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  14/10/2021

Antes habrá un apaño con China que con Huawei

El pacto extrajudicial por el que Estados Unidos suspende la extradición de Meng Wanzhou, CFO de Huawei retenida en Canadá durante tres años, ha sido un paso de la administración Biden hacia el apaciguamiento en las relaciones con China, pero no alivia las sanciones contra la compañía. Ya lo había avisado Eric Xu, quien actualmente ejerce como CEO rotatorio de Huawei: que no cabe hacerse ilusiones sobre la posibilidad de que Biden se atreva a levantar las medidas adoptadas por Donald Trump. Huawei seguirá siendo el pagano de una confrontación política que le está costando millones. Claro que Pekín no dejará que Huawei colapse; el problema es cómo recuperar los mercados que se le han cerrado.

Meng Wanzhou

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Para ambos países es una cuestión de hegemonía geopolítica, en la que una pieza clave sería la tecnología, pero no la única ni la primera. En algo tenía razón Trump: Estados Unidos necesita que el mundo perciba su condición de superpotencia, para lo que trata de montar una estrategia que rivalice con los espectaculares avances chinos de los últimos años. No es inevitable que la que hoy es segunda potencia salte al primer puesto, viene a decir Biden. Pero entre unas y otras consideraciones, Huawei, a la que en Occidente se temía como una punta de lanza de las capacidades tecnológicas chinas, seguirá proscrita.

La decadencia de Huawei se refleja en los últimos resultados publicados, correspondientes a la primera mitad de 2021: sus ingresos se han reducido un 29,4% sobre los del año anterior en las mismas fechas. La división que acusa la mayor caída es la de consumo (sus smartphones) tras sufrir una brusca caída del 46%. La metástasis se ha extendido a la relación con los operadores y al negocio de TI, que sin registrar descensos igual de graves, bajan dos dígitos.

Y no se trata de una coyuntura pasajera. Si se desglosan los números por trimestres, la perspectiva es todavía menos halagüeña: en el segundo, la bajada fue del 38% comparada con igual período de 2020, lo que indica que las ventas empeoran, porque el primer trimestre se había cerrado con un 16,5% negativo, que a su vez aceleraba el 11,2 rojo del cuarto trimestre del 2020.

Salvo rescate inesperado, sus resultados de los próximos meses van a ser peores, cuando Huawei agote sus inventarios de los  componentes que le son negados porque o son fabricados por empresas estadounidense o incorporan alguna tecnología o patente de ese origen.

Recapitulando lo que el lector ya sabe: todo empezó, es un decir, con las redes 5G, a cuyo desarrollo contribuyó Huawei ante la incomparecencia de la industria de Estados Unidos dejada al capricho del mercado. Bajo la peregrina excusa de no inmiscuirse en política, los operadores reconocían que los productos del campeón chino eran de calidad inobjetable, baratos y tenían mejor financiación que los de Ericsson y Nokia. Mientras tanto, los colosos de Estados Unidos estaban más atentos a dominar Internet y los servicios en la nube. El delicado equilibrio se desmoronó cuando la administración Trump decidió imponer su veto contra toda cesión de la tecnología propia al adversario chino.

Cualquiera empresa estaría seriamente dañada por esa pérdida de masa muscular; Huawei sin duda lo está, pero tiene el respaldo de su gobierno, que llegado el caso acudirá en su auxilio. Se ha acusado a la compañía de estar vinculada al partido comunista – quién no en China – argumento que vale para soldar la voluntad de ambas bancadas del congreso y coloca a Biden contra las cuerdas. El presidente sólo aflojaría el veto a Huawei si consiguiera promesas que pueda presentar en casa como un triunfo, aun a sabiendas de que Xi Jinping presumirá de lo mismo en la suya.

Estudios objetivos sobre el fulgurante ascenso de Huawei han probado que ha gozado de ventajas de las que carecen sus competidores. Recibió subvenciones del gobierno chino estimadas en un total de 75.000 millones de dólares, gracias a las cuales pudo – entre otros objetivos – descollar en el desarrollo de 5G. Además, en flagrante diferencia de Ericsson y Nokia, ha tenido acceso ilimitado al vasto mercado chino, que le garantiza unas economías de escala impensables para sus rivales sueco y finlandés.

En las tecnologías 5G se puede rastrear el auge y la caída de Huawei. En 2020, según la consultora dellOro, controlaba el 31% del mercado mundial de infraestructuras de telecomunicaciones móviles y tenía más contratos que ninguna otra empresa para desplegar redes 5G. Y no sólo en países subdesarrollados, de los que se pudiera sospechar una dependencia financiera de la “cooperación” China: casi la mitad de los 91 contratos tenían como contraparte a operadores europeos. Esto hizo despertar el recelo ideológico en los políticos estadounidenses.

Ciertamente, las redes 5G son infraestructuras costosas y difíciles de sustituir, así que aquellos países que eligieran tecnología china quedarían atados a ella por muchos años, advirtieron los think tank que abundan en Estados Unidos. Así se engendraron en varias fases vetos y restricciones contra Huawei.

Tal como han sido concebidas y aplicadas esas medidas – firmadas por Trump, pero nunca objetadas por el partido Demócrata – han provocado incertidumbre en la cadena de suministros de la compañía. Tiene cerradas las puertas de los suministradores estadounidenses (y por extensión los de otros países). Cuando se le acabe el stock de componentes adquiridos a tiempo, sus equipos de red podrían utilizar semiconductores locales menos sofisticados, que consumen más energía y encarecen la operación. Esta prevención aleja de Huawei a ciertos operadores que nunca han sentido animadversión por China.

Vistas desde Estados Unidos, las restricciones son una forma de ganar tiempo para que su propia industria desarrolle alternativas viables. El Banco Mundial, a través de sus mecanismos, está ofreciendo financiación a los países que elijan opciones ´no chinas` para la conversión de sus redes a 5G.

De modo que todo apunta a que Huawei no podrá expandirse en los mercados occidentales y en parte del mundo subdesarrollado, de modo que debería atrincherarse en el mercado chino. De eso vive ahora mismo, mientras acelera en solitario su desarrollo de 6G, alentando el miedo a una disociación en la próxima generación de redes. El fundador de la compañía, Ren Zhengfei, ha estimulado a sus ingenieros advirtiéndoles que “nuestra investigación sobre 6G no es prematura, es una forma de prepararnos para que cuando cambien los vientos hayamos acumulado el mayor número de patentes”

Una de las alternativas plausibles que se impulsa desde Estados Unidos – a la que adhieren entusiastamente los operadores europeos – es la (relativa) apertura de los sistemas de radio para 5G, Open RAN. Para más adelante quedaría el mucho más complicado open core. El objetivo es alcanzar estándares comunes que promueven una mayor compatibilidad entre los equipos de distinto origen. Si se consiguiera que los de un fabricante se ´entendieran` con los de otros como si fueran partes de una misma red, se hará difícil que Huawei (o ningún otro) dominen la infraestructura. La atracción china habría desaparecido en la práctica.

La presión en favor de Open RAN tiene una evidente dimensión política y Huawei la ve con recelo: mientras Ericsson y Nokia hacen lo posible por asimilarse a la corriente Open RAN, que no les favorece, Huawei esgrime argumentos en contra, al menos en público.

Los efectos de la nueva política tecnológica estadounidense empiezan a hacerse notar. En 2021, ocho de las diez economías más importantes del mundo – entre ellas casi todos los miembros de la Unión Europea – habrán prohíbo o restringido la contratación a Huawei de sus redes 5G. Incluso los que no lo han hecho formalmente, le han puesto cortapisas sutiles. De manera que las ventas de equipos de Huawei cayeron un 14,2% entre mediados de 2020 y mediados de 2021.

Xi Jinping no dejará que Huawei caiga bajo fuego enemigo. Pondrá todos los recursos para que la compañía remonte. El cómo hacerlo es todo un capítulo de la historia no escrita.

Desde hace años, el sector de las TI repite como una letanía la primacía del dato. En ello, en extraer el valor intrínseco del dato, se va a centrar la tecnología china, mediante inversiones masivas en cloud computing, centros de datos y cables de fibra óptica. La inteligencia artificial, la biotecnología y la computación cuántica son retos que superan de lejos la importancia de 5G. Con una diferencia: en estos apartados Estados Unidos cuenta con empresas muy poderosas que, llegado el caso, se supone van a actuar como barreras.

Además de resistir, hay un tangible cambio de estrategia en las iniciativas de Huawei. Entre otras, ha anunciado que va a dedicar más recursos a potenciar Huawei Cloud. Según los analistas que observan a Huawei con mentalidad no ideológica, esa estrategia consiste en buscar pacientemente clientes extranjeros para Huawei Cloud: de hecho, ya tiene acuerdos con unos 70 gobiernos, algunos de importancia estratégica para Estados Unidos [Egipto, México, Turquía y hasta Arabia Saudí] pero que no hacen ascos a trabajar con China. De hecho, un estudio de la consultora Canalys atribuye a Huawei un 19,3% del mercado cloud en China, un 10% en la región Asia-Pacífico y un 3% en América Latina.

Huawei no esconde sus intenciones. Antes de dejar su puesto a quien toque sucederle como CEO temporal, Eric Xu ha dejado claro que “Huawei Cloud pretende convertirse en poco tiempo en el proveedor de servicios en la nube preferido por los gobiernos y empresas de Asia Pacífico”. Al mismo tiempo, ha anunciado un programa destinado a subvencionar a las pymes – supuestamente menos coaccionables que las corporaciones – para que migren sus sistemas a la plataforma de Huawei en la nube.

¿Por qué creen en China que pueden ganar esta batalla tras haber perdido la de 5G? Porque en la nube el hardware es menos importante. O se puede desarrollar sin depender de componentes occidentales. Nadie puede impedir que Huawei escriba código o contrate los expertos en software que necesite. En este supuesto, la única arma que tendría Biden, sería convencer a gobiernos y empresas del resto del mundo para que no adquieran software chino, con argumentos de seguridad.


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