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  5/02/2014

5Feb

Desde Bruselas, Jean-Louis se declara «vivamente interesado» acerca de esta frase sobre Apple en mi post de ayer: «[…] el ciclo de actualización es fundamental para su negocio: necesita que los consumidores renueven su iPhone con una frecuencia a la que tal vez no están dispuestos». Pide el lector que me extienda próximamente sobre el asunto. Con mucho gusto lo haré hoy mismo. He leído informes de analistas en los que se señala el alargamiento del ciclo de renovación del parque de smartphones. Según uno de ellos, en Estados Unidos se ha mantenido durante años en una media de 21,7 meses, pero en 2013 se habría estirado a 24 meses por lo menos.

El problema no es muy distinto del que en algún momento se ha planteado a la industria automovilística. En el caso de los móviles, puede haber varias razones. Una de ellas es el punto final de las subvenciones con las que los operadores soportaban – y aceleraban – la renovación de los terminales, en algún caso infringiendo su propia regla que en España se ha llamado compromiso de permanencia. La idea de la subvención buscaba asegurarse la fidelidad de los clientes y frenar las fugas estimuladas por la portabilidad. En consecuencia, el modelo de negocio ha dependido demasiado de la venta de terminales «aspiracionales», los mejores que cada usuario pudiera obtener de su operador, o del rival de su operador.

El segundo factor parece estar en la tecnología. Un smartphone de hoy ha alcanzado grados de sofisticación que no sólo superan las necesidades del usuario corriente, sino que se hace cada vez más difícil al fabricante mejorarla. Desde el embeleco de los procesadores con mayor número de núcleos a la promesa de las pantallas curvas, los motivos para cambiar de móvil se hacen menos compulsivos en la práctica. Según mi parecer, la industria ha alcanzado una meseta tecnológica; si realmente es así, ha de manifestarse como estancamiento de las ventas de modelos que nacen para reemplazar a otros no tan antiguos [ciclo de vida es una expresión equívoca] y en perfecto estado de uso, con el agravante de que ya no hay subvención que baje su precio final.

El iPhone es el más «aspiracional» de los smartphones del mercado, y pese a que Apple ha vuelto a batir récords de venta, es especialmente vulnerable al alargamiento del ciclo. Tiene muy calculados sus lanzamientos, pero en su catálogo sólo hay dos generaciones de un mismo modelo y sus precios no muy diferentes favorecen la elección del más reciente.

Por el lado de Google, el problema es un poco diferente: las dificultades constantes para convencer a los usuarios de Android de pasarse a la última versión del sistema operativo, son un obstáculo para las marcas asociadas, que tal vez preferirían un poco de estabilidad en lugar de fragmentación. Una consecuencia lateral es el descenso del precio medio, señal de cambios en el mix de productos de cada familia.

Los desarrolladores también cuentan en esta historia. Son proclives, como es lógico, a preferir el software más actualidado, que normalmente coincide con una evolución generacional del hardware. Si no hay nuevos smartphones que aporten mejoras sustanciales en la «experiencia de usuario», su negocio se resiente porque los consumidores se quedan quietos en lugar de seguir la curva de innovación.

No son ocurrencias mías, sino elementos que he recogido de varios analistas y de algún director de marketing sincero. Dicen estar convencidos de que 2014 será un año de relativa desaceleración en los mercados maduros y que la industria seguirá obsesionada por ganar cuota (o no perderla, según de quien se trate) en los emergentes. Desde luego, saldrán nuevos modelos cool este año, y continuará la expansión geográfica del smartphone, a costa de los móviles convencionales, pero en lo fundamental el ciclo se va a estirar. En mi interpretación del acuerdo sobre patentes que han firmado Google y Samsung, si los socios creyeran que tienen por delante un ciclo largo y ascendente, no tendría sentido. Con esta perorata espero haber acertado en la ampliación que pedía Jean-Louis.


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