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  17/02/2020

17 de febrero, 2020

Es comprensible la decisión de la GSMA de cancelar el Mobile World Congress de la semana próxima. Le espera una cadena de litigios y reclamaciones de proveedores afectados por la medida. Este año perderá dinero y ni siquiera puede asegurar que mantendrá el MWC de Shanghai, convocado a finales de junio. Igualmente comprensible es que pretenda fundar su decisión en causas de fuerza mayor cuando la verdadera razón es económica, lo que no tiene nada de reprochable.

Dicho esto, ¿se habría salvado el congreso si Huawei y ZTE, así como los tres grandes operadores y cientos de compañías chinas de menor tamaño hubieran tomado la heroica decisión de darse de baja preventivamente? Quizás, pero un MWC sin esas empresas no habría representado la realidad de la industria. No podemos saber cuántos de los 6.000 ciudadanos chinos inscritos (compradores, vendedores, desarrolladores) habrían podido llegar a Barcelona a pesar de las restricciones, pero sí sabemos que sin ellos el MWC habría sido un fracaso en su faceta ferial.

Lo que no me parece compresible es la actitud de las autoridades: la primera regla de cualquier manual de gestión de crisis es no negar la evidencia. Y la evidencia es una crisis sanitaria global iniciada (y por ahora circunscrita) al epicentro de la industria que sostiene el MWC.

Los dos municipios involucrados, la inerte Generalitat y la delegación del gobierno han sostenido al unísono la inexistencia de motivos sanitarios para cancelar el congreso. No han estado solos: la GSMA cayó en el error de negar inicialmente los riesgos, para acabar pidiendo a esas autoridades una declaración de emergencia que le permitiera minimizar las pérdidas.

Según el argumento repetido hasta el cansancio, no se ha producido ningún caso en Barcelona. Afortunadamente. Pero, ya que se apoyan en la estadística, abrir las puertas de la Fira a 6.000 ciudadanos chinos elevaba el riesgo teórico hasta el 6% de la asistencia prevista. Por otro lado, a los que consiguieran venir, era desatinado imponerles cortapisas o pruebas médicas in situ, que hubieran sido tachadas de discriminatorias.

Mucho me temo que las autoridades competentes no saben de la misa la media; en el mejor de los casos, del MWC sólo conocen la zona de autoridades, llamada noble. No se les ha visto llegar en metro; no han recorrido kilómetros por los pabellones de la Fira; no se han sentado en una sala de reuniones con aire acondicionado (¿acaso pensaban desconectarlo?); nunca se les ha visto en el abarrotado espacio destinado a la prensa. Olvidaba decir que no creo hayan hecho cola para comer a salto de mata entre reunión y reunión. Pero han prometido que el MWC del año próximo será el mejor de la historia.

Volvamos al presente ¿Ningún asesor habrá advertido del riesgo político del paseillo de Felipe VI el lunes 24? Puedo vislumbrar dos imágenes posibles: 1) el rey de España con mascarilla (portada mundial) o 2) el rey de España estrechando manos – son gajes del oficio – casi al lado de un panel en el que se recomendaba precisamente no hacerlo. Les contaré que un par de fotógrafos se habían conjurado para apostarse con el fin de captar una instantánea del eventual saludo entre el jefe del Estado y un directivo internacional de Huawei [recordemos que Felipe VI visitará en los próximos días la Casa Blanca].

En fin, que en Barcelona no ha habido ningún caso de coronavirus es de celebrar, pero no es un certificado de inmunidad. Entre otras cosas porque la propagación fuera de China ha sido mínima, con un ratio de mortalidad que los epidemiólogos consideran bajísimo. Entonces, ¿había que hacer el MWC?

Opino que no. Tampoco ha habido casos de coronavirus en Nueva York, pero las calles de Chinatown están desiertas de turistas y paseantes. En Heathrow, varios pasajeros con síntomas sospechosos han sido retenidos y aislados cuando se aprestaban a embarcar. El viernes se anunció que IBM renuncia a estar presente en RSA, la mayor conferencia del mundo sobre ciberseguridad (de la que es patrocinadora), que tendrá lugar en San Francisco la semana que viene. Y esto pese a que sólo 6 de las 700 empresas participantes son chinas.

Se ha hecho corriente escribir la siguiente majadería: “el miedo ha vencido a la ciencia”. Pues claro que sí: mientras la ciencia no demuestra que tiene una solución fehaciente, el miedo será una actitud más plausible que la temeridad. Está muy bien que los responsables políticos llamen a la calma, pero carece de sentido hacerlo porque “aquí” no pasa nada, entre otras cosas porque si algo demuestra el MWC es que “aquí” es una idea falaz.

Me da apuro tener que decir que yerra El País cuando en un editorial califica la cancelación del MWC 2020 de “reacción histérica”. Que se lo digan a los compañeros del diario que la semana próxima tenían que cubrir el MWC.

Por razones obvias, las cosas se ven con otros ojos en Barcelona, ciudad consternada por la frustración de un evento que – según cálculos de la GSMA – “tiene un impacto agregado de 1 décima del PIB de Cataluña”. Ahora, la gran preocupación es la continuidad del MWC en la capital catalana, no por razones sanitaria, que pasarán, sino por un endiablado contexto geopolítico.

Emerge una cuestión que se hará recurrente en las próximas semanas, la sospecha de que la GSMA habría recibido presiones – políticas, se entiende – para cancelar el evento. No es una idea descabellada si se repara en la coincidencia entre una epidemia originaria de China y una campaña sin freno de Donald Trump para que los operadores europeos proscriban de sus infraestructuras la tecnología china.

Huawei tiene el mayor protagonismo por razones evidentes: no sólo es el líder en la carrera hacia 5G sino que cada año alquila más espacio en la Fira: este año iba a ser más de una hectárea repartida es varios pabellones.

Se preguntaba el sábado Manel Pérez en La Vanguardia: “¿Ha sido Barcelona el desgraciado escenario de un choque estratégico global entre dos grandes potencias por el control del futuro de la tecnología móvil, en este caso en forma de combate trumpiano contra un privilegiado escaparate en el que las empresas chinas tenían cada vez un protagonismo mayor?”. Y se respondía a sí mismo: “si fuera así, el Mobile como punto de encuentro global del sector estaría muerto, no podría repetirse”.

La verdad es que en primera lectura consideré exagerado este tratamiento de la cuestión. Ha venido a sacarme de dudas el blog del consultor danés John Strand, enemigo declarado de la industria china y muy crítico con la  GSMA. Para él, “cancelar el Mobile World Congress abre una oportunidad para reiniciarlo el año próximo desde cero”.

Tras acusar a la asociación de complacencia con Huawei en contra de los intereses de sus rivales europeos, Strand sostiene que los costes de reemplazar equipos chinos por otros de Ericsson o Nokia sería mucho más bajo que lo calculado por la GSMA, y que los tres grandes operados chinos están entre los 26 miembros del consejo de la GSMA, de lo que infiere que ejercerían de facto una capacidad de intimidación sobre los otros 23.

Esta es su proposición para el futuro: “la GSMA debería escindirse en dos organizaciones, una formada por los operadores que abogan por los valores democráticos y la defensa de los derechos humanos; otra en la que tendrían cabida los que no sostengan esos valores y principios”. Esta tesis me ha convencido de que la amenaza que pesa sobre la GSMA no solo es real, sino que forma parte de un peligro más grave: en torno a la batalla sobre 5G pudiera estar gestándose una fragmentación de lo que hasta ahora ha sido un único mercado global. Hasta mañana,

Norberto


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