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  1/07/2019

1 de julio 2019

Una deliciosa viñeta de Peridis ilustraba ayer la idea que Donald Trump tiene del “arte de la negociación” y de sí mismo. Es de celebrar que la semana se haya iniciado con una buena noticia, la suspensión indefinida de los aranceles que la Casa Blanca amenazaba aplicar a productos chinos por un valor estimado en 200.000 millones de dólares. De momento, se reabren las negociaciones, para gran alivio de las empresas tecnológicas estadounidenses, a las que una orden ejecutiva de Trump restringe (todavía en este momento) comprar componentes en China así como vender a Huawei.

Cualquier lector mínimamente informado sabrá de varios “reportajes de investigación” (sic) en los que se denunciaban los peligros que para la seguridad de Estados Unidos y sus aliados implicaría adquirir tecnología de Huawei [si nadie se ruboriza por publicar textos patrocinados, ¿de qué extrañarse si la respetada agencia Bloomberg cae en el vicio?]. Esas  acusaciones no han sido avaladas por ningún operador (léase más abajo), pero han sido reproducidas con fruición para justificar las restricciones.

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A esta campaña llegó a unirse estos días una ignota startup de ciberseguridad que, en busca de notoriedad, ha lanzado una alarma sobre la existencia de puertas traseras en los equipos de red fabricados por Huawei. Sin pruebas y sin testimonios.

Al respecto, me parece oportuno reproducir lo dicho por el CTO Global de Telefónica, Enrique Blanco, el pasado martes 25 en un encuentro con periodistas. En principio, se trataba de una nueva sesión ´didáctica´ sobre 5G, hasta que uno preguntó por el “caso Huawei”. Prefiero transcribir literalmente la respuesta: “en Telefónica evaluamos y certificamos productos de todos los suministradores sin que nos importe su nacionalidad. Todos ellos, no sólo los de Huawei, son monitorizados de manera continua  para garantizar que cumplen con nuestros altísimos requisitos de seguridad. Con la mayor formalidad afirmo que si tuviéramos la menor constancia de algún riesgo real o potencial, nuestra reacción sería inmediata. No tenemos ninguna constancia ni sabemos que la tenga alguno de nuestros colegas”. Más o menos en el mismo tono se había expresado días antes Antonio Coimbra, consejero delegado de Vodafone España.

Por otro lado, Ericsson y Nokia, competidores directos de Huawei han evitado mezclarse con estas campañas. En cuanto a Cisco, que durante años ha cuestionado las prácticas comerciales de Huawei, su CEO ha dicho que ningún empleado de la compañía está autorizado a emplear argumentos sobre seguridad para captar clientes de su competidor.

No creo que lo anterior haya influido en el desenlace (provisional) del contencioso iniciado, y ahora congelado, por el presidente Trump. Es notorio que ha existido un debate en el seno de su administración acerca de cómo y hasta dónde tensar la cuerda en su encuentro con Xi Jinping. Por simplificar, digamos que unos son ideólogos y otros pragmáticos y que por ahora se han impuesto los segundos, aunque todos vean a China como un enemigo diabólico.

Me quedo con unas declaraciones de Steve Bannon, antes estratega al servicio de Trump. Decía Bannon – cito de memoria – que “destruir a Huawei es mucho más importante que tratar de humillar a China con una larga guerra comercial”. Huawei, venía a decir, es una gran amenaza a Occidente; en cuanto a China, habrá que encontrar el modo de contrarrestarla pero no se la puede destruir.

Por esto – sostenía Bannon a finales de mayo – rehabilitar a ZTE después de sancionarla ha sido un grave error que Trump no debería repetir con Huawei. No diré que se ha impuesto la sensatez, porque esta cualidad no abunda en el 1600 de Pennsylvania Avenue. Digo que de momento han primado las presiones de la industria tecnológica.

El problema, según el analista Paul Triolo, de la consultora Eurasia Group, no es que Huawei es “demasiado grande para caer”, que puede que lo sea. El problema es que “a una compañía que factura 110.000 millones de dólares no la matas tomando medidas proteccionistas, porque está tan imbricada en una extensa y compleja cadena de suministro de la que dependen tantísimas  infraestructuras críticas en todo el mundo”. Esto explicaría, opina Triolo, que los aliados de Estados Unidos – con la excepción de Australia – no se hayan dejado arrastrar a una guerra en la que el errático inquilino de la Casa Blanca un día podría dejarles tirados.

En Europa – afirme en su análisis – la situación sería especialmente grave porque ninguno de los competidores de Huawei estaría en condiciones de reemplazarla en la transición de las redes 4G a 5G. “Si a los operadores europeos se les obligara [a romper sus vínculos con Huawei] el coste estimado por la GSMA podría ascender a unos 62.000 millones de dólares y el retraso se elevaría a 18 meses”.

La industria, a esto iba. De los 70.000 millones de dólares que Huawei desembolsa en la compra de componentes, 11.000 millones van a parar a suministradores estadounidenses. Y no es del todo cierto que Huawei esté ausente como proveedor de los operadores de ese país: es verdad para los cuatro grandes, pero no para unos 40 operadores en áreas rurales, que usan equipos de Huawei y han hecho saber que sería ruinoso para ellos el tener que sustituirlos o cancelar contratos de mantenimiento.

No son pamplinas pero creo exagerado hablar de ´guerra fría´. Vale que Trump está encantado de tuitear compulsivamente desde su iPhone dorado, pero en la práctica Apple sería una de las mayores víctimas de su política. Tim Cook – de quien se dice que tiene acceso directo al presidente – podría haber sido más persuasivo que los amanuenses gubernamentales. En lo inmediato, la compañía tendría dificultades para que el iPhone no sea catalogado como made in China, pero aunque encontrara un subterfugio pasable, su precio al consumidor se encarecería en el peor momento.

Google, que inmediatamente satisfizo  – de palabra, mientras no haya otra versión de Android – con la exigencia del departamento de Comercio, ha compensado su precipitación advirtiendo del riesgo de fragmentación del mercado de dispositivos móviles, en caso de que Huawei siguiera adelante con su propio sistema operativo y si las autoridades chinas proscribieran Android con el mismo celo con el que han prohibido su buscador.

Micron, tras unos días de incertidumbre, declara que no ve motivos para suspender sus despachos a Huawei de las memorias que fabrica en su planta china. En cuanto a Intel – según The New York Times – habría encontrado una vía legal para que sus chips no sean afectados por las restricciones.

Imagino que hoy la reacción de las bolsas será eufórica las noticias de que Trump y Xi han acordado reabrir las negociaciones. En todo caso, el  acuerdo contempla que la cuestión de Huawei quedará pendiente hasta el final de las negociaciones. Con esto, los comentaristas políticos tienen servido una discusión bizantina: ¿quién ha hecho concesiones a quién?


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