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  17/10/2012

Una industria seriamente politizada

Desde antes de 2008, y durante su presidencia, Barack Obama ha cultivado a conciencia la imagen de amigo de la industria tecnológica. Esa cualidad la mantiene, pero la reciprocidad ha menguado porque, del otro lado del espectro político estadounidense, Mitt Romney tiene un pasado que lo lleva a entenderse mejor con los inversores de ese mismo sector. No hay mejor ejemplo que el cambio de frente de Marc Andreessen, ubicuo capitalista del Silicon Valley, que en las elecciones anteriores apoyó a Obama, pero en las actuales ha aportado 100.000 dólares a la campaña de Romney. No siempre la ideología es el primer motivo de las simpatías, porque las prioridades han cambiado en cuatro años.

Barack Obama y Mitt Romney

Barack Obama y Mitt Romney

Desde luego, se simplifica mucho en estas cosas, pero a menudo se ha dicho que Obama fue elegido – en parte, claro – por ser el candidato que mejor entendía el papel de Intenet, mientras que el veterano de guerra John McCain era un completo ignorante en la materia. Cuatro años más tarde, Romney podría ser elegido – en parte, claro – por ser el candidato que mejor entiende cómo funcionan los negocios.

Los dos candidatos, y sus partidos, han recaudado más dinero de empresas e individuos de la industria de las TI en esta campaña que en la anterior. Hay que recordar que, además de presidenciales, las del 6 de noviembre serán elecciones legislativas, y para muchos es crucial quién sea el congresista o el senador de su distrito.

Quién tiene más dinero para gastar, no es una pregunta baladí. Gran parte de la atención se enfoca en los llamados supercomités, que están autorizados a recibir donaciones sin límites a condición de que no sean destinadas directamente a financiar la campaña sino a la promoción de anuncios temáticos, con frecuencia convertidos en publicidad agresiva, cuando no en guerra sucia contra el adversario.

Hasta la semana pasada, el balance financiero de las contribuciones era de 432 millones para Obama y 279 millones para Romney, y el sector TI aparecía como el más proclive al candidato a la reelección, mientras que las petroleras (y las farmacéuticas, ahí está la sombra del Obamacare) son los mayores contribuyentes a las arcas del republicano.

Ahora, como en 2008, los intereses en juego son demasiado valiosos para interpretarlos en clave de liberales o conservadores (o, si se prefiere, progresistas o reaccionarios). No hay empresa de cierto relieve que no tenga un equipo o una agencia de lobby en Washington DC, y esto implica lubricar las relaciones con ambas cámaras y con las agencias federales. La política bajo otro nombre.

Mientras en España los directivos de las empresas tecnológicas son reacios a exprear sus preferencias políticas, que las tienen, en Estados Unidos el apoyo a uno u otro partido forma parte de la agenda normal del sector. No es algo nuevo, pero en la campaña de 2012 se ha agudizado.

Las prioridades de la industria tecnológica se concentran en dos asuntos sobre los que Obama y Romney tienen discrepancias: las visas de inmigración y el régimen fiscal aplicable a las empresas. Sobre el papel, la escasez de ingenieros y programadores es acuciante, y ambos candidatos están, con distintas propuestas, a favor de elevar las cuotas de visas B-1, para que la industria pueda paliar esa debilidad importando profesionales, generalmente asiáticos. Es llamativo que el republicano, campeón de las restricciones a la inmigración latina, sea partidario de ofrecer residencia permanente a los estudiantes extranjeros que se gradúen en universidades estadounidenses, para evitar que regresen a sus países a crear empresas competitivas. Obama, más circunspecto en esta materia, ya ha tenido suficientes polémicas sobre su política migratoria.

La cuestión fiscal es más complicada de lo que parece. Fiel a su ideario – la famosa polémica sobre ese 47% de la población ´subsidiada` que Romney desprecia, propone bajar los impuestos a las empresas y aprobar exenciones a las startup, como instrumentos de creación de empleo, en lugar de dedicar recursos a financiar programas sociales. El socorrido discurso del entrepreneurship como antídoto contra el retroceso del trabajo asalariado.

Un punto delicado es la eventual rebaja del coste fiscal de repatriar los beneficios que las empresas del sector tienen aparcados fuera de Estados Unidos: a Obama se lo han reclamado con insistencia, pero teme que sus simpatizantes le reprochen favorecer a grandes corporaciones como Microsoft, Google y Cisco, que están entre las más afectadas.

Sin embargo, Microsoft y Google son dos de los tres mayores donantes del supercomité Priorities USA Action, que apoya a Obama. Sumando sus contribuciones corporativas y las de sus empleados, cada una ha aportado medio millón de dólares (de todos modos, menos que en 2008). IBM viene algo más atrás en el ranking, con 200.000 dólares.

Bill Gates, fundador y chairman de Microsoft, mantiene una posición que le inhibe de simpatizar con Romney, y lo aleja de algunos de sus colegas: sostiene la necesidad de que los ricos paguen más impuestos; a través de su fundación, ha donado 73.000 dólares a apoyar la candidatura de Obama. Por su lado, Eric Schmidt, chairman de Google, un puntal de la candidatura demócrata en 2008, que llegó a formar parte del comité de asesores económicos de la Casa Blanca, ha enfriado bastante su entusiasmo y su chequera tras la apertura por la Comisión Federal de Comercio de un expediente antitrust contra la compañía.

La única empresa de primera línea que apoya al supercomité Restore our Future, mascarón financiero de Mitt Romney, es EMC, radicada en Massachusetts, estado del que aquel fue gobernador; y no calderilla: 250.000 dólares, según los puntillosos registros que lleva el Center for Responsive Politics. Cisco no ha tomado partido en la campaña, pero su presidente John Chambers – destacado republicano, obviamente apoya a Romney, si bien advierte que sea quien sea el vencedor, el principal problema de la economía de EEUU es el llamado fiscal cliff. Así se conoce al impacto, calculado en 500.000 millones de dólares, de la extinción en 2013 de las desgravaciones y recortes de gastos aprobados por George W. Bush. Según Chambers, las empresas norteamericanas están en buena situación financiera, pero los clientes de Cisco no emprenderán nuevas inversiones – y por tanto, no crearían empleos – mientras el congreso no resuelva ese problema.

Las grandes operadoras de telecomunicaciones han quedado insatisfechas con Obama. Durante la presidencia de este, lograron frenar los aspectos negativos para ellas de la legislación antipiratería inspirada por Hollywood, pero el veto a la fusión de AT&T Mobility y T-Mobile les ha dejado mal sabor de boca.

Otro pilar de los republicanos es, a título personal, Meg Whitman, CEO de Hewlett-Packard. Romney fue su mentor, con el que trabajó en Bain Capital, y recientemente ha salido al paso de rumores declarando que incluso en el caso de que este fuera elegido presidente, ella permanecería en su puesto al frente de HP, pero dedica parte de su tiempo libre a convocar cenas de recaudación de fondos en apoyo de su antiguo jefe.

A propósito de cenas, otra mujer con poder en el Silicon Valley, Marissa Mayer – ahora CEO de Yahoo – ha recibido en su casa a Obama en sus frecuentes visitas a California, rodeándolo de invitados dispuestos a pagar miles de dólares por sentarse a la mesa con el todavía presidente. No consta que Mark Zuckerberg se interese por las cosas de la política, pero su mano derecha, Sheryl Sandberg tuvo un cargo relevante en la administración Clinton – fue jefa de gabinete de Lawrence Summers, que más tarde, como rector de Hardvard, ninguneó al jovencito Zuck, según la película La red social – y es otra conspicua recaudadora de fondos para Obama.

A todo esto, los actuales directivos de Apple no manifiestan sus preferencias. Siguen en esto a Steve Jobs, quien en vida fue reacio a toda relación con los políticos. En cambio, su viuda, Laurene Powell, aparece en la lista de donantes a la candidatura de Obama.

Volviendo a los aspectos programáticos, de Obama se dice que ha tenido más visión que resultados en su política tecnológica. Empezó muy bien, nombrando por primera vez un CTO y un CIO del gobierno federal, con el objetivo de hacer más ágil la administración mediante la modernización del uso de las TI. Pero, desbordado por problemas más acuciantes, dejó que esas ideas encallaran en una convencional política de servicios compartidos y compras concertadas.

Romney es hostil incluso a esa forma de intervención gubernamental. Por su lado, Obama presume de que su gobierno ha creado las condiciones para que la iniciativa privada desplegara redes LTE, arrebatando a Europa el liderazgo en esa tecnología.

Un capítulo importante de la controversia electoral es China. Arropado por el sector más derechista de sus bases, Romney predica la confrontación con el gigante asiático, mientras Obama – cargado de razones por el ejercicio del poder – postula la moderación, en espera de que en Pekín se instale un nuevo equipo dirigente en los próximos meses. Es un aspecto estratégico que roza a la industria tecnológica, como ha quedado demostrado por el reciente dictamen del comité de inteligencia de la cámara de representantes –controlado por los republicanos y presidido por un ex agente del FBI – de recomendar sanciones contra las empresas chinas Huawei y ZTE. Un cúmulo de cuestiones que subrayan las diferencias entre dos concepciones, una pragmática y otra ideológica, de lo que puede hacerse desde la Casa Blanca. ¿Qué importancia tiene, a estas alturas, la famosa anécdota de la blackberry presidencial?


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