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  1/09/2014

1Sep

Bienvenidos. Según cómo se cuenten los hechos, en este mes entraremos en el séptimo año de la crisis,… o en el sexto. Lo convencional sería decir que el drama empezó el 15 de setiembre de 2008, cuando la Reserva Federal y el Tesoro de Estados Unidos se resignaron a la quiebra de Lehman Brothers [Too big to fall, ¿la han visto?], ante la imposibilidad de encontrar un salvador dispuesto a comerse el marrón ni siquiera con dinero público a fondo perdido. Para muchos, la crisis se inició en agosto de 2007, cuando hubo que cubrir de urgencia los primeros fallidos provocados por el disparate de las hipotecas subprime. “Fue como si después de habituarte a que siempre sale agua del grifo, un día deja de salir y no consigues entender qué ha pasado”, leo en The alchemist: three central bankers and a world on fire (Neil Irwin).

El efecto fue devastador. Y global. Todas las economías desarrolladas, y muchas que no lo son, sufrieron una contracción brutal, que encendió la mecha de un violento ajuste del empleo. En España, algunos creyeron que la cosa duraría poco pero que, mientras tanto, era una ocasión perfecta para recortar costes laborales, que es la idea que tienen acerca de la competitividad. Ha durado mucho, demasiado, y hoy España tiene – con la excepción de Grecia – la tasa de paro más alta de la eurozona.

Las vacilaciones iniciales de los bancos centrales – sigo con el libro de Irwin – abrieron profundas divergencias de política monetaria: la Fed bajó sus tipos de interés, en cuestión de meses, desde el 5,25% al 2%, mientras el BCE se tomaba más de un año en igualarlos para luego ¡hasta 2014! mantenerlos más altos que los estadounidenses. La Fed ha cumplido con su mandato dual, que combina la estabilidad de los precios con la defensa del nivel del empleo, mientras al BCE, sojuzgado por los ideólogos del Bundesbank, sólo le preocupa el supuesto riesgo inflacionario [ya se ve que estamos en deflación] y la llamada “consolidación fiscal”.

Me dirán que a qué viene sacar ahora esta historia, justo cuando la economía española ha salido de la recesión y ¡sorpresa! ha tenido un trimestre mejor que el de Alemania. No es tal sorpresa, en realidad: la economía alemana lleva quince años con crecimientos muy débiles, que le permitieron arreglárselas sin casi financiación externa. A diferencia de ´otros` que, con tal de crecer a toda pastilla acumulaban una deuda para la que no hay recetas mágicas. De aquellos polvos, son estos lodos.

El esbozo de recuperación en la eurozona ha encallado en la desaceleración alemana, la recaída italiana y el estancamiento francés. Por eso, en el reciente encuentro de banqueros centrales en Jackson Hole, hubo más preguntas para Mario Draghi, presidente del BCE, que para Janet Yellen, la nueva cabeza de la Reserva Federal

La situación del bloque europeo no invita a sacar pecho. Su desfase con la mejora que viven otras economías – Estados Unidos y Reino Unido – es lo bastante inquietante como para que el circunspecto Draghi anticipara que en este mes de setiembre el BCE pondrá en marcha medidas de refinanciación a largo plazo, por valor de entre 450.000 y 850.000 millones de euros, para oxigenar el crédito. Una buena noticia que sirve para recordar lo que pudo hacerse y no se hizo.

A propósito: la foto de Mariano Rajoy y Angela Merkel asomándose tras la efigie del apóstol Santiago no es ni más ni menos patética que otras con distintos protagonistas en el mismo templo. ¿A quién se le habrá ocurrido esta invocación milagrera? Supongo que no a la luterana Merkel, pero no deja de ser desolador que ambos recorrieran un tramo del camino jacobeo, sin otra inquietud aparente que el chalaneo de puestos en Bruselas y una reafirmación a dúo en que la austeridad ha dado sus frutos. Pues eso: por sus frutos los conoceréis.


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