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  26/06/2014

IoT: una marabunta invisible y sin alma

Para unos es el remedio a todos los males, para otros una pandemia inevitable capaz de reproducirse hasta el infinito. En 2020, más de 50.000 millones de objetos físicos estarán conectados al universo etéreo de la Internet de las Cosas (en adelante IoT): un organismo en continuo movimiento expansivo, con irrefrenable vocación resultadista y muy pocas ataduras morales. Un fenómeno al que Pew Research dedica el informe Digital Life in 2025: The Internet of Things will thrive by 2025, en el que uno de los ‘padres’ de Internet, Vinton Cerf, asegura que para esa fecha la “monitorización continua será probablemente el elemento más poderoso de nuestras vidas”. Nada menos.

Dentro de su serie The Net at 25, Pew Research presenta un collage de opiniones de expertos procedentes de las más variadas disciplinas científicas, sobre la imparable ascensión de IoT, el término funcional que describe el conjunto de sensores, appliances, vehículos, dispositivos wearables e implantes interconectados que producen ingentes cantidades de datos multidirecccionales. En definitiva, un entorno masivo de computación que se cocina en una inmensa factoría, de la que desconocemos su localización y composición del consejo de administración. Uno de los grandes tótems tecnológicos de nuestros días y, como tal, materia para creyentes y detractores.

Patrick Tucker, autor de ‘The Nacked Future: What happens in a World that anticipates your every move?’ describe el fenómeno en los siguientes términos: “Los hechos son palmarios. En 2008, la cifra de dispositivos conectados a Internet sobrepasó al total de habitantes del planeta y desde entonces su número se ha acelerado exponencialmente. Habrá decenas de millones en 2025 e incluirán algunos sobre los cuales no tenemos idea a día de hoy… Los efectos positivos de esta informática ubicua se trasladarán a la sanidad, la seguridad, el transporte, el tráfico de las ciudades…y al hecho de que seremos capaces de aportar más inteligencia situacional para planificar nuestras vidas diarias”. Concluye Tucker que “estamos entrando en la edad de la telemetría, una era en la que creamos información a partir de cada uno de nuestros actos”.

Es un punto de vista entusiasta, coincidente con la inmensa mayoría de las opiniones vertidas en el informe patrocinado por la fundación Pew Research. El 83% de los encuestados – en más de 1.600 entrevistas – contestó con un “sí” rotundo a la pregunta: ¿Tendrá IoT efectos beneficiosos para las vidas de las personas en 2025? Mientras que el “no” del 17% restante refutó las ventajas, aunque sin poner en duda la expansión y universalidad (para algunos de ellos tristemente inevitable) del fenómeno.

En otros términos, la gran mayoría de los expertos piensa que IoT es la próxima (la actual) revolución digital y que llegará a ser tan importante como lo es la electricidad para las sociedades contemporáneas. Mientras que los detractores se agarran a los retos de privacidad, intimidad, derechos civiles, sobrecarga de expectativas y complejidad tecnológica que se antoja anonadante para una parte de la sociedad y capaz de provocar una nueva brecha digital irreparable. Pero lo que ni unos ni otros ponen en duda es que IoT será tan evidente como invisible, en cualquier rincón de nuestro entorno: en los cuerpos de las personas y animales (colgados o implantados), hogares, edificios, vehículos de transporte, material médico, redes de energía, fábricas, policía, cadenas de distribución, medicinas, bosques, océanos, ciudades, farolas… cepillos de dientes, todo vale a la hora de imaginar.

En la actualidad, menos del 1% de los objetos del mundo físico están conectados a Internet, lo que equivale a unos 10.000 millones, según datos publicados por Cisco. Cada uno de esos objetos con acceso a redes IP tiene a su vez el potencial de conectarse a ese otro 99% que aún no está integrado. Siguiendo con la compañía californiana, en el año 2020 el número de conexiones ascenderá a 50.000 millones (sólo el 2,7% del total de objetos posibles para esa fecha) y, cada vez que se integré uno nuevo, el total de conexiones posibles se incrementará en otros 50.000 millones, ya que cada objeto podrá comunicarse e interactuar con el resto. Así, pasaremos de los miles de millones de objetos conectados hoy día a cientos de miles de millones o incluso billones en un futuro próximo. O a trillones, con un poco más de tiempo. O, ya puestos…

Considerado como uno de los “padres” de Internet, actual vicepresidente y evangelista universal de Google, Vinton Cerf no alberga ninguna duda acerca de los aspectos positivos de esta explosión imparable. Asegura que “los wearables involucrarán la informática en el contexto de nuestra vida diaria a la espera de la Inteligencia Artificial. Los modos de interacción serán la voz, los gestos o el pensamiento. El análisis automático de escenas permitirá a los ordenadores reconocer objetos en su campo de acción, identificar edificios y otros elementos del ambiente… La monitorización continua será probablemente el elemento más poderoso de nuestras vidas. Google Glass y dispositivos similares pondrán a nuestro servicio el poder de la informática en las interacciones con otras personas y entornos… ¡La máquina formará parte de la conversación!”. No se puede pedir mayor pasión de un padre hacia sus hijos.

Tanto como la expresada por Hal Varian, economista jefe de Google, cuando explica cómo en 2025 “estaremos conectados a la Red a través de wearables e interactuaremos con ellos como si hablásemos con otra persona”. O la más rotunda de John Markoff, periodista científico del New York Times, quien no duda en asegurar que “la línea entre los humanos y las máquinas se desvanecerá: hablaremos con ellas y ellas conversarán con nosotros [en el horizonte de 2025]”.

Un punto de vista que también coincide con el de futurólogo Paul Saffo, de profesión futurólogo, profesor de Stanford: “la mayoría de los dispositivos se conectarán en nuestro nombre e interactuarán con los mundos físico y virtual más que con nosotros mismos”. Muy cercano al pensamiento de JP Rangaswami, científico de Salesforce.com, quien asegura que “la IoT aumentará la capacidad para utilizar nuestros impulsos nerviosos en la interacción con los datos… y la información será tratada como la comida”. Metáfora esta última, que ojala no se convierta en realidad.

Desde otra perspectiva, pero con similar moraleja positiva, el estudio ofrece opiniones acerca de que una de las claves de la IoT será incentivar el cambio de comportamientos a la hora de realizar una compra, actuar de una manera más saludable o segura, trabajar de forma diferente o utilizar los servicios públicos de manera más eficiente. A este respecto, el experto en medios sociales Laurel Papworth, señala que “cada parte de nuestra vida será cuantificable y eterna y responderemos ante la comunidad de nuestras decisiones… Ya hay máquinas que pueden leer la actividad del cerebro, incluyendo el deseo o rechazo ante cualquier situación. No hay duda de que estaremos integrados en bases de datos Big Data desde el momento en que se evalúen los gestos de nuestras manos o nuestros ritmos de compra o voto”.

En sus antípodas, otros expertos confiesan serias preocupaciones y un menor optimismo. Algunos aseguran que estos dispositivos no son realmente necesarios, que no está clara su demanda y que el recurso más apreciado seguirá siendo la atención humana. Un experto en Internet e ingeniería biomédica lo expresa del siguiente modo: “Los wearables interconectados sólo serán un divertimento para la salud y servirán posiblemente para propósitos específicos en ambientes cerrados tales como prisiones, hospitales y campos de batalla. Los dispositivos interconectados son una bonita idea y el coste de construirlos es razonable, pero el efecto sobre nuestras vidas diarias será insignificante. Podría ser útil que mi balanza le diera mi peso a mi smartphone, pero difícilmente cambiará mi vida. No creo que artilugios como el reloj de Samsung o las Google Glass dominen los corazones y las mentes de las personas en los próximos 11 años”.

Otros dramatizan aún más las secuelas, como Nick Wreden, de la Universidad de Tecnología de Kuala Lumpur: “No habrá privacidad en absoluto, ni siquiera en la jungla. No me gusta esta evolución, pero la gente ha demostrado una y otra vez estar dispuesta a comerciar con sus almas por un mísero dólar. La conversación, que incluye no sólo las palabras sino el movimiento, el contacto visual, el oído, la memoria y más, es una experiencia tan agradable y holística que la gente no debería renunciar a ello”. Y otros van más allá, llevando sus pensamientos al terreno de lo apocalíptico, como Justin Reich, del Berkman Center for Internet/Society de la Harvard University: “en 2025, tendremos que renunciar a nuestra privacidad. IoT abrirá nuevos caminos, pero también nuevas vías hacia la misantropía y la depresión. IoT demandará nuestras almas”.

Una de las claves de este universo será la capacidad creciente de las máquinas para tomar decisiones. Surgirá entonces lo que Stowe Boyd, de GigaOM Research, denomina ‘computication’, es decir la comunicación artificial entre ordenador y ordenador “Todos los sensores hablarán en 2025 y algunos conversarán… Algoritmos sociométricos monitorizarán cómo interactúa la gente en la oficina y sugerirán que algunas personas malgastan su tiempo con determinados compañeros. La gente que habla a sus Google Glass es hoy considerada infantil, pero en esa fecha la mayoría conocerá esta técnica antes de empezar la escuela”.

Por supuesto, los interfaces de información avanzarán, especialmente por voz y contacto. Pero pocos esperan que la conexión entre cerebro y red sea típica en 2025, como explica Ola Kristersson, de la St. Andrews del Reino Unido: “En 2025 escribiremos en nuestros móviles como lo hacemos en los teclados del ordenador. El seguimiento de sensores wearables se utilizará para que los sistemas aprendan acerca del contexto de los usuarios: dónde están, qué hacen y que están comunicando. Pero la Brain-Computer Interaction (BCI) no será viable para esa fecha”.

El futuro encierra interesantes paradojas: muchas cosas no funcionarán y nadie sabrá cómo arreglarlas, señalan agoreros como Jerry Michalski, fundador de Relationship Economy eXpedition: “IOT es demasiado compleja. Se vendrá abajo una y otra vez. Y la mayoría de los dispositivos expuestos a Internet serán vulnerables”. Solo le ha faltado decir que por haberlo fiado todo a las máquinas nadie sabrá usar un destornillador [es broma].

Los desconectados y aquellos que no quieran o puedan estar conectados perderán parte de sus derechos civiles, aseguran los que contemplan con más objetividad las ramificaciones de IoT y su relación causa-efecto con la aparición de nuevas brechas digitales. Un argumento que recoge Miguel Alcaine, de la UIT, cuando asegura que “IoT traerá comodidades a la gente de países desarrollados en 2025. Pero, desafortunadamente, no ayudará a los países en desarrollo centrados en el corto plazo”.

¿Qué postura tomar ante este cúmulo de opiniones? En las 66 páginas del estudio tal vez la más sensata sea la recomendación de Tiffany Shlain, creadora de la serie ‘El futuro empieza aquí’ y fundadora de los Tech Webby Awards: “personalmente desconecto un día a la semana para dedicárselo a mi familia. Debería ser un hábito, ahora y en 2025”.

[informe de Lola Sánchez]


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