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  14/05/2011

Roberta Bigliani

Directora para EMEA de IDC Energy Insight

El encuentro con Roberta Bigliani había sido concertado con una premisa: la energía y la información son los dos pilares de la economía contemporánea. Y debía empezar con una pregunta por la correlación entre ambos. Pero el desastre de Fukushima alteró la agenda de la conversación con la responsable en Europa de Energy Insight, división de IDC. De manera que se hizo imperativo empezar la charla por las consecuencias que está teniendo sobre las políticas energéticas de los países europeos, cuyo mejor ejemplo es el giro rotundo que ha dado el gobierno alemán ante la energía nuclear, y el renacer del interés por otras fuentes renovables. Pero la crisis económica entra en la ecuación.

Roberta Bigliani
Roberta Bigliani

¿Qué va a cambiar después de Fukushima?

Aparte del impacto emocional y de la discusión ideológica que se han reavivado estas últimas semanas, el problema económico es el mismo que antes del 11 de marzo: la demanda de electricidad crece, es cierto que un poco atenuada el año pasado por la crisis, y seguirá creciendo inexorablemente. Que el mundo necesita alternativas energéticas no hay quien lo discuta, y la situación en Libia ha agravado los problemas de suministro de petróleo.

Pues eso, ¿qué escenario contempla IDC Energy Insight?

Como sabemos bien, usted en España y yo en Italia, las energías renovables requieren incentivos para alcanzar un nivel competitivo con las fuentes convencionales. En la solar, la paridad de costes no está muy lejos, principalmente en el sur de Europa. La eólica es una tecnología madura, y hay mucho interés en explotar su variante offshore en el mar del Norte, lo que exigiría enormes inversiones cuya financiación está en el aire. Hay más posibilidades, como la biomasa entre otras, pero todas las renovables tienen un rasgo intrínseco: no habrá retorno de la inversión si no se garantiza un precio. Los mecanismos varían de país en país, pero tienen en común que el dinero tiene que proceder de los ingresos de las energías convencionales. Y este es un tema sensible en el actual contexto financiero.

Temo haberla apartado de la correlación entre energía e información.

Qué va. Las energías limpias introducen un grado de complicación adicional. Una peculiaridad de la electricidad, ante la imposibilidad de almacenarla, es que el sistema debe mantenerse en equilibrio; ahí tiene usted la primera complicación, y la correlación por la que pregunta.

Y por lo tanto, es urgente […]

Afortunadamente, nuestras sociedades han invertido mucho para que las redes existentes sean lo bastante robustas para integrar el crecimiento de las renovables en los últimos años, pero hay ciertas situaciones que subrayan la urgencia. En Dinamarca, y en algún momento en Alemania, la generación eólica llegó a ser tan alta que, matemáticamente, el precio del producto pasó a ser negativo, lo que de hecho equivaldría a pagar al consumidor por consumir. Y luego está la complejidad inherente al funcionamiento de los mercados, en los que se arbitra la disponibilidad de energía de distintas fuentes en cada momento.

¿Qué efecto tendrá esa nueva complejidad sobre el modelo de negocio imperante?

Y también sobre la regulación que está en correspondencia con ese modelo. Está claro que la cadena de valor de la energía eléctrica va a cambiar y lleva años cambiando; en el esquema convencional [generación-transmisión-distribución-comercialización], la primera y la cuarta fase son los negocios competitivos y, por tanto, las más expuestas al cambio. Una figura que ha aparecido en algunos mercados es la del agregador, aún no está bien definida, pero que podría ser útil para la introducción de los coches eléctricos. Imagine que usted es cliente de Iberdrola, pero va con su coche eléctrico en un punto de carga de Endesa, ¿quién y cómo le factura?, ¿se creará un sistema de compensación, como en la banca?

¿Cuál es el estado del concepto de smart grid o red `inteligente´?

Las redes eléctricas actuales se basan en un paradigma de producción en el que el número de puntos de input es limitado, y el flujo de energía es unidireccional. El horizonte que prevemos introduce un nuevo paradigma multidireccional, en el que la energía pueda partir desde y llegar a cualquier punto de conexión a la red. En otras palabras, las redes del futuro deberán ser capaces de combinar la distribución de energía de distintas fuentes e interactuar con sistemas de información digital, que servirán como soportes de eficiencia y seguridad en el suministro, e indicadores de precio en tiempo real, incluso a escala local. Por esto, una red inteligente ha de tener un nivel de automatización para la monitorización remota a través de sensores y dispositivos digitales y un sistema de transferencia de datos asociado a modelos de decisión para gestionar la demanda en tiempo real. El concepto tiende a cambiar la pauta de consumo, asociando a los usuarios a la gestión del mercado de energía.

Imagino que es un cambio de largo alcance

Es un planteamiento bien conocido en las TI, pero desconocido por los consumidores. Si se pudiera conseguir que fueran más eficiente en su consumo de energía, evitando ciertos usos en momentos críticos, se evitarían muchas incertidumbres que desequilibran el sistema. Simplificando las cosas: esto reduciría el coste, porque el consumidor gestionaría sus picos, y esto es un enorme factor económico.

Hay varias iniciativas en marcha en esa dirección.

Por supuesto, hay varias estimuladas por la Unión Europea. Una de ellas, la más conocida en España, es la que lleva a cabo de Endesa en Málaga, con la colaboración de IBM. Iberdrola trabaja con la misma orientación. Hace pocos días se anunció en Francia un acuerdo entre Veolia y el operador móvil Orange para extender el proyecto M20 City: aunque está centrado en la gestión de la demanda de agua, el concepto es extensible a la electricidad. Y si usted recuerda las intenciones declaradas de Google, confirman que la gestión de la energía es cada vez más una asignatura de las TIC.

Ah, una gran cuestión.

No se trata sólo de la tecnología, sino del hecho de que el consumidor necesita tener información para tomar una decisión que modificará su comportamiento. La otra dimensión es cómo empaquetar los datos y los elementos técnicos, para fijar los incentivos, que pueden aplicarse en el precio o mediante otros mecanismos. Porque sólo así se llegará a un punto en el que el consumidor llegue a sensibilizarse ante la cuestión de la eficiencia energética. Las compañías eléctricas deberían cambiar sus planes de comunicación, y en lugar de presumir sobre cuál es la más verde, orientarlos hacia el consumidor final. Porque está claro que pasar de la situación actual a una más eficiente requiere inversión con retorno, y esto significa que el precio de la electricidad aumenta, porque sólo así se puede devolver el dinero. Por supuesto, el contexto no es igual en todos los países, y un aumento de tarifas nunca será popular. Me temo que pueden lanzarse mensajes falsos, que induzcan a creer que la energía inteligente será más barata. Lo será, llegará a ser más barata, si antes se cumplen una serie de condiciones.


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