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  10/01/2011

Si no es una burbuja, se le parece mucho

Una operación financiera fraguada por Goldman Sachs ha puesto de manifiesto que Facebook vale 50.000 millones de dólares (en teoría, al menos mientras no esté refrendado por su cotización en bolsa). Es una cifra exagerada bajo todo parámetro conocido: sus ingresos de 2010 se estiman – extraoficialmente – en un par de miles de millones, y de los beneficios ni se habla. La comisión de valores de Estados Unidos (SEC) ha abierto una investigación para aclarar lo que está pasando en la trastienda del sistema. Y, en consecuencia, Facebook ha tenido que prometer que abrirá sus cuentas a más tardar en abril de 2012, lo que tendría poco sentido sin la intención paralela de salir a bolsa.

Estas noticias han reavivado la suspicacia de quienes piensan que se está montando otra burbuja como la de finales de los 90. Hasta ahora, se les ha replicado que no hay tal riesgo porque, a diferencia de aquellos años, la hipérbole se desarrolla al margen del mercado bursátil; en todo caso, un colapso sólo afectaría a unos cuantos inversores y a unas empresas determinadas, pero no sería un estallido generalizado. Tampoco el de marzo de 2000 lo fue, como lo prueva el hecho de que las puntocom que tenían algo más que un plan de enriquecimiento súbito, sobrevivieron a la crisis, y ahí siguen.

La entrada en escena de un banco de inversión como Goldman Sachs – se dice – confiere legitimidad a Facebook y, de rebote, a otras empresas que corren a rebufo: Twitter (valorada en unos 4.000 millones), Zynga (que tiene accionistas en común con Facebook) y LinkedIn (que dice estar presta para salir a bolsa este año). Nada que temer, entonces. Sin embargo…

Mezclar la economía – una disciplina social – con las ciencias exactas, sería un tópico de los posmodernos, pero aun así la física puede recordarnos que una burbuja se forma cuando una delgada película de átomos en tensión superficial separa el aire encerrado en su interior del que la rodea, y mantiene ese estado mientras la presión interna y la externa sean equivalentes; implosiona o, en su caso explota, cuando la equivalencia se rompe. ¿Acaso no es asimilable la metáfora a lo que puede llegar a ocurrir con el vertiginoso crecimiento de las redes sociales?

La transacción que origina el comentario es una inversión relativamente menor, de 500 millones de dólares: Goldman Sachs aporta 375 millones y el empresario ruso Yuri Milner – que tiene el 10% de Facebook – los 125 millones restantes, a cambio del 1% de la compañía. El banco se propone colocar otros 1.500 millones de dólares entre sus clientes adinerados, para los que creará un así llamado special purpose vehicle. El truco consiste en que la ley obliga a las empresas con más de 500 propietarios a hacer público su estado financiero, pero este ente ad hoc será legalmente un  único accionista, lo que evitará a Facebook pasar por ese trago, por el momento.

Los inversores reclutados por Goldman Sachs estarán obligados a no revender las acciones antes de 2013, una cláusula habitual cuando se quiere evitar una estampida prematura. Los 50.000 millones de valor teórico son más del triple del que se calculó en octubre de 2007, cuando Microsoft pagó 240 millones de dólares por el 1,6% de la joven compañía – hoy serían 800 millones, una bonita plusvalía – y casi el doble del estimado en agosto de 2009, cuando el inversor Milner entró por primera vez en el capital de Facebook. El pasado diciembre, las acciones se negociaban en el mercado secundario sobre una hipótesis de 42.000 millones, lo que significa que en pocas semanas Goldman Sachs ha hecho el milagro de incrementar un 20% el valor de Facebook. Ya puestos, se podría repetir la jugada, si el ábitro la tolera. 

En Wall Street, algunas voces críticas han señalado que para Goldman Sachs el coste de esta inversión es prácticamente igual a cero: como holding bancario, puede tomar préstamos de la Reserva Federal a un interés despreciable, que compensará con crecer gracias a los honorarios por su gestión. Se supone que el banco se habría asegurado la dirección de la salida a bolsa, una tarea por la que podría cobrar el 7% sobre el valor de las acciones vendidas. El rumor añade que también se encarga de gestionar el patrimonio financiero de Mark Zuckerberg (que, a estos precios, valdría unos 12.000 millones). Y, por último, si la colocación de 1.500 millones de dólares entre sus clientes se retribuye en condiciones normales, sería un 4% inicial más un porcentaje de las ganancias posteriores. Amor con amor se paga.

Este repaso de circunstancias lleva a sospechar que una salida a bolsa está en los planes de Zuckerberg, porque no podría seguir mareando la perdiz: el vértigo se ha extendido más allá de Facebook, y no sólo sube su valoración sino también la de otras empresas que eventualmente querría comprar para abordar la necesaria diversificación. La historia no acabará aquí, y el paso de los meses aclarará si Facebook es realmente una nueva estrella en el firmamento – como lo fue Google, que salió a bolsa en 2004 y no ha parado de crecer – o sólo el símbolo de unas expectativas desmesuradas.


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