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  4/11/2014

4Nov

Ahora que el DRAE recoge una nueva acepción de ´nube` [espacio de almacenamiento y procesamiento de datos y archivos ubicado en Internet, al que puede acceder el usuario desde cualquier dispositivo] queda resuelta la traducción de cloud computing, nos llega otra metáfora que, si llegara a imponerse, habrá que traducir: fog computing. Tarea sencilla en apariencia: computación en la niebla, sobre la que conviene detenerse. Irving Wladawsky-Berger, quien durante años fue estratega tecnológico de IBM, ha escrito un excelente resumen de la cuestión, que yo me permitiré resumir a mi vez, con la (vana) esperanza de que un concepto interesante no acabe machacado prematuralemente en papilla publicitaria.

La mayoría de los miles de millones de dispositivos y objetos que forman el universo que llamamos Internet de las Cosas (IoT) se encuentran “extramuros”, fuera de los límites físicos de Internet. Su primera cualidad es la de generar volúmenes de datos que sólo son útiles si no conducen a acciones en tiempo real.

“No sería práctico mover los datos a una nube central para analizarlos y poner en marcha esas acciones; la computación y la inteligencia deberían estar lo más cerca posible del borde de Internet, único modo de facilitar su transporte y acelerar el tiempo de respuesta”. De ahí nace la idea de fog computing, abanderada por Cisco en su reciente conferencia de Chicago .

En la definición de Cisco, fog computing es “una plataforma altamente virtualizada que provee servicios de computación, almacenamiento y networking entre los dispositivos finales y un centro de datos en la nube, típicamente localizado en el borde de la red”. De lo que se deduce que la metáfora de fog complementa la de cloud en el sentido figurado de una nube que se acerca a la superficie terrestre. En la ´nube`, los datos generados por los sensores se transfieren y almacenan en el centro, donde son analizados para luego fluir por la red ordenando las acciones correspondientes. En ´la niebla`, el análisis se podría hacer en tiempo real muy cerca o en el mismo borde de Internet, por lo que las órdenes podrían tomar atajos a través de la red, y sólo los datos serían transferidos a la nube central.

Hacerlo sobre la actual Internet ´de las personas` requeriría un drástico cambio de tipología, y entrañaría al menos tres riesgos, explica Irving W-B, citando los trabajos de dos cientìficos de IBM: el coste de la conectividad sería prohibitivamente alto para un mercado que dependerá de modelos de negocio distintos, aún por identificar. “Mientras los usuarios tienden a sustituir sus dispositivos cada 18 a 36 meses, las piezas de IoT podrían durar años, tal vez décadas, sin necesidad de reemplazo”.

Por otra parte, muchas de las soluciones propuestas para IoT carecen de valor intrínseco: la conectividad y la inteligencia son sólo un medio, no un fin en sí mismo, por lo que el valor (y la monetización) dependerá de otros factores que asociamos con la capacidad de analizar los datos recogidos. “[Sin embargo] sería poco realista pensar en que IoT se apoyará en la venta de los datos de los usuarios o en la publicidad […] el coste marginal de la capacidad adicional (publicidad) o la oferta incremental (datos de usuarios) es igual a cero”.

Como el lector imaginará, el concepto de fog computing abre un fértil campo a la reflexión, de modo que con seguridad reaparecerá en crónicas de este blog. Entretanto, no está de más advertir que la niebla, como la nube, están semánticamente emparentadas con la bruma y la confusión.


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