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  12/03/2012

La idea de un armisticio está en el aire

Con un poco de optimismo, se puede suponer que Apple ha escuchado las voces de algunos inversores en la compañía, a los que no les gusta el cariz que ha tomado la costosa guerra de patentes contra Google. Sí, contra Google, aunque formalmente los litigios tienen como parte contraria a fabricantes adheridos al sistema operativo Android; entre ellos se encuentra Samsung y, en lugar prominente, Motorola Mobility, a punto de convertirse en filial de Google. Por primera vez, los sucesores de Steve Jobs estarían dispuestos a flexibilizar la postura del fundador, que prometía – así consta en su biografía autorizada – luchar contra Android (“un robo”, según él) hasta su último aliento.

Según el Wall Street Journal (que no es precisamente un blog de cotillas), los abogados de Apple habrían pergeñado una propuesta de tregua, sobre la base de contratos de licencia sobre las patentes que la compañía reivindica como propias en tribunales de medio mundo. La razón parece ser que, hasta ahora, no todas las reclamaciones han sido atendidas por los jueces: incluso un fallo favorable a Apple de la International Trade Commission (ITC) de Estados Unidos, ha dado a la demandada, HTC, un plazo para introducir las modificaciones necesarias.

Faltan semanas para que Google pase a controlar la cartera de patentes de Motorola (17.000 firmes y otras 6.500 solicitadas) y, a expensas de saber qué hay en ella, Apple tiene razones para temer una guerra prolongada de toma y daca. Hay antecedentes: el año pasado, al verse en situación de debilidad ante una demanda de Nokia, Apple optó por llegar a un acuerdo y pagar royalties a la demandante. Y en un tribunal australiano, sus abogados han argumentado que – en vida de Jobs – se ofreció un armisticio a Samsung, que esta rechazó.

La información actual es bastante precisa: los licenciatarios potenciales deberían pagar a Apple entre 5 y 15 dólares por móvil vendido, lo que en promedio incrementaría entre el 1% y el 2,5% el precio de venta. Parece abusivo, pero no difiere mucho de lo que cobra Microsoft a los fabricantes de Android (excepto Motorola, que no ha pasado por el aro) a cambio de las tecnologías propias incorporadas al sistema operativo de Google. Hace pocos meses, Motorola valoró en el 2,5% el royalty que exigiría por usar su propiedad industrial.

Hay patentes y patentes. Florian Mueller, el especialista alemán en estos litigios, escribe en su blog que Apple ha elegido demandar a sus rivales “en relación con patentes relativamente estrechas, que cubren características específicas de sus productos”. Esto significa – dice Mueller – que no son esenciales, de manera que el obstáculo se puede salvar técnicamente. Y con la rápida rotación de modelos, la denuncia contra uno se volverá ineficaz a los pocos meses.

Por contraste, algunos competidores son titulares de patentes genéricas, también llamadas esenciales, y aquí Apple tendría que cuidarse de no ir demasiado lejos. Habría que ver, caso por caso, qué patentes están cubiertas por la regla FRAND (free reasonable and non-discriminatory). Un auténtico lío, del que a todos les gustaría librarse, pero sólo Apple puede dar el primer paso.

Javier Ribas, abogado especialista en riesgos tecnológicos de la consultora Landwell-PricewaterhouseCoopers, opina que en esta guerra – que va mucho más allá de Apple y sus competidores – se han instrumentalizado las patentes con el propósito de obstaculizar la entrada de competidores “desnaturalizándolas como objeto jurídico, más allá de la intención del legislador”. Puestos a intervenir, muchos jueces suelen aplicar criterios subjetivos, dictados por prejuicios sobre la tecnología o influídos por posiciones mediáticas. Y así se han dado casos ganados que han tenido efectos adversos para el demandante.

Este uso perverso del sistema de patentes responde, según Ribas, a una visión del mercado que conduce a que los fabricantes estén mucho más pendientes de estrategias jurídicas que de innovar. Como símil, recuerda que al final de la primera guerra mundial, las grandes potencias se pusieron de acuerdo para abstenerse de usar armas químicas [acotación del autor: otra cosa es que luego, otros estados violaran un acuerdo del que habían sido excluídos en origen]. Un desenlace posible – aunque poco probable – de la masa de litigios en curso, sería que los grandes actores renunciaran a usar la propiedad industrial con fines competitivos.

En un desarrollo paralelo, al que se ha prestado menos atención, un consorcio llamado OIN (Open Invention Network) creado para proteger las patentes relacionadas con Linux [que no es la arcadia anticapitalista que algunos imaginan], ha ampliado su esquema de protección para incluir Android y otros sistemas operativos open source contra eventuales ataques. Forman parte del consorcio IBM, Sony, RedHat, Novell y Cisco, además de otras 300 compañías menos conocidas. Hay que apuntar que OIN sólo puede cubrir Linux, pero muchas de las patentes en disputa sobre Android están relacionadas con otras tecnologías, como Java.

Si fuera cierto que Apple ha tendido una rama de olivo, ¿será suficiente para detener una ola a la que nadie parece capaz de sustraerse? Tal vez el primer síntoma positivo sería que se sentara a negociar con Samsung, que entretanto ha perdido importantes contratos de suministro de componentes para el iPhone y el iPad.


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