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  20/05/2010

Froyo, nuevo en el barrio

Oficialmente, su nombre es Android 2.2, pero atiende por Froyo [acróstico de frozen yogurt] y será presentado hoy como respuesta de Google a la incómoda fragmentación de su sistema operativo ya adoptado por decenas de fabricantes de móviles. Según se adelanta, la primera virtud de Froyo es su velocidad, muy superior a la anterior, pese a que sobran los dedos de una mano para contar el número de dispositivos que llevan la 2.1, última hasta el momento. Otra pretensión, en este caso no confesada, consiste en hacer olvidar que Nexus One, que Google lanzó bajo su marca, ha fracasado como fórmula comercial.

En los 16 meses transcurridos desde que llegó al mercado el primer móvil Android – G1, con la marca HTC – Google ha alumbrado varias actualizaciones del sistema operativo, pero cada fabricante ha ido a su aire y, fuera por razones tácticas o logísticas, siguieron apareciendo modelos basados en las versiones precedentes, con la consiguiente confusión para los usuarios; los móviles Android han alcanzado gran popularidad, pero la plataforma lleva en sí un germen autodestructivo: hay demasiadas versiones en circulación, y las aplicaciones escritas para una no suelen funcionar con otra, más el agravante de que el hardware anterior raramente soporta el software nuevo.

Si esto confunde a los usuarios, con más razón es un problema para los desarrolladores, interesados en que sus aplicaciones tengan el mayor alcance posible. Escribir código para distintas variantes, y confiar en que el usuario sabrá discernir las diferencias, es demasiado pedir a unos programadores con recursos limitados que, además, pueden acudir a otras puertas para vender online sus creaciones. Y más todavía: la juventud de Android implica que su base instalada es menor a las de otras plataformas, lo que es importante para quien quiere rentabilizar su desarrollo de software.

Mirando atrás, Android nació inmaduro, por la necesidad de salir cuanto antes para que el iPhone no se disparara. Esto justifica que haya tenido seis versiones sucesivas, pero más bien parece ser un reflejo del hábito que Google aplica en sus servicios web, con la complacencia (o no) de un público fiel. Llevar esta costumbre a otro ámbito no ha sido una buena idea: en el mercado de los smartphones, ninguna marca o sistema operativo tiene asegurada la hegemonía. Un consumidor dispuesto a comprar un Android puede encontrarse con distintos “sabores” de software diferentes, incluso bajo una misma marca. Tiene gracia que Google haya escogido como metáfora de su nuevo sistema a Froyo, nombre que recibe un helado de yogurt [que en Estados Unidos se despacha con unos complementos frutales según el paladar de cada consumidor].

Así entendida, la fragmentación presenta otro problema. Android se distribuye bajo una licencia Apache de código abierto; esto significa que cada fabricante puede modificarlo a su conveniencia, pero no está obligado a aportar esas modificaciones a Google o a otros fabricantes. Desde el punto de vista del movimiento open source, es un mecanismo que estimula la innovación, pero en la práctica cada marca optará por diferenciarse, aislándose de sus competidores. Es diferente a lo que ocurre con Symbian, reconvertido en open source pero bajo estrecha vigilancia de Nokia. Para evitar los riesgos de la dispersión, Microsoft ha definido tres perfiles de hardware a los que deberán ajustarse los fabricantes que se adhieren a Windows Phone 7.

El auténtico referente es Apple: el sistema operativo del iPhone ha tenido tres versiones en tres años (y pronto, la 4.0), pero no hay riesgo de fragmentación: cada generación de hardware ha podido actualizar su software a través de la tienda iTunes. Google no puede emular a Microsoft, porque cada fabricante es libre de interpretar Android a su modo, pero le cabe la posibilidad de disociar ciertos elementos del núcleo del sistema operativo, para que las actualizaciones puedan hacerse directamente a través de Android Market, sin depender de la voluntad de cada fabricante.

Estudios recientes indican que dos de cada tres móviles Android activos llevan las versiones 1.5 o 1.6 del sistema operativo, y sólo el 32,4% funciona con la 2.1. El advenimiento del 2.2 debería presentar una oportunidad para que las marcas rejuvenezcan su base instalada, algo doblemente necesario ante la inminencia de la cuarta generación del iPhone.

Este es el contexto en el que nace Froyo: una frenética lucha por la cuota de mercado de cada uno. Según la consultora NPD, la suma de toda la familia Android habría superado en ventas al iPhone en el mercado estadounidense – extremo que Apple niega, por cierto – pero las cifras globales que ayer mismo difundió Gartner apuntan otra cosa: durante el primer trimestre se vendieron 8,3 millones de unidades de iPhone (15,4%) y 5,2 millones de Android (9,2%) en todo el mundo. Días atrás, Eric Schmidt declaraba que cada día se venden 65.000 móviles Android, cifra que daría 5,8 millones de unidades por trimestre.

Dos elementos nada anecdóticos acompañarán hoy la presentación de Android 2.2. Uno es la primicia de integración de Flash Player 10.1, entendida como síntoma de que Google y Adobe se apoyan mutuamente en la confrontación con un enemigo común, que no es otro que Apple. El otro asunto es la función tethering – que también traerá el nuevo iPhone – que permite compartir la conexión de datos del smartphone con un portátil mediante USB, lo que transmuta el móvil en módem 3G, algo que a priori, pesará en el cálculo de los operadores cuando tengan que decidir la cuantía de sus subvenciones.


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