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  17/12/2012

17Dic

Los responsables de relaciones públicas de las compañías tecnológicas (también sus jefes, faltaría más) deberían poner exquisito cuidado en cómo reaccionan a la ola de críticas que reciben las prácticas de ingeniería fiscal de sus empresas. Mientras no se demuestre lo contrario, no hay nada ilegal en tener constituida una sociedad instrumental en Irlanda para aprovechar las ventajas comparativas que este país de la UE ofrece para atraer ´inversiones´ a su territorio. Cualquier asesor fiscal medianillo diría que fórmulas como las llamadas Double Irish o Dutch Sandwich, están avaladas por la ley, pero presumir de ellas no es de buen gusto ni ayuda a la reputación de estas empresas en estos tiempos.

Quien no lo entienda así, se expone a ser objeto de campañas y protestas. La cadena Starbucks lo ha entendido, al decidir que pagará más al Tesoro británico en lugar de arriesgarse a la amenaza de un boicot que, probablemente, hubiera sido más mediático que eficaz. Allá cada cual, pero una táctica recomendable de comunicación debería tener al menos dos componentes: a) no esconderse, y b) evitar respuestas intempestivas. Un buen ejemplo de lo que no hay que hacer lo proporciona Eric Schmidt, chairman de Google.

En declaraciones a Bloomberg, dijo Schmidt la semana pasada: «pagamos mucho dinero en impuestos según prescriben las leyes, y estamos muy orgullosos de la estructura que hemos montado gracias a los incentivos que los gobiernos ofrecen para que operemos en sus países. Esto tiene un nombre, capitalismo: somos orgullosamente capitalistas». Como hace tiempo he tenido una experiencia directa de la chulería del personaje, la respuesta no me sorprende, pero creo que no es la respuesta apropiada.

También según Bloomberg, el tipo de impuesto efectivo que paga Google por sus actividades fuera de Estados Unidos es del 3,2%, gracias a complejas estructuras fiscales (legales) de que dispone en Irlanda y Bermudas. La misma fuente calcula que la compañía se ahorró el año pasado unos 2.000 millones de dólares en impuestos, algo que no ha pasado inadvertido en Washington, donde ven el asunto desde otra óptica: la ley estadounidense no obliga a provisionar tributos sobre los beneficios no repatriados, y se discute si hay que cambiarla abaratando el coste de la repatriación.

En lugar de quejarse – como hacen otras compañías – por no poder disponer de sus fondos en el exterior, Google se justifica afirmando que esos beneficios están destinados a su «reinversión permanente» fuera de Estados Unidos. Aclaración final: la lista de empresas que incurren en estas prácticas (legales), sería larga, pero ninguna se ha ganado el protagonismo con tanta torpeza como Google.


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