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  9/09/2014

Con Windows 9, Nadella se aplica el cuento

Dicen que será el 30 de septiembre, pero la fecha casi es lo de menos. Lo importante es que Windows 9 – o Threshold, su nombre provisional – será el primer sistema operativo de la era de Satya Nadella al frente de Microsoft. Lo que supuestamente se presentará será sólo un estadio incompleto, pero suficiente para que los desarrolladores puedan verlo y empezar a probarlo. Y un guiño a los inversores, para mostrarles que Nadella no se atrinchera en la herencia de Ballmer. En un mundo plagado de rumores, el único realmente creíble habla del regreso del menú Inicio, rediseñado, así como de la nueva capacidad de ejecutar aplicaciones móviles (estilo Metro) en el escritorio de Windows.

Reverdecen los rumores, y esta vez parece que son ciertos. Se ha sugerido que esta nueva versión incluirá escritorios virtuales, que desaparecerá el actual y discutido menú de Windows 8, y que podría incorporar el asistente Cortana. También parece evidente que integrará OneDrive, nuevo nombre del almacenamiento cloud de Microsoft, así como Skype y, esto es menos seguro, Outlook.com.

Nadie espera que Windows 9 sea un boom como en su día fueron Windows 95 o Windows XP. El mercado de PC se está reactivando, es cierto, pero no volverán sus buenos tiempos. Para evitar ser víctima del estancamiento, la nueva política de Microsoft es renovar su sistema operativo con más frecuencia, adaptándolo a las condiciones del mercado, un poco a la manera de Apple, que con cada nuevo sistema operativo provoca un deslizamiento rápido de los usuarios. Lo que habrá que mirar en Windows 9 es si tiene cualidades suficientes para que lo acojan rápidamente las empresas. Desde luego, para Microsoft no ha sido un buen síntoma que la decisión de cancelar el soporte a Windows XP despertara la demanda por Windows 7, y no la de Windows 8/ 8.1, que ha quedado para la historia como intento de renovación efímero y, echando cuentas, fallido.

La otra novedad que puede ser decisiva es el anuncio de una nueva fórmula de licenciamiento en volumen, así como de los precios, que han de ser atractivos para que los fabricantes se alineen con el ritmo marcado por Microsoft.

Uno de los retos a los que se enfrentan la compañía y su equipo directivo es cómo mantener y acelerar la curva de actualización de su sistema operativo, en un mundo en el que las cosas no son como eran cuando Windows dominaba la base instalada sin enemigos a la vista. Una actualización al año, por decir algo, puede ser escasa para satisfacer a los consumidores, pero excesiva para los administradores de sistemas en las empresas. Es ahí donde empieza a entenderse por qué el apodo con el que se conoce internamente el proyecto es Threshold: umbral. Visto así, puede que tenga menos interés la lista de especificaciones que predecir cuánto durará.

Al parecer, la versión de Windows 9 que se mostrará dentro de pocas semanas está pensada para dispositivos basados en procesadores Intel, lo que es lógico tras el fiasco de la familia RT. Pero en Microsoft siguen con la idea de disponer de una release para la arquitectura ARM, que podría ver la luz en enero de 2015: sería – dicen- una versión sin escritorio, basada en la pantalla de inicio al estilo Metro.

Como queda dicho, el dilema al que se enfrenta Microsoft es conjugar empresas y consumidores. En el primer caso, la costumbre hace que se compren PC de sobremesa como dispositivos de una sola función, mientras los portátiles convencionales se utilizan con Office y navegador. Entretanto, la innovación se ha trasladado a los dispositivos móviles y al software entregado como aplicaciones y servicios web. En un escenario de altos precios de licencias de Windows, las empresas son conservadoras. A diferencia de los consumidores, cuyos hábitos están influidos por la ansiedad de cambio de los móviles.

Por esto, quizá tengan razón los que aventuran que una vez esté en el mercado (¿cuándo?) Windows 9, Microsoft irá liberando periódicamente actualizaciones pequeñas pero regulares, en todo caso con frecuencias menores a un año. La hipótesis ha dado vida a una extraña sigla: WaaS (Windows as a Service). Si así fuera, que no es seguro que lo sea, Microsoft tendría información permanente acerca de qué actualizaciones son bien recibidas (y por qué tipo de usuario) y cuáles no, que le permitiría mantener abierto el flujo de innovación, en lugar del sistema implantado por Steve Ballmer, que prefería los ciclos de vida largos, acabados los cuales el equipo de desarrollo solía desmantelarse para dar paso a otro que se encargaría de la siguiente generación de Windows.

Si esa previsión se confirmara, no sería un cambio menor en el modelo de entrega del sistema operativo. Complementaría la reciente decisión de gratuidad para los dispositivos de menos de 9 pulgadas de pantalla [límite que podría subir a 11 pulgadas]. Se habla, en ciertos medios online, de un precio de 20 dólares a lo sumo para incentivar a los usuarios que ya tengan instalado Windows 8, o incluso Windows 7. Porque el otro reto para Microsoft, además de asegurase una masa crítica, consiste en vender al enemigo emergente, Google y sus Chromebook. Para ello, tendrá que mejorar la aceptación de su navegador Explorer y, al mismo tiempo, reforzar el número de aplicaciones para Windows en su poco abundante tienda online.

[informe de Arantxa Herranz]


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