. La cotización cayó el 23% en un día, pero los analistas habían avisado que los despliegues de los operadores – salvo excepciones – no estaban respondiendo a las expectativas. Era verdad: al cierre de 2019, los ingresos de Nokia cayeron sólo el 1% en moneda constante; escribo “sólo” debido a que a Suri le gusta separar las cifras de China de las del resto del mundo. No se trata de  una tendencia exclusiva de la compañía finlandesa: algo similar podría decirse de otros, con la obvia excepción de Huawei.

La salida a esta difícil situación ha empezado a tomar forma esta semana, con el retorno de dos veteranos que trabajaron en Nokia durante la  larga era del legendario Jorma Ollila – refundador de la compañía (1996-2012) – que se buscaron la vida en los años posteriores. Sari Baldauf, que será chairperson a partir de abril, ha escogido como nuevo CEO a Pekka  Lundmark, con quien ha trabajado dentro y fuera de Nokia. Esta conexión personal permite aventurar una recuperación del control por parte de los inversores finlandeses, tras unos cuantos años de coexistencia con accionistas volanderos.

No se trata de un cambio de cromos sino de algo mucho más profundo. El tándem Baldauf-Lundmark ha prometido revisar a fondo la estrategia de los últimos años, cuyo primer rasgo ha sido agrandar el perímetro [adquisiciones de Siemens Networks y de Alcatel Lucent] con el fin de que Nokia estuviera presente en todos los segmentos del mercado de las telecomunicaciones, del que 5G es la parte más mediática.

El problema está en que, precisamente por ser la más mediática, los comentarios se han centrado en que Suri no ha logrado mejorar la cuota de Nokia en las redes 5G. Es un argumento cierto, pero sólo uno de los argumentos posibles. Según Suri, CEO desde 2014, una vez aparcado el mercado chino en su particular limbo estadístico, Nokia tendría un 27% de “nuestro mercado primario” (sic); la consultora Dell´Oro, que no tiene por qué hacer tal distingo, le adjudica el 15,9% del mercado mundial de equipos de red, doce puntos menos que a Huawei; en los tres últimos años, Nokia habría perdido algo más de dos puntos porcentuales, según esta fuente.

Otro hallazgo de Suri ha sido una “ratio ponderada de ganancia 5G” [weighted 5G win rate] calculada como la suma de nuevos contratos 5G más la conversión de 4G a 5G. En 2019, según el CEO, la ratio ha sido del 100% (o del 90% incluyendo China), lo que significa que Nokia no ha perdido clientes o bien  ha compensado los clientes perdidos con nuevos acuerdos. Ahí queda eso.

Lundmark no asumirá su cargo hasta septiembre, pero conoce bien las opiniones en danza. Algunas aconsejan seguir el guión de Börje Ekholm, CEO de Ericsson, que en circunstancias similares decidió  simplificar la organización, desprenderse de líneas de negocio no esenciales, deshacer contratos no rentables e invertir en tecnologías que le permitan competir realmente con el rival chino. Vale, vale, esas posibilidades existen, pero exigen tiempo y Nokia tiene urgencia. Por esto, otros ponen el acento en las consabidas “reformas estructurales”, vulgo recorte de costes.

Esta discusión ha tenido un efecto inesperado, el cuestionamiento tardío de la absorción de Alcatel Lucent en 2015. Nadie pone en duda  las aportaciones tecnológicas de AlcaLu a la renovación del catálogo de Nokia. La objeción es otra. Como suele ocurrir con las fusiones de gran talla, la integración obligaba a cercenar costes y en ello se concentraron las energías de la organización, con el consiguiente politiqueo que conlleva sacrificio de talento.

Repetir la experiencia a la inversa, para desmontar y/o segregar piezas de aquella transacción implicaría riesgos desconocidos [Ekholm podría dar algún consejo a su futuro colega]. Por otro lado, es cierto que la apuesta por 5G necesita apoyarse en el capex de los clientes, cautelosos a la hora de invertir en despliegues. En Estados Unidos, por nombrar un mercado donde no tiene nada que temer de Huawei, Nokia se ha visto superada por Ericsson, hasta que la fusión entre T-Mobile y Sprint le ha abierto nuevas esperanzas.

A la vista de la esterilidad del veto a Huawei, la administración Trump ha creado cierta confusión. El fiscal general William Barr [antiguo abogado de AT&T, por cierto] ha lanzado la ocurrencia de proponer que Estados Unidos patrocine (sic) una fusión de Ericsson y Nokia que daría origen a un competidor occidental alternativo a Huawei y ZTE. Nadie, hasta ayer, había recogido el guante: Cisco – pese a que su cartera de pedidos de los operadores ha caído un 21% – ya ha advertido que no cuenten con ella.

Una eventual fusión entre Ericsson y Nokia ha sido evocada en el pasado por ideólogos de la respuesta europea a la ofensiva china. Tiene todos los inconvenientes de las fusiones que la finlandesa ha experimentado. Y el presunto socio, Ericsson ha dicho muchas veces que no está interesada, que su camino es individual.

Supongamos que no se puede descartar una consolidación, cualquiera sea su formato. Habría un riesgo claro de que se la considere como infracción a las reglas de competencia; efectivamente, en aquellos países que cierren sus puertas a Huawei, el resultado sería una posición de monopolio.

Aun aceptando que el problema consista en poner límites a Huawei en los despliegues de redes 5G (una visión miope de la realidad) Nokia avisa de que el crecimiento de su “mercado primario” – se refiere al equipamiento RAN fuera de China  – será plano en 2020. El tiempo apremia a Lundmark. Hasta mañana,

Norberto


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