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  29/01/2020

Gracias a Microsoft, pero a pesar de Intel

27 de enero de 2010: Steve Jobs presenta el primer iPad y a Nicholas Carr, del New York Times, le sugiere un titular ingenioso: “Desde ayer, el PC está oficialmente muerto”. Pues bien, han pasado diez años y no parece que el óbito esté cercano: después de vivir siete años consecutivos de contracción, el mercado mundial de PC ha vuelto a crecer en 2019: un 2,7% según IDC, un 2,3% según Gartner. El ordenador personal sigue vivo y se aferra a la vida con nuevos formatos y prestaciones. Esos porcentajes se han debido, fundamentalmente, a una demanda empresarial espoleada por la obligada sustitución del parque instalado para adaptarlo a Windows 10. Pero en 2020 ese estímulo desaparecerá.

“El mercado tiene por delante nuevos retos, pero lo ocurrido en 2019 es una prueba de que los nuevos ´factores de forma` generan demanda de computación móvil”, resume Ryan Reith, responsable del programa de seguimiento de IDC.

Tres de los cuatro trimestres han registrado crecimiento, debido a la demanda excepcional inducida por el final del soporte a Windows 7 este mes de enero: en el cuarto, la media alcanzó un incremento parcial del 4,8% que no se veía desde hace mucho. Retrospectivamente, hace diez años se despacharon 351 millones de unidades, casi 100 millones más que en 2019 (266,7 millones según IDC).

Hay dudas fundadas acerca de cómo se comportará el mercado en 2020. En primer lugar, el ciclo de sustitución de Windows está agotado en la práctica. Se ha calculado que hay en todo el mundo unos 1.200 millones de PC activos con este sistema operativo, de los que aproximadamente 1.000 millones ya tienen Windows 10, por lo que en el improbable caso de que todos se pusieran al día (lo que no necesariamente exige comprar un nuevo PC), el remanente sería de unos 200 millones. Estos, en su mayor parte, están en manos de consumidores renuentes a seguir las indicaciones de Microsoft. Que se sepa, Windows 10 no tendrá un sucesor que justifique renovar masivamente el parque; ese incentivo ha  desaparecido por bastante tiempo.

Habrá otros estímulos, claro. En primer lugar esos nuevos ´factores de forma` que sugiere  el analista Reith, la aparición de más diseños creativos que pudieran reabrir el debate tonto acerca de qué es y qué no es un PC. Algunos ejemplos mostrados en la reciente feria CES apuntan en esa dirección. La nueva gama Surface, impulsada por Microsoft; el plegable Lenovo X1 Fold o el ultraligero Elite Dragonfly G2, de HP forman parte de esa avanzadilla de exploración.. Asimismo, asoma la nueva generación de portátiles equipados con 5G puede que despierte una demanda que hasta ahora no existía por la disponibilidad de wifi.

Por consiguiente, mejor olvidarse de la cantinela sobre la muerte del PC. Los problemas son otros: coyunturales, no existenciales. Cierto que la industria tiene motivos para agradecer a Microsoft el empujón, pero no tiene claro lo que esta prepara para el futuro de Windows: por ahora parece que va a perseverar en sus actualizaciones online, sin ninguna prisa por un cambio de numeral. A medio y largo plazo, el sistema operativo irá perdiendo importancia, si se generaliza la práctica del device-as-a-service, por la que el prestatario se ocupa de renovar tanto el dispositivo como su software a cambio de una suscripción.

En este momento, el gran problema de los fabricantes – y por extensión del canal minorista – es la escasez de componentes, que influye sobre los catálogos y distorsiona el precio. Unánimemente, las fuentes consultadas  señalan como villano de la película a Intel. Valga este testimonio con ruego de anonimato: “viene de lejos; todas las marcas hemos hecho malabares para sortear la escasez de suministro de procesadores […] La promesa de Intel de que lo resolvería dentro del año no se han cumplido y Bob Swan (CEO de Intel) admite que no se normalizará hasta la segunda mitad de 2020”. O este otro: “a nuestros clientes les cuesta entender que no seamos capaces de entregar el modelo y configuración que han elegido”.

Ante esto, la escapatoria podría parecer fácil: derivar pedidos a AMD, que ahora dispone de procesadores muy competitivos ¿Podrían los fabricantes dar un volantazo? No es tan sencillo. La cuota del segundo fabricante de procesadores está más o menos en el 15%, casi el doble que hace doce meses, pero aun así su mordisco en el dominio de Intel es leve. Por esto, las tres marcas que encabezan el ranking se han cubierto incorporando algunos modelos con procesadores de chips de AMD – y prometen más a corto plazo – pero un cambio como este siempre implica un proceso de ingeniería seguido de otro de certificación, antes de rediseñar la gama. No siempre el cliente está preparado para renunciar a su inercia.

Así las cosas, pese al desorden de suministro, las marcas han podido cerrar un año excelente, que ha acentuado la concentración: las tres primeras (Lenovo, HP y Dell) despachan dos de cada tres unidades. Y las tres son las únicas del pelotón que han crecido en cuota.

Lenovo ha confirmado su primera posición arañando unas décimas a su tenaz perseguidor. El 24,3% de cuota de esta marca es reflejo de su ratio de crecimiento (8,2%) interanual. El volumen despachado por HP también creció, pero sólo el 4,8%, con lo que su 23,6% de cuota se queda a siete décimas de Lenovo: el empate de hace un año se ha roto. Dell, tercero en discordia, es un caso aparte: no se dirige a los consumidores, rasgo que en esta ocasión le ha venido bien para ganar medio punto y atrapar un 17,5% de cuota mundial (es segunda en Estados Unidos, por delante de Lenovo).

Apple sigue cayendo otro 2,2% (-5,3% año sobre año) al despachar 4,7 millones de unidades en 2019. Se ha salvado por muy poco de ser cazada por Acer, que a duras penas ha conseguido cruzar la línea de los 17 millones de unidades.

No está nada claro, en estas circunstancias, que el primer trimestre de 2020 llegue a ser mejor que el cuarto de 2019, lo que implicaría despachar al menos 72 millones de PC. No hay constancia de inventarios anómalos. Así que todo dependerá de los factores mencionados: 1) la magnitud de la demanda residual tras el reemplazo de Windows 7 por Windows 10 y 2) una razonable  – pero incompleta – normalización del suministro por parte de Intel.


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