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  17/09/2018

17Sep

Dos empresas emparentadas por su enorme éxito, Google y Facebook, atraviesan las mismas turbulencias políticas. Les acompaña Twitter, que comparte con ellas una exposición mediática proporcional a su influencia en la creación de opinión. Son distintas, pero tienen en común el haber sido instrumentos de una gigantesca manipulación que quizá podría repetirse en las elecciones de noviembre. Con un rasgo añadido: estas tres empresas que decían cambiar el mundo tropiezan con la rebelión de una parte de sus empleados porque su estrategia contradice los valores que postulan.

Este sería sólo el marco de mi comentario. A simple vista, otro actor  involucrado es Rusia, presunta comanditaria de las interferencias que han desestabilizado el sistema político estadounidense. Pero lo que en estos días se dirime no es tanto lo que hicieron o toleraron Facebook, Google (propietaria de YouTube) y Twitter, sino el blindaje de que han gozado en lo que respecta a la responsabilidad legal sobre los contenidos que circulan por sus redes.

La actitud hacia estas empresas ha cambiado radicalmente en Washington. Como quinto protagonista, un tal Donald Trump, les atiza – a través de Twitter, paradójicamente – sin pruebas de estar a su vez manipulando los algoritmos para privilegiar los contenidos contrarios a los conservadores. El siguiente paso ha sido la amenaza de promover su regulación.

En rigor, la legislación vigente que eventualmente se podría esgrimir para sancionarlas seria la Communications Decency Act de 1996, pero sólo si se demostrara que esas empresas actúan como medios de comunicación y no, como ellas mismas sostienen, en condición de intermediarios de una ´comunidad de usuarios`. Esta distinción es su escudo protector.

A preservar esa impunidad han dedicado mucho dinero en abogados y lobistas. La situación resultaba plausible mientras eran compañías jóvenes, antes de convertirse en tres colosos de influencia inaudita. Se calcula que representan un caudal de al menos 3.200 millones de usuarios. Pues bien, hace menos de una década, Facebook contaba con un 100 millones de usuarios – básicamente en Estados Unidos – cifra que desde entonces ha multiplicado y globalizado hasta alcanzar los 2.100 millones globales. Un elemento político clave es la constatación de que siete de cada diez estadounidenses reconocen que Facebook es su primera y casi siempre única fuente de información.

En este punto estaba el lio cuando saltó el nombre de otro villano, China. Que Google no enviara a su CEO, Sundar Pichai, a responder preguntas de un comité del Senado, mientras sí acudieran Sheryl Sandberg, número dos de Facebook, y Jack Dorsey, fundador y CEO de Twitter, ha centrado la crítica en aquela. Para subrayarlo, se colocó una silla vacía.

Con el trasfondo de una animadversión creciente contra China en Estados Unidos – azuzada, pero no creada, por Trump – la espantada de Pichai fue entendida como motivada por el deseo de quedar bien con Pekín para no frustrar su pretendido retorno al mercado chino.

Como base de esta suspicacia se ha revelado un proyecto de Google para relanzar en China su buscador en una versión ad hoc, que no indexaría determinados contenidos que las autoridades proscriben. Desde dentro, muchos empleados de la compañía clamaron contra ese favor al régimen chino, igual que contra un proyecto conjunto con el Pentágono para usar y perfeccionar la inteligencia artificial de Google. Visto lo visto, Pichai arrió velas: renunció a este segundo proyecto y aclaró que el primero es sólo una hipótesis de trabajo que, en todo caso, no se concretaría próximamente.

Facebook, que durante meses pudo sentirse abandonada por su pares ha mostrado otra actitud. En abril, cuando Mark Zuckerberg fue convocado al Senado, llamó la atención que, ante una sugerencia marginal de escisión de la compañía – fórmula que no funciona cuando es fruto de una imposición política – replicó que en tal caso se reforzaría el avance de las empresas chinas hacia los mercados occidentales.

En esto siempre ha habido diferencias entre Facebook y Google. Tengo buena memoria: en 2010, mientras Google presumía de retirarse de China como adalid de la libertad de expresión, Facebook trataba de seducir a las autoridades: durante un tiempo estudió mandarín, visitó Pekín con frecuencia [a Zuck todavía le afean una célebre foto paseando por Tiananmen] lo que hiciera para merecer la autorización de operar en China. No ha alcanzado ese objetivo, pero no renuncia a ello.


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