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  29/07/2020

29 de julio, 2020

Por lo visto, la importación de talento ajeno no es la fórmula idónea para resolver los problemas crónicos de Intel. La noticia de que Venkata (alias Murthy) Renduchintala dejará el lunes la compañía es la segunda parte de una noticia, según la cual el lanzamiento de los futuros chips con tecnología de 7 nanómetros queda postergado hasta finales de 2022 o comienzos de 2023. Procedente de Qualcomm, el fichaje de Murthy en febrero de 2016 produjo sensación por la cuota de mando que le confirió el entonces CEO, Brian Krzanich, en busca de un revulsivo que conservara para la compañía el liderazgo del mercado de semiconductores. Cuatro años después, Murthy se marcha habiendo perdido esa batalla.

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Habrá una tercera parte, por ahora desvelada a medias por Bob Swan, el actual CEO: Intel renunciará gradualmente a su estrategia de integración del conjunto de las fases de fabricación de sus productos, por lo que ya ha cursado un pedido para que TSMC le suministre 180.000 obleas de silicio, gesto que equivale de facto a convertirse en el segundo cliente de la compañía taiwanesa. Esta, a su vez, ha advertido que su capacidad de producción está contratada hasta mediados del año próximo.

A lo largo de su historia, Intel ha tenido capacidad de dedicar miles de millones de dólares a desarrollar y renovar continuamente sus procesos de fabricación y con ello configurar el mercado con sucesivas generaciones de chips. Pero, finalmente, se ha quedado sola como el último exponente de la categoría IDM (Integrated Device Manufacturer) en esta peculiar industria. Todos sus rivales, desde AMD a Qualcomm, y últimamente Nvidia, confían a TSMC la fabricación de sus chips, diseñados por ellas o por terceros (típicamente ARM). Los inversores han actuado en consecuencia: esta semana, TSMC ha desalojado a Intel del primer puesto del sector por capitalización bursátil; para ello ha tenido que subir en bolsa un 17% desde el inicio de 2020, mientras Intel perdía un 22,7% de la suya. Asimismo, Intel ha cedido a la más pequeña Nvidia el primer puesto del ranking estadounidense de esta industria.

A Bob Swan, el CEO de Intel que no esperaba serlo le ha tocado gestionar esta crisis industrial que viene de antiguo. Al presentar la semana pasada los resultados del segundo trimestre, dijo que Intel ha aprendido las lecciones de los errores cometidos con la generación de 10 nanómetros: reconoció que, a ciertos efectos, su rendimiento es inferior a la anterior, cuya regla de diseño es de 14 nm. Tras la confesión ha venido la renuncia al dogma de la soberanía total sobre sus procesos de producción.

La postergación de los 7 nm más allá de cualquier previsión anterior es, en realidad, una reedición de lo que ocurrió con el proceso de los chips de 10 nm, que entre otros factores ha facilitado que AMD se adelante a Intel en reputación y se acerque – quién lo hubiera dicho – a los 100.000 millones de capitalización. La inesperada pérdida de confianza en Intel ha inducido a Apple a acelerar la rescisión de su contrato con Intel para encargar a otro – TSMC, por cierto – la fabricación de procesadores de diseño propio.

Puede que el lector no informado entienda mejor la gravedad del asunto con lo que, en una conferencia anterior, dijera el CFO de la compañía, George Davis – quien  tomó el relevo de Swan cuando este fue promovido a CEO – al comentar con un grupo de inversores esta verdad incómoda: los ´nodos` de 10 nm “no son tan eficientes como los de 14 nm ni tampoco como podríamos esperar de los 7 nm”. En aquel momento, Davis decía esperar que los chips de 7 nm con el rendimiento ´esperable` estarían en el mercado a finales de 2021. No será así: el plazo se alargará un año como mínimo. Necesidad obliga: Swan dijo el jueves pasado a los analistas que tendrá que aumentar un 20% la producción de 10 nm, a la vez que mejorar en lo posible su rendimiento. De ahí el recurso a TSMC.

Según el plan, en 2023 debería estar disponible el primer procesador para servidores fabricado con tecnología de 7 nm, llamado Granite Rapids, que en la hoja de ruta estaba previsto un año antes. La amenaza de los chips Epyc de AMD al rentable negocio del – Data Center Group es suficientemente importante como para renunciar al dogma. Para entonces, AMD tiene previsto haber empezado a comercializar su variante Genoa con tecnología de 5 nm.

No estamos hablando de un problema sobrevenido. Tampoco tiene   Murthy otra culpa que la de no haber conseguido resolverlo. Hace casi diez años, en noviembre de 2010, el CEO de Intel en aquel momento, Paul Otellini, declaraba a la revista Time que los semiconductores serían la tecnología más importante del siglo XXI, por lo que reclamaba que el gobierno de Estados Unidos hiciera lo posible y lo imposible para que el país retuviera la primacía de su fabricación. Advertía Otellini que Intel corría un serio riesgo de perder terreno frente a fabricantes “no occidentales”. Se antoja paradójico tener que rescatar ahora la frase, cuando la administración Trump ha convencido a TSMC – generosa subvención mediante – para instalar en los próximos años una planta de semiconductores en Arizona.

Renduchintala acumulaba en su persona la máxima responsabilidad sobre el hardware de Intel: diseño, tecnología, ingeniería, arquitectura de sistemas, fabricación. Todo pasaba por su autoridad de experimentado directivo de la industria. No será la única baja en este naufragio: hace un mes se despidió discretamente Jim Keller, un celebrado especialista en arquitectura de chips cuyo currículo currículo incluye haber trabajado en Apple, AMD y Tesla.

El aserto del primer párrafo de este newsletter se confirma. Las múltples competencias de Murthy se repartirán entre cinco ejecutivos, cuatro de ellos veteranos de la compañía, que reportarán directamente al CEO. La figura más relevante parece ser Ann Kelleher, que pasa a ser responsable de Tecnología después de haber supervisado (a las órdenes de Murthy) la extensa trama de fábricas dispersas por el mundo. Hasta mañana,

Norberto


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