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  23/09/2019

23 de septiembre 2019

Se publican estos días comentarios – más mal que bien intencionados, los lobbies aprietan – acerca de la promoción de Margrethe Vestager, quien hasta ahora ha sido comisaria europea de la cartera de Competencia y, a partir de noviembre, tendrá rango de vicepresidenta de la Comisión Europea presidida por Ursula von der Leyen. A falta de otros recursos narrativos, los medios insisten en comparar su trayectoria con la del personaje protagonista de la serie danesa Borgen o a recordar por enésima vez aquel tuit en el que Donald Trump la designaba como una de las personas que más odian a Estados Unidos. El asunto es más serio que todo eso.

En la nueva CE, Vestager asumirá una cuota de poder que incomoda a los gigantes tecnológicos. Su cartera, hasta ahora concentrada en la vigilancia de infracciones a la legislación, se ampliará hasta acumular un poder  regulatorio sin parangón, al que añade una carga de iniciativa legislativa. Su ascenso coincide con una atmósfera favorable, una ola de opinión que pone el acento en cuestiones como privacidad, desinformación, protección de datos personales y otros abusos de compañías como Google, Facebook, Apple y Amazon, que han estado en el punto de mira de la economista danesa durante los últimos años.

El activismo de Vestager contrasta con la benevolencia habitual de los  reguladores estadounidense: sólo recientemente el departamento de Justicia (DoJ) y la Comisión Federal de Comercio (FTC) se han puesto las pilas aunque aún se enfadan si alguien escribe que lo hacen a la rastra de Europa. La comisaria Vestager ha dicho con frecuencia que su política consiste en evitar que las empresas tecnológicas sean a la vez jugadores y árbitros en un mismo segmento del mercado.

Con esta premisa, en tres años ha multado a Google por un valor conjunto de 8.700 millones de euros y tiene en marcha otro procedimiento sancionador. Apple tiene recurrida la condena a reembolsar exenciones tributarias del gobierno de Irlanda por valor de 14.000 millones  y en este momento hace frente a otro expediente relacionado con su tienda de aplicaciones online. Facebook ha sido multada en 122 millones por combinar los datos personales de sus usuarios con los de su filial WhatsApp. Mientras, Amazon está bajo la lupa por indicios de que usa los datos generados por vendedores independientes para optimizar sus ofertas propias.

Un ex funcionario del departamento de Justicia estadounidense declaraba días atrás al New York Times que “Europa ha tomado claramente la delantera al identificar el control sobre los datos como la palanca que facilita a un puñado de empresas dominar los mercados digitales”. Esta distorsión obedecería, a su juicio, a una característica única de estos mercados: ni los usuarios ni los reguladores tienen visibilidad alguna sobre los algoritmos en los que se apoya una ventaja competitiva decisiva que es potencialmente ilegal.

Cuando su designación quede validada por el Parlamento Europeo, Vestager verá muy reforzadas sus atribuciones actuales. En junio, ante una  conferencia de la OCDE, dejó una pista sobre lo que se puede esperar: “la mayor amenaza a la competencia y la innovación proviene de plataformas que no son meramente un negocio unificado sino que forman el centro de  imperios económicos [que obstaculizan] el acceso a sus respectivos mercados de empresas que no tienen una dimensión comparable”. No hace falta agregar que discrepa de la política de las comisiones anteriores, empeñadas en proclamaron ambiciosas “agendas digitales 2010 y 2020” que han arrojado frutos nulos y dilapidado recursos.

Tampoco se hace ilusiones: “no pretendo completar mi tarea en solitario [al contrario] porque requiere hacer piña con otros miembros de la Comisión”. Buena falta le hará, porque la presidenta de la nueva CE, , le ha encargado coordinar la política europea de fiscalidad a la economía digital. Esta misión implicará la búsqueda de un consenso internacional en el seno de la OCDE que no parece estar al alcance. O, si el acuerdo no fuera posible antes de finales de 2020, deberá proponer una “tasa digital” europea. Es manifiestamente arduo, a la vista de las divergencias entre los estados miembros y la bien lubricada presión de los lobbies.

Tiene dicho Vestager que su primer mandato le ha hecho ver las limitaciones de una capacidad sancionadora si la inexistencia de un marco fiscal ex ante reduce el valor económico de los castigos ex post.

En algunas parcelas, Margrethe Vestagar tendrá objetivos compartidos con su colega francesa Sylvie Goulard, comisaria de Mercado Interior. Este departamento tradicional de la CE ha sido robustecido a la medida del padrino político de Goulard, el presidente Macron. La “carta de misión” que le ha entregado von der Leyen contempla que ambas comisarias colaboren en la promoción de proyectos de Inteligencia Artificial.

Goulard – ex ministra de Defensa en su país, como von der Leyen lo ha sido en el suyo – tendrá a su cargo una dirección general de nueva creación, llamada Industria de la Defensa y Espacial. Se descuentan las discrepancias con la administración norteamericana, al menos mientras Donald Trump ocupe la Casa Blanca,. Por cierto, uno de los ámbitos de la nueva DG será la creación de un símil europeo de la DARPA estadounidense.


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