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  11/06/2010

Los suicidas pasan factura

Desde la insólita racha de suicidios entre jóvenes obreros chinos de la factoría de Foxconn en Shenzhen, ha habido varias e importantes novedades. La primera: una subida salarial inmediata del 33%, para aliviar la tensión; a los pocos días, hablando ante sus accionistas, Terry Gou, presidente de la compañía, anunciaba otro aumento a partir de octubre, en este caso del 66%, duplicando en cinco meses la paga de 420.000 trabajadores, ahí es nada. Las acciones de Foxconn han vuelto a subir, ¿por qué?, porque ya se negocia con los clientes – Apple, HP y Sony, entre otros – para que se hagan cargo del incremento de costes de la mano de obra que fabrica sus productos.

Para estos clientes no será un problema mayor, porque la mano de obra no representa un porcentaje importante a la hora de calcular los precios; sin embargo, han tratado el asunto con discreción, para que sus marcas no se vieran salpicadas por los problemas de su proveedor. Al ser preguntado sobre esta cuestión, Mark Hurd, CEO de HP, se refugió en los tópicos de la “responsabilidad social corporativa”, mientras Steve Jobs improvisaba una tesis sociológica: “los jóvenes de las aldeas chinas están peor preparados para dejar sus hogares que sus iguales (sic) americanos que se marchan a estudiar a otras ciudades”.

Más creíble es la explicación de Terry Gou: “en Taiwan, si un trabajador se suicida por problemas emocionales, su empleador no es responsable, pero en China continental es diferente; los trabajadores viven en los dormitorios de la compañía”. Cuando Foxconn se instaló en China – recordó – “tuvimos que construir desde cero una comunidad en torno a las fábricas, pero creemos que ha llegado la hora de transferir esa responsabilidad social al gobierno”. Estas cosas no se dicen sin hablarlo con la otra parte; y el aumento salarial fue anunciado tras una entrevista con el vice primer ministro Zhang Dejian, antes jefe del partido comunista en la provincia.

El cambio iniciado es trascendental, con ramificaciones que apenas se atisban. Después de treinta años de ´paz social´, los obreros del delta del río de las Perlas quieren otras condiciones de trabajo; los despidos masivos del 2008 congelaron el problema, pero una parte del gobierno chino parece convencida de que el modelo vigente – un inmenso reservorio de mano de obra rural trasladada a las ciudades de la costa – no es sostenible, o no lo será por mucho tiempo. Conclusión: es necesario recurrir a la deslocalización, una práctica que hasta ahora se pensaba propia de Occidente. En el caso chino, deslocalizar quiere decir trasladar fábricas a las provincias del oeste del país (Shanxi, Fujian, Hunan, Anhui) o al extranjero: la municipalidad de Shenzhen tiene un plan para instalar polígonos industriales en el norte de Vietnam.

Los aumentos de salarios deberían extenderse. Una huelga salvaje en la vecina fábrica de Honda ha conseguido una subida del 24%, un precedente inédito en el comunismo chino. No obstante, los economistas dicen que el tejido fabril chino – y el foráneo radicado en el país – tiene margen para subir salarios y seguir siendo competitivo: el banco de inversión Nomura ha calculado que entre 1994 y 2008 las empresas industriales tuvieron un crecimiento medio anual del 21% en su ratio de productividad, mientras los salarios aumentaban ocho puntos menos en el mismo período; en otras palabras, el coste salarial por unidad producida ha bajado, pero sólo si las rentas salariales ganan peso en el PIB podría satsiacerse la ansiedad consumista de la población.   

Lo anterior explicaría, según la misma fuente, por qué los contratistas de fabricación ganan más dinero que sus clientes (Foxconn ha conseguido, hasta 2008, rentabilidades del 30% anual, que Gou considera irrepetibles). Los suicidas de Shanzhen habrían conseguido, claro que sin saberlo y demasiado tarde para ellos, forzar un viraje. Ya se verá de qué amplitud.


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