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22 de abril, 2019

El acuerdo in extremis que ha puesto fin a la batalla judicial entre Apple y Qualcomm da pie a conjeturar sus connotaciones políticas. Cualquiera que fuera el desenlace del juicio en San Diego – y de los recursos que a buen seguro le seguirían – habría sido desastroso para una potencia que pretende asegurarse la supremacía sobre las tecnologías de las redes 5G. En el tribunal del circuito de San Diego, a la sazón presidido por el juez Gonzalo Curiel, se confrontaban las dos únicas empresas estadounidenses capaces de plantar cara a la competencia asiática en ese terreno.

De haber ganado Apple, habría sido dañado gravemente el modelo de negocio de Qualcomm, perdiendo valor una buena parte de su cartera de patentes, susceptibles de ser cuestionadas por terceros. Una posible victoria de Qualcomm implicaba que Apple no tendría capacidad para presentar un iPhone 5G a tiempo para el despegue del  mercado a partir del año próximo, sin contar con que esa carencia debilitaría su pregonada estrategia de servicios, cuyos primeros destinatarios son los usuarios del iPhone.

El anuncio del acuerdo es sumamente escueto, pero al menos deja claro que Apple será licenciatario directo de Qualcomm durante seis años, más otros dos años opcionales, a contar desde el 1 de abril; en consecuencia, le pagará royalties – de cuya cuantía nada se informa – que tal vez sea (o no) equivalente a los 7,50 dólares por cada iPhone vendido que Apple pagó entre 2011 y 2017 y que desde entonces ha rehusado abonar, es la raíz de este conflicto. Adicionalmente, Apple hará un desembolso único en favor de Qualcomm, aparentemente compensatorio por pagos devengados y no desembolsados.

Se reanudará de inmediato y durante varios años [atención: no se dice cuántos] el suministro de chipsets de Qualcomm. Asímismo, decae todo litigio pendiente entre las dos compañías. Los contratistas que han secundado a Apple en su cruzada (Foxconn, Pegatron, Wistron y Compal) se librar de problemas judiciales.

Con esto, de la noche a la mañana se ha producido un reordenamiento del mercado de smartphones. ¿A qué se debe la prisa por cerrar la trifulca? Una hipótesis plausible apunta que Apple optó por tirar la toalla tras ser informada por Intel de la imposibilidad de cumplir el compromiso de desarrollar un modem 5G – alternativo al ya existente de Qualcomm – que debería equipar la siguiente generación de iPhone que verá la luz en 2020.

Por tanto, ¿en qué situación queda cada uno de los protagonistas de este episodio? Empezaré por el vencedor. Qualcomm ve desvanecerse las amenazas a su modelo de negocio, consistente en desarrollar tecnologías (en este caso 5G) y en vender chips basados en ellas, además de cobrar licencias por su ingente cartera de patentes. El acuerdo cerrado con Apple es un alivio para un equipo directivo que venía de sufrir dos golpes: la oferta de compra presentada por Broadcom y bloqueada con ayuda de la Casa Blanca, y la fallida adquisición de NXP, especialista en chips para la industria de automoción.

En este momento, a Qualcomm sólo puede preocuparle lo que pase con otro juicio, una acusación de prácticas anticompetitivas iniciado por la FTC (Federal Trade Commission) e inspirado en argumentos similares a los esgrimidos por Apple. Este procedimiento está a cargo de la juez Lucy Koh – célebre por haber llevado el dilatado caso de Apple vs. Samsung, cerrado en tablas – que debería estar ya sentenciado. Ahora bien, sería un auténtico seísmo que, después de lo pactado, la juez Koh fallase contra Qualcomm.

En cualquier caso, el acuerdo habrá sido duro de tragar para Tim Cook, quien en 2011 cuestionó internamente las negociaciones de Steve Jobs con Paul Jacobs (hijo del fundador de Qualcomm) que dieron lugar al compromiso de pagar royalties sobre el valor total de un iPhone y no sólo por el de los componentes protegidos por patentes. A la muerte de Jobs, Cook tuvo que gestionar el hecho consumado; dicen que nunca se ha llevado bien con el sucesor de Jacobs, Steve Mollenkopf. En fin, que tiene motivos para consolarse: se despeja la capacidad de Apple para replicar a Samsung, que ya tiene un smartphone 5G en dos mercados (Corea y Estados Unidos) y a Huawei, que tiene el suyo a punto.

El paso atrás de Apple es sólo relativo. No está obligada a cancelar sus planes para desarrollar su propia capacidad de producir un modem, tal como ha hecho con el procesador de aplicaciones. Provisionalmente, Cook se había puesto en manos de Intel, pero en su página web hay constancia de que busca ingenieros especializados en esa tecnología. Y de que los busca, por algo será, en la vecindad de la sede de Qualcomm en San Diego.

Por si un lector se pregunta por qué hay tanto jaleo por un módem, la respuesta es que se trata del componente clave que conecta un dispositivo móvil con la red. Una gran complejidad en un mundo en el que cada operador diseña la red según su conveniencia, usa equipos dispares y dispone de frecuencias  diferentes. Integrar un módem con tal variedad de tecnología, requiere más capas de ingeniería que casi cualquier otro semiconductor. Por otra parte, cada smartphone destinado al mercado global tiene que pasar por la certificación de cada red y por riugurosas pruebas de compatibilidad.

Si una empresa como Intel se ha echado atrás ante la magnitud de la tarea, algo querrá decir. Vamos, pues, con el perdedor de esta historia, Intel. Al poco rato de darse a publicidad el acuerdo entre Apple y Qualcomm, anunció su decisión de abandonar el desarrollo de chips para smartphones por – textualmente – no apreciar su rentabilidad futura. En realidad quería decir Intel que, si su único cliente se marcha, no tendría sentido insistir. O quizás fue la propia Intel la que, desconfiando de las intenciones de Apple, se echó a un lado y esto precipitó el acuerdo. Tómese como una hipótesis.

En todo caso, no ha sido el primer tropezón de Intel. En 1999 pagó 1.700 millones de dólares por la empresa DSP para entrar en el mercado de los móviles de entonces, pero se arrepintió y la revendió en 2003. El difunto Paul Otellini se autocriticó tardíamente por no haber acogido en 2007 la invitación de Apple a participar en el primer iPhone. Otra ocasión fallida fue la adquisición (2011) de activos de la germana Infineon por 1.400 millones.

En esta oportunidad, al menos, la frustración no hará que Intel abandone sus inversiones para estar presente en las infraestructuras de redes 5G,  tema central de su presencia en el pasado Mobile World Congress. Pero de esto me ocuparé otro día, porque me he pasado de las 1.000 palabras.

3 de abril, 2019

En palabras de Tim Cook, Apple Card es “la mayor innovación [de los sistemas de pago] en 50 años”. Le secundó David Solomon, CEO de Goldman Sachs, para quien “cambia por completo la experiencia [de los usuarios] de tarjetas de crédito”. Si esto es así, ¿por qué razón Apple decidió ´empaquetar` el anuncio en el mismo acto de presentación de nuevos servicios: Apple TV+, Apple Arcade y Apple News? Mi hipótesis es que se quiere transmitir la idea de “una tarjeta de crédito diseñada por Apple”, con guiños al consumidor que ratifican una estrategia de ”jardín vallado” que la compañía ha cultivado al menos desde el lanzamiento del primer iPhone.

No es un producto (como sería un dispositivo o un accesorio) ni estrictamente es un servicio por suscripción (como iTunes o Apple TV+). La innovación que trae Apple Card es su aportación al modelo de negocio: no se trata de que el iPhone deje de ser el centro de su sistema solar, sino de que el astro irradie un flujo añadido de dinero generado por los servicios y contenidos propios, además de explotar  otras oportunidades de gasto lúdico, financiadas con deuda.

Para que así sea, se requiere disponer de un instrumento financiero ex profeso, un medio de pago bajo su estricto control. La tarjeta está embebida en el wallet virtual de Apple, cuyo exponente hasta ahora ha sido la aplicación Apple Pay. Por lo visto, ha alcanzado un volumen y una fidelidad entre los usuarios de la marca que permite ir más lejos.

La semana pasada encontré un titular según el cual Apple se transforma en banco.  Esta simplificación es falsa. En primer lugar, para actuar como banco, necesitaría una “ficha” en cada jurisdicción y ajustarse a las normativas, dos requisitos que no están entre las intenciones de la compañía. Y, si  damos por sentado que un banco asume riesgos, la verdad es que con el lanzamiento de su tarjeta Apple no corre ningún riesgo financiero: los asume enteramente Goldman Sachs. Un socio que aúna dos peculiaridades a tener en cuenta: a) no es emisor de tarjetas bajo su marca y b) más que minoritario, su negocio minorista es periférico. Eso sí,  Goldman Sachs remunerará a Apple por cada usuario. Hay un tercer actor necesario: Mastercard contribuye con su tecnología de `tokenización` y de paso se apunta puntos en su rivalidad con Visa.

Esta combinación tripartita hace posible afirmar, faltando sólo un poquito a la verdad, que Apple no traiciona a los bancos que durante cinco años han acompañado su sistema Apple Pay, del que la nueva tarjeta vendría a ser un complemento físico. Esos bancos podrán quejarse o no, pero tendrían motivo: en lugar de un ´ecosistema abierto` – como el que preconiza Samsung Pay, por ejemplo  – en el que el usuario decide con qué plataforma bancaria quiere operar, Apple les pone otra cortapisa, acorde con su naturaleza.

Durante años, consultores, columnistas (y banqueros) han alertado sobre un fantasma bautizado como fintech. Al calor de esa prédica han proliferado en todo el mundo iniciativas oportunistas que han picoteado en segmentos menores – pero rentables – del negocio bancario. No es el caso de Apple, pero resulta innegable que los bancos se enfrentan a un escenario nuevo. No tanto como para encarnar una amenaza sistémica.

Como es habitual, la presentación del lunes fue vistosa pero escasa en detalles. Se sabe que Apple Card estará disponible en Estados Unidos este verano [por supuesto, ninguna indicación sobre su internacionalización o la entrada de otros bancos emisores]. Abundaron las menciones a las garantías de privacidad con las que Apple – que al no vivir de la publicidad no necesita recoger más datos personales de los necesarios ni distribuirlos a terceros – marca diferencias con Alphabet y Facebook (eventualmente también con Amazon).

La privacidad – y la seguridad que conlleva – podrían no ser suficientes para que los consumidores usuarios de Apple se apunten masivamente. Por esto, la novedad más atractiva de Apple Card es Daily Cash: para preservar la fidelidad a Apple Pay, el usuario tendrá una bonificación del 2% de cada compra hecha con la app; si sólo usara la tarjeta física, sería del 1% y si se tratara de una compra en la App Store o de un servicio de la marca, del 3%. Con la particularidad de que el reembolso se haría efectivo inmediatamente después de cerrada la transacción, y el consumidor tendrá en todo momento en pantalla la información de sus movimientos y saldo disponible.

Otro argumento a favor es la ausencia de cuota anual y comisiones por exceso de gasto. Ante tanta facilidad, es razonable preguntarse por qué Apple (y Goldman Sachs) descartan la emisión de una tarjeta de débito. La respuesta, elusiva, está en el tipo de interés aplicable. Según Cook, “están entre los más bajos del mercado”. No me atrevería a contradecirlo, pero en una nota al pie de la página informática se especifica que los intereses serán variables, en un rango que – calculado en marzo de 2019 – oscilaría entre el 13,24% y el 24,24% anual, dependiendo de la calificación del deudor. Lo que se llama un chollo.

Norberto

20 de febrero, 2019

Cuando Jeff Bezos anunció en noviembre que la segunda sede (HQ2) de Amazon se repartiría entre Arlington, al lado de Washington DC, y Queens, en Nueva York, no supo ´leer` los resultados de las elecciones legislativas de unos días antes. También erraron Andrew Cuomo y Bill de Blasio, gobernador y alcalde, respectivamente, de Nueva York, que pujaron fuerte para atraer a la compañía a su territorio.

El insólito concurso de catorce meses al que concurrieron nada menos que 238 ciudades en Estados Unidos y Canadá, a ver cual era más generosa con tal de congraciarse con el magnate del comercio online, ha desembocado en fiasco sobre el que se debatirá durante bastante tiempo. De momento, en vista de una oposición que no esperaba, ha renunciado al proyecto de 2.500 millones en Nueva York.

El episodio presenta matices que ilustran el cuestionamiento social de los arrogantes amos de Internet, presuntos hacedores de ´un mundo mejor`. En este juicio sumario caben tanto las críticas a Facebook por su manejo irregular de los datos personales, como las manifestaciones callejeras de empleados de Google disconformes con los tratos que la compañía tiene con el Pentágono. Y, por lo que se ve, también las sospechas que despierta Amazon.

Empecemos por la política. Cuomo y de Blasio – dos demócratas que se llevan fatal – han coincidido en algo, en ofrecer 3.000 millones de dólares en ventajas fiscales a Amazon para asegurarse la creación de 25.000 puestos de trabajo. Con ese dinero podían haber empezado por rehabilitar la cochambrosa área de Long Island City, donde debía instalarse la HQ2. Las encuestas decían que el 56% de los neoyorquinos aprobaba la llegada de Amazon, pero las figuras emergentes del partido, de otra generación y situadas a la izquierda, han hecho oposición a que la ciudad regale dinero a una empresa cuyo valor en bolsa está en torno al billón de dólares.

No se trata sólo de la desgravación fiscal: la instalación de un megacampus en Queens traería especulación inmobiliaria [ha durado dos meses antes de pinchar], encarecimiento de los alquileres, saturación de las escuelas y agravamiento del caos de tráfico no lejos del aeropuerto.

Un documento presentado por Cuomo en su campaña de reelección– que, dicho sea de paso, arrasó – sostenía que la subvención retornaría multiplicada por nueve en 25 años gracias a los tributos a pagar por la compañía y sus empleados. La afirmación fue rápidamente desacreditada al trascender un estudio según el cual Amazon no pagará un solo dólar por sus beneficios de 2018, que fueron de 11.200 millones de dólares. Por el contrario, tendrá derecho a devolución de 128 millones con cargo a pérdidas de ejercicios anteriores.

Amazon ha vivido dos décadas despreocupándose de los beneficios, con el argumento – aceptado de buen grado por los inversores – de que debía reinvertirlos en una diversificación que agrandaba a cada paso su perímetro. Por fin, en 2017 empezó a presentar  beneficios y los analistas de Wall Street estiman que dentro de cinco años ganará entre 40.000 y 60.000 millones anuales.

Puede que la gota que colmara el vaso de los activistas fuera el estúpido anticipo de que el grupo de edificios, donde pensaba instalarse, contará con un helipuerto para que sus ejecutivos eviten los embotellamientos viales. Eso y proclamar en voz alta que es una empresa no igualitaria ha sido todo uno. Y el horno no está para bollos.

Las críticas llovieron sobre Bezos, desde el izquierdista Bernie Sanders hasta el inclasificable Donald Trump se despacharon a gusto en Twitter. En una inusual coincidencia, el New York Times y el Wall Street Journal se expresaron en contra de la oportunidad de subvencionar a la segunda empresa más valiosa del mundo. Y hasta el Washington Post, propiedad de Bezos, entendió que debía demostrar su independencia editorial.

Para Nueva York, el fracaso de la iniciativa no es una gran pérdida, dadas las circunstancias económicas: la ciudad ha vivido el año pasado la creación de 100.000 puestos de trabajo. En cuanto a la otra parte, el impacto de echarse atrás tampoco cambia gran cosa para Amazon. Primero: sólo tendrá que desplazar a otro sitio la inversión calculada y quizás ahorrarse una parte. Segundo: mantendrá sus 5.000 empleos actuales en Nueva York e instalará un nuevo centro de distribución en terrenos que ha comprado en Queens.

El factor que motiva su repliegue parece ser otro. El alcalde de Blasio había dicho públicamente que confiaba en que la empresa cambiaría su política laboral y su hostilidad a los sindicatos. De eso nada, por ahí no pasa Amazon. Esta consideró una encerrona la invitación a sindicalistas a una reunión con el gobernador Cuomo. En este sentido, puede decirse que la actitud de Amazon pretende ser ejemplarizante a su manera.

Cuenta el New York Times que esta ha sido la línea roja que Bezos se negó a cruzar. De palabra, Amazon dice respetar los derechos de sus trabajadores, pero es conocida en todo el mundo como un caso extremo de explotación intensiva de la mano de obra que emplea [no lo digo yo, lo dicen los trabajadores de sus centros en España]. Aunque legalmente no puede oponerse a la afiliación sindical, nadie que haya tratado de dar ese paso ha conservado su empleo.

El plan de abrir una segunda sede se origina en los problemas que el crecimiento de la primera ha creado en Seattle, ciudad donde la fundó Bezos tras abandonar – qué ironía – Nueva York, donde trabajaba como broker. La escala alcanzada en Seattle hace que Amazon cargue con la culpa de todos los problemas de la ciudad, desde la crisis de vivienda a los monumentales atascos. Su negativa a apoyar una tasa propuesta para aliviar a los homeless, agravó las suspicacias. De ahí la necesidad de buscar un desdoblamiento operativo.

Esta iniciativa, y su malhadado desenlace, desafían la tesis que los  economistas llaman “efecto aglomeración”; se supone que la eficiencia de las empresas mejora mediante la creación de clusters de empleo. Al final, depende del  tipo de empleo que se quiera crear. Por la naturaleza de su negocio, Amazon puede permitirse una descentralización radical. Reducir  la ambición de su HQ2 no cambia lo esencial: en Estados Unidos, seguirá teniendo 17 hubs regionales y los empleos que necesite crear los dispersará. Lo que no hará será convocar otra competición entre ciudades.

Aunque sea una historia americana, el fiasco revela otros aspectos que merecen reflexión entre nosotros, ahora que se abre la temporada electoral. Por un lado, está el sinsentido del cortejo que bailan los gobiernos regionales siempre con dos pretextos: empleo e innovación  – sí, estoy pensando en nuestras CCAA y en el descaro de algunas  startups de cartón piedra – con la promesa de incentivos fiscales de dudosa utilidad final. Segundo: la imagen pública de las empresas tecnológicas se deteriora a ojos vista, debido a la percepción de su ostentosa omnipotencia. Y tercero: existe un riesgo de distorsión ciudadana causada por las expectativas exageradas y su frustración posterior. Tiempo habrá de volver sobre el asunto.

14 de febrero, 2019

Durante diciembre y enero he recibido decenas de predicciones sobre los más diversos aspectos del mercado de las TI y del comportamiento de los usuarios. Ocurre cada año: suelen ser contenidos prefabricados con la  única finalidad de barrer para casa de la empresa remitente. Nadie se ocupará dentro de un año de revisar en qué han acertado y en qué han fallado (condición elemental para que algo pueda llamarse predicción]. Las más serias suelen proceder de consultoras.

No quiero ser injusto: el ejercicio predictivo, cuando se distancia del marketing, arroja conclusiones interesantes. Como las que siguen, extraídas de las 10 predicciones de Analysys Mason sobre la actividad de M&A en el sector de las telecomunicaciones. ¿Por qué me han parecido interesantes? Pues porque reflejan el estado de las relaciones nada binarias entre los operadores y los mercados de capitales.

Este año, en el que no se prevén grandes fusiones como las de 2018, la consultora británica presenta otras conjeturas. Pero no se descarta que haya episodios de menor envergadura: “[pensamos que] la actividad M&A de los operadores se centrará en pequeñas adquisiciones para expandir capacidad o mejorar su presencia en el mercado corporativo, con especial foco en los negocios cloud y sobre todo en IoT”-

Los múltiplos de valoración de las infraestructuras [torres, redes de fibra y centros de datos] entendidas como activos apetecibles para la inversión financiera, siguen aumentando. Se combinan dos circunstancias: la necesidad de los fondos especializados de colocar los capitales que han recaudado en espera de destino y, por otro, la escasez de infraestructuras en venta. Esto podría influir en que se haga más frecuente la disociación entre esas infraestructuras y el negocio que soportan.

La segregación y/o desinversión en torres por parte de los operadores es una práctica corriente [Telxius, el ejemplo más cercano] y el encaje de Cellnex con los nuevos dueños de Abertis revela sus rasgos específicos. Pero no es habitual – no todavía – que un jugador financiero adquiera un operador para trocearlo. Analysys Mason menciona la compra del danés TDC por el fondo australiano Macquarie, al que atribuye la intención de segregar sus torres en Dinamarca y Noruega, sin que las cosas estén claras más allá.

Otro caso del mismo género sería el grupo Altice, que intenta desesperadamente vender la red de cable de Portugal Telecom y la de fibra de SFR en Francia, reculando así de su alocada expansión de años atrás. En Estados Unidos, AT&T y Verizon han demostrado que es viable vender sus centros de datos, una conclusión a la que también ha llegado Telefónica y en eso está.

Estas transacciones siempre ayudan a reducir la deuda y son bien acogidas por aquellos a quienes se acude para financiar nuevas inversiones, pero los autores del documento aseguran que los mercados financieros  “están presionando” a los ´incumbentes` europeos de telefonía fija para que separen sus negocios minoristas de la operación de infraestructuras, como paso previo a vender participaciones en la red de acceso. Yo, desde una lógica no financiera, me permito objetar que estas maniobras de alivio financiero acabarían a medio plazo devaluando a los operadores y poniéndolos al alcance del tiburón de turno.

Los autores del informe no se meten en ese jardín. Consignan que “los inversores tendrán interés creciente en la combinación de diferentes infraestructuras en un mismo paquete, modelo de negocio que ahora mismo no existe”. La mayoría de los proveedores de servicios de infraestructura – advierten –  generan lo más significativo de sus ingresos gracias a una sola clase de activo, pero creen que la convergencia futura de torres, fibra y centros de datos podría desarrollar sinergias y economías de escala. En esta hipótesis, se presiente que los fondos – transparentes inspiradores –  se reservarían el papel de agregadores.

Por otro lado, se nos dice que las firmas de private equity le han echado el ojo al mercado de cloud en su variante B2B, muy fragmentado entre pequeños proveedores y, por tanto, de potencial consolidación.

Dejo para el final un apunte sobre 5G. El documento predica que la fibra inalámbrica (FWA) será una gran oportunidad para las telecos si saben encontrar un modelo de negocio capaz de atraer financiación externa. Como en algún momento tendrán limitaciones de espectro, se sugiere que podrían llegar a acuerdos con adjudicatarios de menor talla [cita expresamente a MasMóvil] que no tienen mayor interés en explotarlo directamente. Estos serán, supongo, temas de discusión en el MWC fuera de los focos.

5 de febrero, 2019

Primero se habló de desaceleración, luego de estancamiento para, al final, reconocer que estamos ante un retroceso en toda regla.  Las ventas de smartphones han vuelto a caer tanto o más que en trimestres anteriores. Globalmente, el descenso ha sido del 4,1% en 2018 según IDC. En un mercado que absorbió 1.400 millones de unidades (uno por cada cinco terrícolas), el batacazo equivale a 65 millones. ¿Se ha acabado la era del crecimiento? ¿Hay algo que la industria pueda hacer para revertir la tendencia?

Hay varias explicaciones de lo que pasa pero ninguna es verdaderamente nueva. Los consumidores desoyen los mensajes de marketing y alargan el ciclo de sustitución tanto como pueden porque el móvil que llevan consigo les satisface. Es sencillo comprobar que cuanto más enfático sea un lanzamiento, más probable es que esconda escasa innovación. En paralelo, los usuarios se quejan de que en lugar de bajar de precio – como a ellos les gustaría – los nuevos smartphones son cada vez más caros.

Hay que contar con otro hecho: en la estadística global influye que los mercados menos maduros – salvo excepciones como India, Indonesia o Vietnam – están al borde del nivel de saturación que aqueja a los países ricos. Hecha esta salvedad, la madre de los problemas es China que representa el 30% del mercado mundial y cuyo bajón oscila entre el 10%, según distintas consultoras.

A escala mundial, las cinco marcas líderes incrementan su cuota conjunta: el 69% contra el 63% en 2017. Si en la lista se incluye a la fluctuante Vivo, el sexteto suma el 75%. Poco o muy poco queda para algunas marcas, antes célebres, reducidas a un papel marginal.

Vuelvo al precio, que me parece asunto crucial. La industria pretende que los consumidores hagan lo que a ella le conviene: pagar más por dispositivos que casi no aportan innovaciones. ¿Por qué tendrían que hacer con los smartphones algo distinto a lo que hacen con los PC, los coches o los guisantes congelados?

Esta es la razón por la que algunos análisis se vuelcan en las  categorías, así llamadas premium [por encima de 400 dólares], que en 2018 habrían crecido un 18% mientras la gama de menos de 200 dólares perdía un 10%, dando como balance la caída global apuntada. Según Counterpoint Research, fuente de ese cálculo, Apple sería la marca dominante (51%) del segmento premium, seguida de Samsung (22%) y Huawei (10%); el restante 17% se reparte entre otros fabricantes entre los que destacan LG y el emergente OnePlus.

Ahora bien, cuando los dispositivos premium se desglosan en asequibles (400/600), estándar (600/800) y ultrapremium (más de 800 dólares), uno descubre que el tramo superior es territorio de Apple (80%) y Samsung (20%).

En un contexto así de confuso, se entienden las tácticas de la industria. Por un lado, trata de elevar el precio medio innovando en pantallas, cámaras y chipsets que conllevan un aumento de sus costes. Por otro, de convencer a los consumidores sobre el mérito de pagar 700 dólares por un móvil premium asequible. Apple abrió el camino con el iPhone XR (ahora sugiere que habrá otro más barato) marcando el listón del Galaxy S10 que Samsung presentará los próximos días.

El cuarto trimestre, que incluye Black Friday y Navidades, no ha mejorado el panorama. La demanda ha caído un 4,9% al despacharse 20 millones menos que en el mismo período de 2017.

El delicado equilibrio del ranking parece a punto de romperse. En cifras anuales, Samsung mira más a Huawei que a su rival tradicional. Conserva un liderazgo gracias a que en el cuarto trimestre sólo perdió dos décimas de punto porcentual mientras Apple se dejaba 1,2 puntos. Pero la marca china pisa fuerte, con su impresionante 33,6% de incremento anual. Es cierto que ha vuelto a la tercera plaza (206 millones de smartphones en 2018) pero son sólo dos millones menos que Apple. Como es imaginable, la clave está en China, donde Apple ha caído al quinto puesto en volumen pero es líder en valor y Samsung prácticamente ya no cuenta.

Detrás vienen tres marcas chinas, cada una con más de 100 millones despachados. La cuarta plaza es de Xiaomi (+32,2%) seguida de Oppo y Vivo. El resto no identificado, que hace un año representaba un 40% del total, ha bajado al 32,9%. Todo parece indicar que la consolidación del mercado se acentuará.

En las próximas semanas se hablará mucho de innovaciones con mucho mérito: pantallas plegables, resoluciones más altas, cámaras y megapíxeles, cargadores rápidos y baterías más duraderas. Además de 5G, faltaría más. La incógnita está en cómo influirán sobre la frialdad (como mucho, tibieza) de la demanda.

31 de enero, 2019

La noticia es que IBM y Vodafone han anunciado un acuerdo de colaboración para los próximos ocho años en el mercado cloud. A decir verdad, la anunció IBM unilateralmente, tal vez apremiada por la oportunidad de contarlo en la presentación de resultados de la semana siguiente que, por cierto, fue el primer año en positivo desde 2011. A lo que iba: si no recuerdo mal, esta es la segunda o la tercera vez que IBM y Vodafone abrazan iniciativas conjuntas, no con la misma ambición.

Puede decirse que el acuerdo tiene dos componentes: 1) IBM suministrará a la unidad B2B de Vodafone sus capacidades de cloud computing y 2) ambas crearán una estructura común para desarrollar tecnologías y soluciones que fusionen sus experiencias.

A falta de detalles, el primer componente no deja de ser un contrato de outsourcing con la finalidad explicita de dar soporte a los servicios gestionados que Vodafone vende a sus clientes corporativos. Como contrapartida de esa prestación, el grupo británico desembolsará 550 millones de dólares.

En principio, el primer beneficiario debería ser IBM al añadir un cliente / revendedor a su ´ecosistema` cloud, negocio que en 2018 creció sólo un 6% [5.700 millones de dólares]. Por parte de Vodafone, además de recortar los  costes operativos de una actividad que requiere escala y cualidades que no necesariamente son las de una teleco, ganará acceso a los datacenter de IBM en países donde tiene poca presencia. Históricamente, tiene más afinidad con IBM que con cualquier otro proveedor cloud, un factor que no es desdeñable: anteriormente, el  vínculo ha consistido en ofrecer servicios de hosting basados en tecnología de VMware soportados por IBM Cloud. Una experiencia útil, pero no suficiente.

El segundo componente es, a mi juicio, potencialmente más interesante, porque aspira a desarrollar soluciones que cubran huecos en la oferta de ambas partes del acuerdo. IBM y Vodafone no tienen prácticamente solapamiento, pero comparten un interés común en explorar las aplicaciones de 5G para el ámbito empresarial. Lo que sugiere que uno (Vodafone) aportará su experiencia en IoT y edge computing, mientras el otro contribuye con sus capacidades de datacenter, análisis de datos e inteligencia artificial. Se puede suponer que también el mayor conocimiento que IBM tiene de los  sectores verticales.

Aunque se pinta como estratégico, el acuerdo tiene un evidente sabor comercial. Según ha informado IBM, empezarán por la captación de un puñado de empresas (early adopter) con las que serán identificados los  posibles servicios. Luego, al desarrollarlos, podría  aparecer el riesgo de “choques culturales”, entre dos organizaciones articuladas. Quizás sea una de las razones por las que el acuerdo se materializará en un joint venture legal y físicamente separado, dirigido paritariamente.

Se plantea así un asunto que puede ser delicado: el acuerdo prevé la transferencia de empleados de Vodafone (oficiosamente, 750) a la nueva empresa conjunta. El anuncio ha coincidido con la salida del director de cloud y automatización del grupo británico, que ha sido inmediatamente fichado por Nokia.

Ante el desfallecimiento de los ingresos por servicios de movilidad, todos los operadores asignan creciente importancia a sus negocios B2B, por lo que la aproximación a las empresas es crucial para ellos. Y para esa aproximación necesitan contar con una propuesta cloud consistente. La experiencia de Vodafone parece indicar que no ha tenido un impacto real en un mercado cuya hegemonía  parece prematuramente adjudicada.

Si bien IBM es un competidor menor en el segmento IaaS, no se conforma. Cloud computing es uno de sus “imperativos estratégicos” y, tras la compra de RedHat, dispondrá de un instrumento para insertarse en la competencia, que se agudiza, en torno al concepto multicloud. Esta es la carta que ha jugado Nick Head, nuevo CEO de Vodafone, tras constatar que ser un competidor aislado deja magros frutos. No descartemos que sirva de lección a otras telecos europeas, pero no es el momento de señalar a nadie.

29 de enero, 2019

Al ver imágenes de Michael Dell en Davos encabezando la oposición a la iniciativa de una congresista estadounidense que propone un impuesto “a los muy ricos”, he recordado el incumplimiento de mi promesa de comentar en este newsletter el retorno a bolsa de Dell Technologies, consumado el pasado 28 de diciembre tras cinco años de ausencia.

En Davos, precisamente, Michael Dell declaraba que “durante el período en que no cotizamos, transformamos profundamente la compañía. Actualmente, el 90% de nuestros ingenieros son especialistas en software. Los ingresos han crecido un 17% en los últimos nueve meses y nuestro negocio de datacenter ha crecido un 22%”.

Para la compañía [estoy harto de leer que fue fundada en el dormitorio de una residencia universitaria] la estrategia ha sido fructífera. El trimestre pasado arrojó un alza del 15% en sus ingresos y se espera que cierre 2019 con un rango de entre 90.500 y 92.000 millones de dólares.

Pero no es esto lo que pretendo comentar. Tras los decepcionantes días de regreso a Wall Street, Dell Technologies resulta ser uno de los muy raros casos en los que la capitalización bursátil de una empresa es inferior a la de las empresas (también cotizadas) que controla. Concretamente, a  45 dólares por acción, su valor en bolsa es de unos 34.000 millones de dólares, en tanto que la combinación de VMware (el 81%) y sus participaciones minoritarias en Pivotal Software y SecureWorks que suman 56.000 millones.

En noviembre, el CEO de VMware, Pat Gelsinger, decía confiar en que el desenlace de la operación pondría de relieve el valor de la empresa que dirige. Así ha sido: la discrepancia de valor entre Dell y VMware obligó en diciembre a Michael Dell a subir su oferta por las  acciones de transición (DVMT), supuestamente alineadas con las de su participada. Desde entonces, la cotización de Dell se ha estancado por debajo del precio de salida, mientras la de VMware ha aumentado un 10% durante este lapso de tiempo.

Los analistas sostienen que a su precio actual la acción de Dell está barata y supongo que tendrán razón. Por ejemplo, Jim Suva, de Citigroup, la califica de “muy atractiva” y augura un gran salto en sus beneficios del segundo semestre de 2019 [durante el primero, prevé, tendrá que enjugar costes derivados de la consolidación].

A lo que quiero llegar es a que Michael Dell y sus socios de SilverLake controlan el 73% del valor de Dell [55% y 18% respectivamente] pero asumen la mayor carga de la deuda comprometida en 2015 para comprar EMC en 67.000 millones de dólares. Quienes han echado cuentas calculan que esta “fusión inversa” (sic) les habría aportado como premio unos 10.000 millones de valor sustraído a los poseedores de acciones DVMT. Es normal que los damnificados se venguen depreciando las acciones de Dell que han recibido a cambio de las DVMT.

La agencia Bloomberg, en su Billionaires Index, atribuye a Michael Dell una fortuna de 27.000 millones de dólares, que ha acumulado partiendo de los 15.000 millones de 2013, año en que inició su maniobra de ingeniería financiera. ¿Puedo concluir que hoy es 12.000 millones más rico que hace cinco años? En ese caso, no me extraña su hostilidad hacia un impuesto que tiene cero posibilidades de ser aprobado.

23 de enero, 2019

Mañana jueves, Intel presentará sus resultados del año fiscal 2018. Según la agencia Bloomberg, aprovecharía la ocasión para anunciar – tal vez unas horas antes – el nombre del sucesor o sucesora de su anterior CEO, Brian Krzanich, forzado a dimitir hace siete meses con un pretexto pueril. No soy quien para especular sobre las supuestas candidaturas que se barajan, pero es un juego entretenido.

Básicamente, el consejo de Intel [en el que, extrañamente sólo hay un experto en semiconductores y es un académico] se enfrenta a un par de dilemas. El primero – promoción interna o fichaje externo – asume como  variante alguien que habiendo sido directivo de la compañía se haya marchado por discrepancias con Krzanich. El segundo dilema – hombre o mujer – se superpone al primero, pero a Intel no se le puede reprochar falta de diversidad: un 28,8% de su plantilla y un 19,4% de sus puestos de dirección están ocupados por mujeres.

La gran pregunta debería ser qué cualidades hay que reunir para dirigir la empresa más prominente de una industria global que factura 400.000 millones de dólares. ¿Alguien capaz de enderezar el rumbo industrial? ¿Alguien con talento y talante para reforzar el prestigio de la marca?

O los dos atributos, si fuera posible. Vaya usted a saber quién habrá presentado ante el consejo el modelo de negocio más convincente. Por cierto, no tengo muy claro cuál es el modelo de negocio actual de Intel, aparte de defender sus murallas.

Para empezar, Bob Swan, CFO y CEO en funciones, no aspira a seguir en el puesto [aunque quizá se dejaría convencer en el extremo caso de bloqueo]. Un candidato ´natural` que se desmarcó sin correr es Pat Gelsinger, cómodo en su condición de CEO de VMware. Veamos cómo gira la rueda de los nombres.

Históricamente, Intel ha preferido la promoción interna, pero Kraznich se ocupó de purgar a cualquiera del que sospechara ambiciones sucesorias. Uno que parecía no tenerlas es ahora el primer candidato (presuntamente): Venkata (Murthy) Renduchintala, procedente de Qualcomm y actualmente chief engineering officer de Intel.  Suena como ganador en las quinielas, pero puede tener un serio competidor en Navin Shenoy, VP y director general del Data Center Group, quien antes dirigió el Client Computing Group, de modo que tiene un conocimiento directo de las dos grandes fuentes de ingresos de la compañía. Además, fue durante tres años jefe de gabinete del antiguo CEO Paul Otellini.

Propensos a especular, algunos medios han lanzado hipótesis de fichajes improbables, como Lisa Su, CEO de AMD, o Cristiano Amon, presidente de Qualcomm, dos grandes rivales de Intel.

De las (supuestas) candidaturas externas, tiene buena pinta la de John Srouji, VP de hardware de Apple – y máximo responsable del diseño de los procesadores de la serie A – quien no carece de antecedentes en Intel, ya que en los 90 trabajó en su centro de I+D de Israel. Estos días se ha hablado de un “tapado”, Jim Anderson – otro ex empleado de Intel – quien actualmente es CEO de Lattice Semiconductor.

Son imaginables las reacciones que provocaría la elección de un CEO de fuera, pero tal vez la solución estaría en lograr el retorno de una de dos damas que serían bien recibidas. Una es Diane Bryant, celebrada durante sus años al frente del Data Center Group y la otra, Renée James, quien dejó un buen recuerdo como número dos inicial de Krzanich. Las dos son, por lo que me consta, excelentes comunicadoras.

El prolífico articulista Rob Enderle ha escrito que, según sus fuentes, “el consejo de Intel estaría dividido entre los partidarios de Murthy y de emular la estrategia de Qualcomm (sic) y quienes se oponen con el argumento de que no ha sido capaz de restaurar el liderazgo industrial perdido”. Pronto lo sabremos, vale, pero por una quería sentir el gustillo de contar algo antes de que ocurra.

17 de enero, 2019

El CES  de este año ha sido tan concurrido como los anteriores: 180.000 personas asistieron a una feria con los rasgos de cambalache que se le suponen. La ratio de supervivencia de las novedades que se exponen sigue bajando: alguien ha calculado que sólo tres de cada diez llegan durante el año al mercado. En esto, el CES 2019 no ha cambiado, pero se comprende que el discurso inaugural de Gary Shapiro, CEO de la CTA, entidad organizadora incluyera esta advertencia: “Los aranceles [contra las importaciones desde China] están haciendo daño a nuestra economía al funcionar como auténticos impuestos a las empresas y los consumidores americanos”.

Así replicaba Shapiro a una reciente fanfarronada de Donald Trump, quien días antes había proclamado: “China nos está pagando una enorme cantidad de dinero en concepto de aranceles”. Shapiro fue más lejos aún, en lo que puede considerarse como la opinión oficial de la industria: reclamó que el gobierno de Estados Unidos adopte una política activa de innovación tecnológica en lugar de proseguir con su actitud restrictiva”.

No puedo menos que relacionar este pronunciamiento con la deserción de expositores chinos, cuyo número ha bajado un 20% con respecto al año pasado: de 1.551 a 1.211. Es sabido que esas empresas acuden al CES en busca de socios, revendedores y distribuidores en el mercado estadounidense, pero las amenazas que pesan sobre el comercio entre los dos países resulta claramente disuasoria.

Como es habitual, la CTA publica cada año un análisis de tendencias del mercado estadounidense. Según su proyección, el sector de la electrónica de consumo [cuyo perímetro es cada vez más difuso] alcanzará en 2019 una facturación de 301.000  millones de dólares al por mayor y de 398.000 millones a nivel minorista. Según Steve Koenig, su responsable de estudios, “el futuro se presenta brillante para muchos de los productos que los consumidores conocen [smartphones, laptops y televisores] gracias a que la industria sigue innovando en ellos”. Además, dijo, “2019 será el año de introducción de los primeros dispositivos 5G y de llegada de la nueva generación de televisores 8K, pero sobre todo se caracterizará por una evolución de los contenidos y la mejora de la experiencia de los consumidores a través de las tres pantallas; esto elevará sustancialmente el gasto en tecnología”.

Por su lado, la consultora GfK siempre aprovecha la ocasión para presentar su exhaustivo análisis del mercado global que define como technical consumer goods (TCG) y que el año pasado excedió por primera vez el billón de euros, con un incremento del 4% sobre 2017. Los principales segmentos crecieron desigualmente: telecomunicaciones (+7%), electrónica y fotografía (+6%), IT y equipos de oficina (+1%), pequeños electrodomésticos (+7%), pero los grandes electrodomésticos flaquearon (1%). A destacar el desglose regional: Asia Pacífico aportó el  42% de las ventas totales, dejando un 25% para Europa y el 20% para América del Norte.

“Como grandes tendencias globales, observamos una mayor demanda de productos premium en prácticamente todos los segmentos del mercado – comenta GfK – y que los consumidores asignan más valor a la conectividad y la conveniencia que al precio”. Basándose en esto, la consultora se aventura a estimar que en 2019 el mercado TCG crecerá un 2%, es decir la mitad que el año pasado.

Es lógico que también la GSMA se interesara en ofrecer su propia perspectiva. Su analista Peter Jarich escribe lo siguiente. “Quien piense en el CES como una mera feria de gadgets, se equivoca groseramente. En esta edición, se ha hablado tanto más de inteligencia artificial y de conectividad – en algunos círculos se habla de ´conectividad inteligente` – en su condición de fundamentos de cómo los consumidores y las empresas van a comportarse en 2019 […] y aunque algunos de sus frutos actuales pueden ser primitivos e incluso risibles, las tendencias que expresan hay que tomarlas muy en serio”.

A continuación, la GSMA comenta esas tendencias, clasificadas en función de los intereses de los operadores que representa:

Teléfonos plegables. “Se ha hablado de ellos durante años, pero se presentarán por primera vez en el mercado este año tratando de encontrar nuevos casos de uso”.

Redes y servicios 5G. “En 2019 veremos su primera introducción comercial. A diferencia de otras tecnologías, tenemos ideas acerca de cómo usarlos, pero nadie conoce la respuesta real de los usuarios”

Vehículos autónomos. “2018 ha sido un año de frustraciones, lo que prueba que se trata de una interesante proposición sin claridad todavía sobre el cuándo y en qué situaciones será realmente viable”.

Wearables. “Los smartwatches y dispositivos afines han alcanzado un punto de madurez, pero los relacionados con la medicina y la robótica necesitan ajustar sus modelos de interacción”.

Realidad Virtual/Aumentada. “Pese al atractivo de sus promesas, el  despegue ha sido demasiado lento; tal vez necesitan otra vuelta de innovación”.

Smart Home. “Está llegando al consumidor para cubrir necesidades de la vida cotidiana, por lo que esperamos un fuerte desarrollo en 2019”

IoT. “Es un término demasiado genérico en el que podría caber casi todo; esta es una de las razones de proliferación de novedades en el CES que se acogen a esta sigla”.

Inteligencia Artificial. “La proliferación de dispositivos que reaccionan a la voz humana será una característico de la oferta de 2019, pero habrá que estar atentos a sus repercusiones sociales, tanto positivas como negativas”.

14 de enero, 2019

Feliz Año Nuevo. O, si se prefiere, Próspero Año Nuevo. Deseos que todos compartimos. Sin embargo – espero que no me tomen por cenizo – abundan los indicios de que 2019 será menos próspero que 2018. En las últimas semanas, los periodistas hemos prestado inusitada atención a la volatilidad bursátil (todos los índices mundiales se han degradado) y al  ominoso preaviso de un pésimo trimestre de Apple. En los próximos días empezará la ronda de resultados de las grandes compañías y sus previsiones, que en el caso de las estadounidenses van a reflejar la desaparición del efecto fiscal de comienzos de 2018.

Me atrevo a decir que estamos ante epifenómenos de tres problemas mayúsculos heredados de un año al otro: 1) la resistencia de “los mercados” a prescindir de la metadona monetaria que les ha permitido dejar atrás los rasgos más notorios de la crisis; 2) el acicate que ha supuesto la reforma tributaria de Donald Trump, claramente favorable a las corporaciones, ha sido despilfarrado en recompensar a sus accionistas en lugar de reducir un endeudamiento que les sale barato y es fácil de refinanciar;  y 3) la así llamada guerra comercial lanzada por Estados Unidos contra China está dejando consecuencias directas y daños colaterales. Con un Calígula sentado en la Casa Blanca, resulta francamente difícil esperar un alivio de estas tres circunstancias.

Empiezo, pues, por Estados Unidos. Un mercado laboral vigoroso, una industria funcionando a plena capacidad y unos tipos de interés bajos, no han impedido que Wall Street viviera su peor diciembre desde 1931.

La OCDE ha dictaminado que “la expansión global ha tocado techo”, lo que implica que el PIB agregado [dicho al pasar: recomiendo El delirio del crecimiento, David Pilling, Ed. Taurus] bajará su crecimiento dos décimas en 2019 y algo más en 2020 “en línea con el potencial subyacente de producción”. Aterrizaje suave que en principio no daría motivos de alarma: según la teoría, allá donde haya exceso de capacidad, esta tiende a corregirse cíclicamente.

Ay, si fuera tan sencillo. Leo que un 82% de los CFO de empresas estadounidenses encuestados por Bloomberg dicen temer que la economía entre en ´modo recesión` (sic) a finales de 2020. O quizás antes, dependiendo de que Donald y Xi pongan remedio al estado de guerra arancelaria. Y siempre y cuando, añaden, la Reserva Federal cumpla su promesa de ser paciente con los tipos de interés.

Así las cosas, el próximo verano Estados Unidos debería completar su expansión económica más dilatada desde la segunda guerra mundial, de manera que, en buena lógica, sería cada día menos probable que se prolongue esta situación. Entre tanto, la desaceleración no permite predecir un final de ciclo dramático sino una serie de sobresaltos. Aun así, son cada vez más los economistas que alertan sobre la ligereza con la que se han desmontado los diques de contención.

A la pregunta de si es inminente otra recesión, Martin Wolf, comentarista del Financial Times, responde de entrada negativamente, pero se cura en salud: ve venir turbulencias repetitivas tanto en los mercados financieros como en la mayoría de las economías nacionales. A los tres problemas que he apuntado al principio, Wolf añade un cuarto: la distorsión provocada por el  encarecimiento de activos. Se refiere, entre otros ejemplos, a los precios siderales que se están pactando en las adquisiciones de empresas tecnológicas y que, en muchos casos, darán lugar a bruscas amortizaciones de su valor en libros. La volatilidad en las bolsas será lo normal en 2019 [ya saben: “en aguas revueltas…”] y esta volatilidad será favorecida, queda dicho, por la valoración exagerada de algunas acciones. Añadiré que la pasión con la que los medios se han entregado a jalear la carrera por el trono del billón de dólares de capitalización bursátil revela hasta qué punto cunde el disparate.

El otro gran polo de la economía mundial, China, ha entrado en barrena tras haber sido durante años el puntal que facilitaba la recuperación de las economías Es un tópico aceptado que la economía china está destinada a superar en tamaño a la de Estados Unidos en la década del 2030, pero la creencia empieza a cuestionarse. En el fondo, la velocidad de crecimiento de China va a depender de su capacidad para alcanzar los niveles de productividad de los países más avanzados; a su vez, de la batalla por el liderazgo en un puñado de tecnologías clave. De esto trata, en realidad, la inquina de Trump hacia Huawei.

Las crónicas informan de que ya se aprecian las consecuencias de la guerra arancelaria con Estados Unidos. Si esta fuera una pelea por puntos, podría decirse que China va perdiendo el primer asalto, pero vienen otros y ambas partes saben lo mucho que pueden perder. Así que, ojalá, la tregua pactada hasta el 30 de marzo deje cierto margen para el optimismo.

El gobierno de Pekín ha puesto en marcha medidas monetarias y fiscales que tienen por objetivo preservar la liquidez del sistema bancario y compensar con proyectos de infraestructura la previsible caída de la exportación. Su problema es cómo seguir estimulando una demanda privada que, al parecer, empieza a flaquear. De momento, su PIB ha crecido el 6,5% el tercer trimestre, un porcentaje envidiable pero que es el más bajo desde principios de siglo. Y probablemente habrá cedido una o dos décimas más en el último cuarto. Aun si – como sostiene Pilling – el PIB es una métrica sesgada en un mundo cada vez más determinado por los intangibles, lo cierto es que la tasa de inversión china (44% del PIB) en 2017 es difícilmente sostenible.

Claro está que los síntomas de desaceleración global se extienden a otros mercados. En Alemania, la exportación está pagando las consecuencias del barullo global, sin contar con el factor añadido de una crisis de liderazgo sin solución a la vista. Otros focos de vulnerabilidad con efectos globales son el Brexit – atención: faltan once semanas para llegar al abismo –  y la deuda soberana de Italia, con riesgo de contaminar a otros países.  2019 se presenta como un año complicado [he elegido un adjetivo suave]. Los responsables de las políticas monetarias fiscales se enfrentan al reto de mantener alta la demanda en medio de circunstancias geopolíticas adversas (proteccionismo, deuda disparada, elecciones europeas en mayo, presiones populistas).

Aunque la crisis que se perfila no fuera tan dramática como la de 2008 (o eso parece)  la gran incógnita está en la capacidad de los gobiernos, y de las fuerzas políticas en las que se apoyan, para gestionarla.  A los ciudadanos europeos les cuesta asimilar que si hemos salido del anterior ciclo, lo debemos en buena medida a una economía deflacionada por el abaratamiento de los productos fabricados en Asia. Y esto, me temo, se pondrá de manifiesto con crudeza en los próximos meses.

17 de octubre, 2018

Fujitsu ha decidido abandonar la comercialización de su nube K5 en todo el mundo excepto en Japón. La estrategia no ha dado los resultados esperados y la compañía opta por cambiar de rumbo hacia un modelo multicloud: en lo inmediato, se inclina por privilegiar Azure como nube preferente.

Una originalidad del planteamiento de Fujitsu ha consistido en proponer su propia nube en varios ´sabores`: pública o  privada, alojada en su propia infraestructura o en el datacenter del cliente. El pegamento que unía estas variantes era OpenStack [lo que hasta ahora excluía Azure Stack, pero ya se andará]. Es pronto para saber cómo pretende articular la oferta futura después de haber destacado en su marketing la “capacidad de prestación de servicios cloud de extremo a extremo basados en nuestra experiencia y conocimientos”.

Las cuentas mandan. Se ha impuesto una realidad: en el mercado cloud – entendido en su acepción IaaS – parece que sólo hay sitio para tres gigantes (AWS, Azure y Google) a los que quizá podría acompañar Alibaba si consigue salir de su fortaleza doméstica. Apenas queda espacio para acomodar competidores de nicho – o de alcance puramente local – alternativas que no satisfacen las ambiciones de Fujitsu.

Que yo sepa, sólo la filial británica ha dicho algo al respecto. Ha descrito la renuncia como “rediseño”  de los servicios y productos que la compañía agrupa bajo la marca comercial MetaArc. Eufemismo que no impide ver que de ahora en adelante los esfuerzos de Fujitsu van a centrarse en la integración de servicios multicloud mediante recursos propios y la colaboración con otros proveedores.

Algo así estaba implícito en la entrevista a Máximo Petitto que este blog publicó antes del verano: “El mundo cloud cambia continuamente y en algún momento se consolidará, pero en esta fase tenemos que estar abiertos a lo que cliente quiera explorar. El discurso de Fujitsu es: tenemos nuestra nube y nuestro stack, pero busquemos juntos la mejor solución, que no tiene por qué ser 100% nuestra”.

Multicloud, sí. Pero en la práctica, Fujitsu se decanta por un socio prioritario, Microsoft, por entender que Azure es la preferencia de sus clientes, sin descartar otras opciones.

Estrictamente, no es una sorpresa. Un informe de Gartner en mayo,  sostenía: “los clientes ponen expectativas demasiado altas en sus proveedores de IaaS. Piden capacidades técnicas, abundancia y profundidad de prestaciones, alta disponibilidad, rendimiento y seguridad. No sólo esperan que el proveedor tenga el mejor hardware sino también un potente software de gestión, servicios de desarrollo e integración con otras plataformas”. Bastaría este desideratum para explicar por qué el consabido cuadrante que acompaña el comentario no incluye visionarios ni challengers, sólo tres líderes y tres actores de nicho.

La lista de bajas en este mercado es larga. Otros proveedores de no menor peso que Fujitsu han capitulado ante la formidable potencia de Amazon y Microsoft. Nada menos que Google no ha conseguido ponerse a la altura de aquellos. Por cierto, IBM, que apuntaba maneras gracias al legado de su negocio de outsourcing, se ha resignado a un papel marginal.

El antecedente más parecido al de Fujitsu es el intento que hizo en 2014 HP [hoy HPE] con su oferta Helion y que se ha replanteado con un planteamiento de cloud híbrida.

Otro competidor que tuvo que renunciar a tener una infraestructura cloud propia ha sido VMware: tras un laborioso reclutamiento de partners en todo el mundo, acabó desprendiéndose de ese negocio para sustituirlo por una alianza, parece que exitosa, con AWS.

Me queda por añadir que, días antes de conocerse el sacrificio de K5, había trascendido que Fujitsu iniciaba una reorganización que implicaría disolver sus estructuras basadas en líneas de negocio para volver a la tradicional por países. Hasta mañana,

Norberto

16 de octubre, 2018

Hoy toca lo que más me gusta, escribir sobre economía. Ya saben que personalmente, la bolsa me importa una higa, pero he tenido que preguntarme por las posibilidades racionales de otra sacudida bursátil que se produzca en cualquier momento como  réplica del hundimiento de la semana pasada. La jornada del miércoles 10 fue la peor que se recuerde desde 2011. No ha sido un accidente ni un golpe especulativo. Los  inversores empiezan a reconocer la existencia de tres realidades: 1) las acciones no van a seguir subiendo como lo han hecho hasta ahora, 2) el dinero dejará – gradualmente – de ser casi gratis para quien merezca crédito y 3) la guerra comercial entre Estados Unidos y China ya afecta la cadena de suministros que articula la actividad productiva de las empresas.

Ahora bien, sería estúpidamente prematuro avalar a quienes ya están hablando de una inminente segunda recesión. Lo que tenemos es la primera señal de una corrección bursátil duradera. Las acciones volverán a caer pero no se ven los motivos para que vuelvan a subir pronto. Venimos de un largo período en el que la generosa inyección de liquidez apuntalaba el precio de los activos financieros y lo que se abre ahora es una fase en la que los analistas recomiendan prestar suma atención a los parámetros fundamentales de las empresas: jugar con la tradicional alternativa de acciones versus bonos – nos dicen – no vale como estrategia.

Quede claro que no se trata de fenómenos exclusivos del sector tecnológico, pero es innegable que a favor de la corriente ciertas empresas se han sobrevalorado por encima de sus resultados y han arrastrado a otras que lo merecían aún menos. El grupo de élite, cuatro compañías cuyo valor individual en bolsa excede el medio billón de dólares – Apple, Amazon, Microsoft y Alphabet – han bajado de golpe 200.000 millones.  La que fuera primera en cruzar el listón del billón, ha logrado por los pelos mantenerse en ese filo, mientras que Amazon tendría que trepar otra vez un 16% para recuperar ese umbral. Facebook se ha pegado un tiro en el pie, Netflix es muy dependiente de capitales externos. Dejemos de hablar de FAANG.

El shock  del miércoles 10 ha sido el peor desde que Donald Trump ocupa la Casa Blanca, y coincidente con el inicio de la campaña por las elecciones de mitad de mandato. Como es un bucanero inmobiliario ególatra, se ha convencido de que la larga escalada de Wall Street es mérito suyo y cualquier contratiempo se debe a los errores ajenos.

Sólo esto puede explicar el exabrupto de calificar como “locura” la decisión de la Reserva Federal de ir retirando  poco a poco las muletas monetarias en las que se ha apoyado la recuperación de la economía estadounidense desde 2009.  Jerome Powell, el presidente de la Fed ha subido una pizca los tipos el 26 de septiembre; en sus discursos ha dicho que pretende seguir subiéndolos hasta colocarlos ligeramente por encima del nivel que se considera neutral, de manera que no estimulen ni restrinjan per se el crecimiento.

Ahora se ve con más claridad que la política fiscal de Trump – un placebo para algunas empresas y para otras una oportunidad de sedar a sus accionistas – era un instrumento innecesario en un país con un déficit gigantesco y con prácticamente pleno empleo. A corto plazo, el estímulo generado por la reducción de impuestos ha creado demanda añadida que la Fed trata de atemperar normalizando la política monetaria.

Si a lo anterior agregamos el brutal experimento de confrontación con China – primer proveedor de Estados Unidos y a la vez su mayor acreedor – está más que justificada la ansiedad de los inversores y la volatilidad que esta genera. Una guerra comercial pone luces largas, pero los mercados quieren visibilidad a corto. Y la tensión en el frente comercial no hace más que aumentar las incertidumbres que rodean la transición de la economía estadounidense y mundial.

La mayor incertidumbre concierne a China, perdedora en las escaramuzas iniciales. Los datos disponibles indican una desaceleración de su crecimiento y, como consecuencia, su gobierno está dejando que el yuan se mueva desde una paridad con el dólar de 6,24 en marzo a 6,92 la semana pasada; Xia Le, analista en Hong Kong del BBVA, califica el movimiento como “gestión de expectativas para cruzar la barrera de 7:1 por primera vez en una década sin provocar el pánico”.

Hay aspectos que no están claros: 1) la paridad del yuan no bastaría para contrarrestar los aranceles estadounidenses y 2) podría, en cambio, desatar la huída de capitales que, a su vez, pondrían el sistema financiero global en una situación inédita. A priori no es razonable esperar que China siga el camino de otros países (Corea, México y Canadá) que han hecho concesiones para satisfacer a Donald Trump; ni se adivina qué concesiones podrían satisfacerlo.

No me tomen por agorero, pero será mejor recapitular las nubes que nos cubren en este momento: la economía china pierde gas y la europea (empezando esta vez por Alemania) desacelera, se vaticina un descenso de los beneficios de las empresas, el petróleo sube de precio, el déficit fiscal de Estados Unidos está al borde del billón de dólares y los mercados emergentes vuelven a sus dolores del pasado. ¿Alguien cree seriamente que podemos seguir hablando todo el día y cada día de ´transformación digital` como si tal cosa? Hasta mañana,

Norberto

25 de septiembre, 2018

El disgusto con Donald Trump entre las empresas del Silicon Valley es manifiesta y ciertamente va a más. Bueno, puede que a los jefazos les gustara el plan fiscal, pero eso es cosa hecha. En cuanto se enuncia la palabra ´valores`, la distancia con el impredecible hombre naranja es ostensible. Que Trump tuitee profusamente no le impide acusar a esta plataforma de ejercer la censura; que Facebook fuera un instrumento indirecto de su triunfo electoral no atenúa su desprecio por Mark Zuckerberg, por haber rehuido una invitación a la Casa Blanca; peor le ha ido a Google porque, según conspicuos republicanos, relega deliberadamente las noticias de medios conservadores en los resultados de búsquedas.

El viernes 21, un despacho de Bloomberg revelaba que funcionarios de la Casa Blanca tienen listo un borrador de orden ejecutiva presidencial que instaría a las agencias federales a abrir investigaciones contra las tres compañías, en busca de violaciones de la ley. Lo ha confirmado el Washington Post, que dice haber obtenido copia del documento. Parece que formalmente el procedimiento no ha sido aprobado por el jefe de gabinete y en consecuencia la orden no ha llegado a la firma de Trump.

No son sospechas infundadas. A principios de mes, el departamento de Justicia convocó a los procuradores de cada estado a una reunión en la que se analizaron las prácticas de Facebook, Google y Twitter y la posible aplicación de la legislación antitrust.

A poco de asumir Trump la presidencia, cuando este ordenó bloquear la entrada en Estados Unidos de ciudadanos de siete países de población mayoritariamente musulmana, algunos empleados de Google sugirieron que el buscador privilegiara los enlaces a organizaciones de defensa de los inmigrantes, cuando el usuario buscara las palabras ´Islam` o ´musulmán`. La dirección de la empresa se negó a manipular los resultados, pero algunos de los correos intercambiados han llegado a manos de Fox News, junto con un vídeo en el que Sergey Brin – cofundador de Google – afirmaba que la medida entraba “en conflicto con nuestros valores, y esto deberíamos reflejarlo de alguna manera”. Ahí están las raíces de la inquina de Trump.

No sólo Trump y los republicanos tienen a Google entre ceja y ceja. Uno de los pocos puntos de consenso bipartidario es la necesidad de limitar el poder de las grandes plataformas online. Varios senadores demócratas se han ofendido por la ausencia de sus altos directivos en la comparecencia a la que sí acudieron puntualmente Facebook y Twitter. Sundar Pichai,  CEO de Google, no acudió a conciencia de que iban a cuestionar su presunta intención de reabrir el mercado chino allanándose a la censura exigida por el gobierno de Pekín. Un tabú para la actual administración y para muchos empleados de la compañía.

El influyente senador demócrata Chuck Schumer (NY) ha dicho en una entrevista que el monopolio de Google la hace vulnerable a la regulación gubernamental, por lo que “el único antídoto” de que dispone es aplicar su tecnología al estricto cumplimiento de la ley. Refugiarse en la primera enmienda constitucional es una posibilidad para los medios online pero – sugirió Schumer – pudiera ser contraproducente: en lugar de la coerción, estarían expuestas a ser tratadas como monopolistas.

En respuesta a sus críticos de ambos bandos, Google sostiene que la ideología no influye en absoluto en los resultados que arroja su algoritmo de búsqueda, porque las páginas web no se indexan según inclinaciones políticas. Sin embargo, lo ocurrido con las elecciones presidenciales de 2016 la han llevado a introducir cambios en el algoritmo. En su momento, halló que sólo el 0,25% del tráfico de su buscador enlazaba con información manipulada y consideró si la solución estaba en cambiar el algoritmo para llevar a primer plano los contenidos revestidos de autoridad. No se sabe si lo hizo o no, pero contrató a miles de evaluadores que analizan si las páginas que el buscador escoge automáticamente son de fiar o merecen una bandera roja.

Por su lado, Facebook está purgando la pena de su complicidad con la empresa Cambridge Analytics. La compañía ha respondido a las presiones alterando su propósito original de ser “una plataforma abierta a personas de distintas perspectivas a través del espectro político” a ser, de hecho, un  medio de comunicación que supervisa los contenidos que publica. Para ello, usa una combinación de algoritmos y equipos humanos. En el primer trimestre de este año, desabilitó nada menos que 583 millones de cuentas falsas, removió 21 millones de piezas de contenido sexual y borró otros 2,5 millones de ´mensajes de odio`.

La discusión ha destapada cuestiones que hasta ahora no eran materia de conversación en el Silicon Valley. Jack Dorsey, cofundador y CEO de Twitter, ha admitido en una entrevista que la mayoría de sus empleados tienden a ser de izquierdas, pero añadió – una de cal y otra de arena – que los de ideología conservadora últimamente no se sienten cómodos trabajando en un ambiente crispado. Moraleja: Silicon Valley ha dejado de ser un mundo aparte. Saludos,

Norberto

24 de septiembre, 2018

En circunstancias normales, los resultados trimestrales que Oracle publicó la semana pasada no deberían merecer demasiada atención. Iniciar el año fiscal 2019 a mitad del año natural 2018 no es en sí mismo cíclico ni anticíclico; que la cifra se desvíe 50 millones de la esperada en Wall Street, puede ser interesante para frikis de la bolsa, pero nada más grave. No obstante, las circunstancias no son normales: en junio, la compañía anunció un cambio en la estructura con la que presenta sus resultados,  despertando sospechas que tres meses después se confirman.

Los 9.190 millones de dólares de ingresos en el trimestre que va de junio a agosto representan un crecimiento casi plano del 1%, decepcionante en la medida que es inferior a la media del 6% de 2018 y al 3% del periodo precedente. Es inferior a las ratios actuales en la industria del software, a la que Oracle pertenece por derecho propio, y muy inferior a las de aquellos proveedores de cloud con los que gusta compararse.

Ahí está el problema. En el flojo crecimiento de los ingresos generados por la actividad cloud, primer elemento de juicio para verificar si la transición de Oracle de un modelo de negocio a otro está funcionando o no. El año pasado pareció que funcionaba, a condición de disimular que unos 1.000 millones de dólares de facturación eran la contribución de NetSuite, adquirida en 2016. Normalizado este factor, la comparación se torna embarazosa. Este año no habrá ninguna gran compra que cumpla el mismo papel.

Hasta el año pasado, Oracle desglosaba sus ingresos cloud en dos segmentos – software como servicio (SaaS) por un lado y por otro un agregado de infraestructura como servicio (IaaS) y plataforma como servicio (PaaS). No se ha dado explicación convincente cuando Oracle informó de que renuncia a ese desglose. Ya no hay, por tanto, manera de distinguir cuánto ingresa por cada uno de esos segmentos. En la nueva  nomenclatura, el 72% de los ingresos totales queda dentro de un cajón de sastre bautizado cloud services and license support (6.609 millones, 3% de crecimiento), dejando en segundo plano otro más confuso: cloud license and on-premise license (867 millones, 1% negativo).

El truco era demasiado fácil de identificar. Tras varios años mostrando cifras inteligibles, cambiarlas por un esquema opaco sólo puede esconder el hecho – pero contrario al discurso triunfalista de la casa – de que los ingresos que el mercado considera genuinamente como cloud se estancan mientras la contribución de su legado on-premise desciende irremisiblemente.

Aunque las cifras no lo justificaban, Larry Ellison ha vuelto a atacar acerbamente a Amazon Web Services. El pretexto era volver a subrayar el lanzamiento de Oracle Autonomous Database, arma con la que busca proteger su base instalada evitando que AWS se cuele en ella. “Las bases de datos son el núcleo histórico de nuestra compañía – dijo Ellison a los analistas – y espero que la nueva oferta de base de datos autónoma sirva para revigorizar nuestro negocio PaaS e IaaS. Es cierto que tenemos menos cuota de mercado que Amazon en infraestructura, pero estamos muy por delante en tecnología, por lo que vamos a arrebatarle cuota de mercado muy pronto”.

Hasta aquí, el comentario podía limitarse a los resultados trimestrales. Pero, sorpresivamente, el vicepresidente de Oracle a cargo de desarrollo de productos, Thomas Kurian, con 35.000 empleados bajo su supervisión, ha comunicado que extenderá indefinidamente su baja laboral, sin dar ningún motivo. A los pocos días, trascendía que Kurian – veterano de 22 años en la empresa – ha mantenido últimamente una discrepancia esencial con Ellison acerca de la estrategia cloud que está entre sus competencias.

Según esa versión, tímidamente desmentida por Oracle, Kurian habría propuesto un cambio de estrategia. hacer lo necesario para que el software de Oracle pueda integrarse en las nubes rivales de AWS y Microsoft, medida que Kurian ve como la forma más al alcance de acelerar las ventas, en lugar de persistir en batallas que no puede ganar. La idea habría tropezado con la radical oposición de Ellison, lo que explicaría la actitud de este. Si la historia es correcta, será difícil que vuelva a su puesto: nadie echa pulsos al fundador. Hasta mañana,

Norberto

17 de septiembre, 2018

Dos empresas emparentadas por su enorme éxito, Google y Facebook, atraviesan las mismas turbulencias políticas. Les acompaña Twitter, que comparte con ellas una exposición mediática proporcional a su influencia en la creación de opinión. Son distintas, pero tienen en común el haber sido instrumentos de una gigantesca manipulación que quizá podría repetirse en las elecciones de noviembre. Con un rasgo añadido: estas tres empresas que decían cambiar el mundo tropiezan con la rebelión de una parte de sus empleados porque su estrategia contradice los valores que postulan.

Este sería sólo el marco de mi comentario. A simple vista, otro actor  involucrado es Rusia, presunta comanditaria de las interferencias que han desestabilizado el sistema político estadounidense. Pero lo que en estos días se dirime no es tanto lo que hicieron o toleraron Facebook, Google (propietaria de YouTube) y Twitter, sino el blindaje de que han gozado en lo que respecta a la responsabilidad legal sobre los contenidos que circulan por sus redes.

La actitud hacia estas empresas ha cambiado radicalmente en Washington. Como quinto protagonista, un tal Donald Trump, les atiza – a través de Twitter, paradójicamente – sin pruebas de estar a su vez manipulando los algoritmos para privilegiar los contenidos contrarios a los conservadores. El siguiente paso ha sido la amenaza de promover su regulación.

En rigor, la legislación vigente que eventualmente se podría esgrimir para sancionarlas seria la Communications Decency Act de 1996, pero sólo si se demostrara que esas empresas actúan como medios de comunicación y no, como ellas mismas sostienen, en condición de intermediarios de una ´comunidad de usuarios`. Esta distinción es su escudo protector.

A preservar esa impunidad han dedicado mucho dinero en abogados y lobistas. La situación resultaba plausible mientras eran compañías jóvenes, antes de convertirse en tres colosos de influencia inaudita. Se calcula que representan un caudal de al menos 3.200 millones de usuarios. Pues bien, hace menos de una década, Facebook contaba con un 100 millones de usuarios – básicamente en Estados Unidos – cifra que desde entonces ha multiplicado y globalizado hasta alcanzar los 2.100 millones globales. Un elemento político clave es la constatación de que siete de cada diez estadounidenses reconocen que Facebook es su primera y casi siempre única fuente de información.

En este punto estaba el lio cuando saltó el nombre de otro villano, China. Que Google no enviara a su CEO, Sundar Pichai, a responder preguntas de un comité del Senado, mientras sí acudieran Sheryl Sandberg, número dos de Facebook, y Jack Dorsey, fundador y CEO de Twitter, ha centrado la crítica en aquela. Para subrayarlo, se colocó una silla vacía.

Con el trasfondo de una animadversión creciente contra China en Estados Unidos – azuzada, pero no creada, por Trump – la espantada de Pichai fue entendida como motivada por el deseo de quedar bien con Pekín para no frustrar su pretendido retorno al mercado chino.

Como base de esta suspicacia se ha revelado un proyecto de Google para relanzar en China su buscador en una versión ad hoc, que no indexaría determinados contenidos que las autoridades proscriben. Desde dentro, muchos empleados de la compañía clamaron contra ese favor al régimen chino, igual que contra un proyecto conjunto con el Pentágono para usar y perfeccionar la inteligencia artificial de Google. Visto lo visto, Pichai arrió velas: renunció a este segundo proyecto y aclaró que el primero es sólo una hipótesis de trabajo que, en todo caso, no se concretaría próximamente.

Facebook, que durante meses pudo sentirse abandonada por su pares ha mostrado otra actitud. En abril, cuando Mark Zuckerberg fue convocado al Senado, llamó la atención que, ante una sugerencia marginal de escisión de la compañía – fórmula que no funciona cuando es fruto de una imposición política – replicó que en tal caso se reforzaría el avance de las empresas chinas hacia los mercados occidentales.

En esto siempre ha habido diferencias entre Facebook y Google. Tengo buena memoria: en 2010, mientras Google presumía de retirarse de China como adalid de la libertad de expresión, Facebook trataba de seducir a las autoridades: durante un tiempo estudió mandarín, visitó Pekín con frecuencia [a Zuck todavía le afean una célebre foto paseando por Tiananmen] lo que hiciera para merecer la autorización de operar en China. No ha alcanzado ese objetivo, pero no renuncia a ello.

25 de julio, 2018

Hay que celebrar que los analistas del mercado coincidan en el diagnóstico: el volumen de PC despachados en el segundo trimestre ha crecido por primera vez desde el primer trimestre de 2012. Para IDC, el aumento ha sido del 2,7%, desdiciéndose del pronóstico previo del 0,3%. Algo más prudente es Gartner (1,4%). Pero lo relevante es que el cálculo de ambas consultoras rebasa los 62 millones de unidades despachadas. Al mismo tiempo, aunque esto no lo cuantifican, señalan un incremento del valor del mercado gracias a dos factores: el encarecimiento de ciertos componentes y la demanda de que gozan los modelos de precio y prestaciones superiores. Asimismo, vaticinan un buen segundo semestre.

En parte, el crecimiento se puede explicar porque el segundo trimestre de 2017, base de comparación, fue particularmente débil debido a la escasez de componentes clave. No es la primera vez que se expresan expectativas de alza, pero a la vista de los trimestres recientes nadie duda de haber entrado en un nuevo ciclo. Por una vez, y ojalá sirva de precedente, sólo hay una diferencia entre IDC y Gartner; aunque pequeña, merece citarse: Gartner calcula un empate técnico entre Lenovo y HP mientras IDC mantiene en casi dos puntos porcentuales la ventaja de HP.

Las cinco marcas principales han cerrado el trimestre con crecimiento colectivo – Apple, por los pelos – del 7%, acumulando el 78% del mercado mundial. Esta situación debería acentuarse – sugiere Jay Chou, analista de IDC – gracias a que tienen la ventaja de una mayor capacidad de negociar suministros prioritarios, que les permite controlar mejor sus costes y reforzar sus vínculos con el canal.

Desde un punto de vista geográfico, todas las regiones – “tanto los mercados maduros como los emergentes” muestras signos de buena salud. Principalmente el de Estados Unidos, que representa un 21% del total y vive una coyuntura ascendente tras cerrar un 2017 plano.

Europa ha experimentado un crecimiento sólo discreto, pero los informes destacan que, a despecho de la tendencia a la movilidad, los ordenadores de sobremesa han jugado un papel importante. La región Asia-Pacífico ha tenido un buen trimestre en todos los mercados nacionales. Por tanto, la demanda china e india han sido expansivas.

El desglose por marcas muestra nuevamente el liderazgo de HP, con una cuota del 23,9% (14,8 millones de unidades) que extiende la seguidilla de trimestres con saldo positivo; en el que acaba de cerrar, la ratio ha sido del 7,6%. Lenovo – ateniéndome a las cifras de IDC – merece mención aparte. Primero por su recuperación en todas las regiones y segundo porque, tras cerrar la adquisición a Fujitsu del control sobre su división de PC, consolida los despachos que siguen haciéndose bajo la enseña nipona. En el cómputo oficial, los 13,7 millones de unidades despachadas le adjudican un crecimiento del 11,3% pero IDC publica una addenda según la cual sin la contribución de Fujitsu habría crecido un 5.4%.

Dell continúa su remontada. Está tercera, a cuatro puntos porcentuales de Lenovo, pero su cuota tiene el valor cualitativo de estar centrada en el mercado empresarial. Su crecimiento en el trimestre ha sido del 9%. Como se aprecia en el gráfico, Apple se aferra a la cuarta posición, apenas por delante de Acer, que basa su estrategia en sus modelos Chromebook y en máquinas para juego. Que casi ocho de cada diez PC vendidos lleven una de estas cinco marcas, significa que el peso de las demás marcas sigue declinando: a tal punto que su cuota de mercado es inferior a la del líder.

Quien busque una explicación de estas tendencias la tiene a la vista. Se llama Windows 10. Según Mikako Kitagawa, analista de Gartner, “el motor de la demanda de PC son las empresas y su movimiento de renovación del parque, colateral al cambio de sistema operativo”. Esta podría ser, dicho sea de paso, una razón por la que Apple no participa del movimiento.

Por supuesto, el mercado está muy lejos de las alturas de 2011, el mejor – y probablemente insuperable – año de este siglo para la venta de PC. Si los analistas no se equivocan, el crecimiento actual se mantendrá, pero sin euforia, mientras dure la implantación masiva de Windows 2010. Estados Unidos empezó la migración en 2015 y se estima haberla completado el año próximo, mientras que Europa Occidental lleva un relativo retraso. El ciclo estaría asegurado hasta 2020, cuando Microsoft retirará el soporte a Windows 7. Más allá, la incógnita es el comportamiento de la demanda ante la conversión de Windows al modelo de suscripción as-a-service.

17 de julio, 2018

Todo el mundo, empezando por las partes contratantes, daba por consumada la compra de TimeWarner por el gigante AT&T, gracias a una sentencia judicial que desbarataba las objeciones del departamento de Justicia (DOJ) de Estados Unidos. Al filo del plazo legal, el director de la oficina antitrust del DOJ, Makan Delrahim, ha decidido recurrirla. Vuelve así la incertidumbre a ensombrecer esta transacción y a afectar otros movimientos que se habían acelerado a rebufo aquélla.

Randall Stephenson, CEO de AT&T, declaraba ayer mismo que el recurso no detendrá la fusión. Aunque, a decir verdad, en previsión de que algún tropiezo podría tener una operación de 85.000 millones de dólares, ha creado una estructura separada para gestionar los activos de Warner Media, nuevo nombre de Time Warner.

Este movimiento me lleva a postergar el análisis prometido en un primer comentario; en su lugar me centraré hoy en un aspecto regulatorio que puede tener mucho alcance. No tanto, quizá, como la desmembración en 1982 de la antigua AT&T, pero que realimenta un debate sobre los principios teóricos de la normativa en materia de competencia.

La originalidad de este caso es que se trata de una fusión vertical, no horizontal. Se entiende que una adquisición es vertical cuando una empresa compra otra de su mismo sector (o de uno aledaño) que no produce bienes o servicios que compiten con los suyos. En contraste, sería horizontal si su efecto fuera unir dos empresas competidoras que venden productos similares en un mismo mercado. La diferencia de trato radica en que se supone que las fusiones verticales no incrementan el grado de concentración del mercado de que se trate, por lo que las autoridades no suelen objetarlas. A diferencia del severo escrutinio que suele aplicarse a las ofertas de compra de carácter horizontal, raramente aprobadas sin exigir alguna contrapartida.

Esto excede el campo de las teorías sobre políticas de competencia. Algún discípulo de Clayton Christensen – hipervalorado autor de The Innovator´s Dilemma – diría que las fusiones verticales son un resabio del pasado, que construyen silos en una era dominada por las plataformas. O que son el intento vano de los ´incumbentes` por escapar a la amenaza de los ´disruptores`. Vale, vale, ¿qué debería hacer entonces el CEO de uno de esos ´incumbentes`?

Por primera vez en cuatro décadas, el DOJ ha llevado ante los tribunales una fusión vertical, esta vez usando una argumentación que enhebra efectos más propios de una horizontal. Afirma Delrahim que la fusión pactada reduciría la competencia en el mercado de programación y distribución de contenido audiovisual. Su tesis principal sostiene que AT&T estaría en condiciones de valerse de su control sobre los contenidos producidos por Time Warner para subir los precios a otros actores del mercado televisivo para favorecer a su propia plataforma, DirectTV, perjudicando en última instancia a los consumidores. La sentencia del juez Richard Leon rechazó el razonamiento por especulativo y carente de evidencias. En el caso de HBO, uno de los principales activos en juego, su valor está directamente vinculado a la pluralidad de la distribución, explica el juez.

Leon da la razón a AT&T en cuanto a que en este mercado existe una  dinámica competitiva, cuyo mejor ejemplo es Netflix, a la que define como compañía integrada verticalmente. Por tanto, la compra de Time Warner generaría eficiencias que es lógico esperar se trasladen al consumidor. En su defensa, AT&T declara que es su intención “transformar la manera en que el vídeo es distribuído, pagado, consumido y creado”. Tras esta frase anodina se transparenta un objetivo: frenar el ascenso de Netflix antes de que se haga demasiado fuerte.

Otro argumento gubermental [no olvidar que Donald Trump prometió en campaña frenar el plan de AT&T] también rechazado por inconsistente, aludía al perjuicio que potencialmente causaría a los MVPD (Multichannel Video Programming Distributors) que ofrecen programas de televisión por Internet a cambio del pago de suscripción. Hablando en plata: YouTube TV. Lo curioso es que a Delrahim – quien fue lobista antes de entrar al equipo de Trump – para aclarar que no está en contra de las fusiones verticales, no se le ha ocurrido nada menos que recordar que la compra de YouTube por Google (2006) ha sido beneficiosa para los consumidores.

En realidad, la ventaja que podría capitalizar AT&T – y que Time Warner no ha tenido nunca, pese a su desastrosa fusión con AOL – será  su red 5G y su infraestructura de fibra. Ahora que la administración republicana ha derogado la ´neutralidad de las redes`, el operador estaría legalmente en condiciones de imponer a Netflix y otros streamers condiciones para hacer uso de sus redes. Sobre esto no se ha pronunciado el DOJ.

Lo que AT&T pretende hacer cuando se despeje la nueva amenaza sobre la compra de Time Warner no es distinto a otras iniciativas de bundling en el mercado audiovisual. Sin ir más lejos, la estructura de poder que está montando Amazon con su servicio Prime. El gigante de las telecomunicaciones parece tener un gran designio: construir un hub como primer paso para replicar a las plataformas nacidas del vientre de Internet, conocidas como over-the-top.

John Stankey, designado para dirigir la nueva Warner Media, ha deslizado un detalle significativo de la visión de AT&T. No es sólo una estrategia contra Netflix: “el número de horas que, en promedio, un consumidor individual dedica a consumir contenidos en red crecerá entre una hora y una hora y media por día”. Se trataría, pues, de evitar que ese caudal de consumo vaya a parar a la órbita de Google o Facebook.

Habida cuenta de los componentes políticos de la cuestión, no está nada claro el desenlace de esta disputa. La incertidumbre se extiende a otra batalla pendiente: es posible presumir que el DOJ emplearía parecidos argumentos para oponerse a la compra de 21st.Century Fox por Comcast, una sospecha que de momento fortalece la oferta presentada por Disney.

Comcast, como AT&T, opera una red propia con la ambición de ser actor principal en el mercado de los contenidos. No se puede decir lo mismo de Disney. La paradoja aquí reside en que la absorción de Fox por Comcast sería una integración vertical de negocios distintos pero complementarios, mientras que la oferta de Disney – fusión horizontal – tiene el propósito inequívoco de engordar su cuota del mercado de cine y televisión.

Un colega al que consulto en estos casos me apunta que el semanario Politico da gran importancia al hecho de que el recurso del DOJ contra la sentencia en primera instancia será juzgado por el tribunal de apelaciones del cuarto circuito de Washington DC. Tiene de particular que uno de sus integrantes, el juez Brett Kavanaugh, ha sido nominado por Donald Trump para ocupar el sillón vacante del Supremo. Por mi parte, me queda claro que tendré que volver a escribir sobre este asunto.

10 de julio, 2018

A quien piense que la ingeniería financiera es digna de admiración, la última maniobra de Michael Dell puede que le produzca envidia. No es mi caso, pero reconozco que el asunto merece un análisis y para eso existe este blog. Cinco años después de retirar de bolsa la empresa que lleva su apellido, el multimillonario tejano ha considerado oportuno que vuelva a cotizar. No consta que haya cambiado de idea acerca de los analistas e inversores que cada trimestre ponían una u otra objeción a sus resultados. Volverá, pues, a Wall Street por una puerta trasera. Y la motivación que anima a Dell es tanto o más compleja que el artefacto que ha diseñado para ello.

Intentaré describirlo: Dell Technologies – cuya propiedad comparten Michael Dell y el fondo Silver Lake –  absorberá las acciones conocidas como Clase V (también llamadas DVMT, sigla de Dell VMware Tracking)) cuyo valor – 17.000 millones de dólares el último día de junio – se supone refleja el rendimiento bursátil de VMware pero sin que sus titulares posean acciones de esta. Los propietarios de esta participación indirecta recibirán en pago 21.700 millones de dólares, una prima del 29%, pudiendo optar entre 1) canjearlas por acciones de Dell – ordinarias, pero de la nueva Clase C, que cotizarán en el New York Stock Exchange – emitidas a tal efecto, o 2) ingresar 109 dólares en efectivo por cada una. La llave de este mecanismo no está en el intercambio de papeles sino en que dinero procederá de un dividendo especial de 11.000 millones de dólares aprobado por VMware en favor de sus accionistas, es decir Michael Dell y Silver Lake al alimón.

Conviene saber que los títulos de la clase C se atendrán al principio de ´una acción, un voto` mientras que las de Clase A – cuya mayoría está en manos del fundador – implican diez votos cada una, igual que las de Clase B que posee Silver Lake como resultado de su respaldo a Michael Dell en las audaces operaciones de los últimos años. No parece que las de Clase A y B vayan a cotizar, pero esta discutible estructura dual se aplica en las empresas del sector [Alphabet/Google y Facebook, sin ir más lejos] para preservar el control de los fundadores en caso de conflicto con accionistas contestatarios. Hay una cuarta clase, D, de acciones en reserva para ser usadas como pago por adquisiciones sin diluir esa circunstancia.

Las acciones DVMT fueron un ingenioso procedimiento que permitió a Dell y sus socios financiar en 2016 la adquisición de EMC al precio de 67.000 millones de dólares, el más alto jamás pagado por una empresa tecnológica. La posesión más valiosa de EMC – y declarado objeto de deseo para Michael Dell – era el 82% del capital de VMware, de manera que el invento no tenía más finalidad que evitarse el desembolso de una parte del precio pactado, tentando a los accionistas de EMC con la perspectiva de que la filial se valorizaría más que la compradora. De hecho, el valor de las DVMT se ha mantenido desde entonces un 40% por debajo de la cotización de VMware en bolsa.

Una justificación que se ha mencionado estos días es la conveniencia de simplificar la estructura accionarial de este tinglado. Es verdad – puesto que de la ecuación desaparecerán las DVMT – pero no es toda la verdad: de aquel 82% de VMware que poseía EMC, Dell y Silver Lake controlan el 32% y los propietarios de DVMT otro 50%. El 18% restante cotiza en bolsa y desde entonces se ha revalorizado un 87%.

Aparentemente, la transacción estaría motivada por el deseo de obtener liquidez que permita a los accionistas de Dell Technologies (sobre todo a Silver Lake) recortar la deuda contraída en dos fases sucesivas: para ´privatizar` Dell en 2013 y para comprar EMC en 2016. La imprescindible liquidez será suministrada por VMware a través de un dividendo especial de 11.000 millones de dólares. Más adelante, cuando Dell vuelva a cotizar, Silver Lake podrá ir desenganchándose para enjugar su fracción de deuda.

Michael Dell, según él mismo reveló en enero, ha considerado otras alternativas, supuestamente sus preferidas. Una sería la consolidación de Dell Technologies y VMware. Esta fórmula presentaba riesgos: aparte de conllevar un grado de incertidumbre, tenía de entrada garantizada la oposición de la dirección de VMware [con la probable pérdida de su CEO, Pat Gelsinger], la de sus empleados y probablemente la de los inversores, poco dispuestos a combinar sus valiosas acciones de VMware con las de una compañía (Dell Technologies) con inferior potencial de valorización.

La semana pasada, le preguntaron a Michael Dell por qué se inclina ahora por cotizar en bolsa cuando hace cinco años echaba pestes sobre Wall Street. Su respuesta, previsible, ha sido que en cinco años el mercado de T.I. ha pasado por enormes cambios y su compañía es hoy muy diferente, en parte gracias a la digestión de EMC [y la incompleta de VMware].

No se puede descartar que algo así, u otra variante no menos imaginativa, ocurra en una fase ulterior. Entretanto, el indiscutible financiero de Michael Dell ha dado frutos para su patrimonio. Sobre la base de las cifras publicadas, la participación del 14% que tenía personalmente antes de 2013 en su compañía, con un valor estimado en torno a 3.500 millones de dólares, en 2018 se ha convertido en el 72% valorado entre 30.000 y 35.000 millones de un conglomerado mucho más grande y más eficaz. Para que el negocio le salga redondo, al fundador sólo le falta aliviar su deuda, sobre cuya cuantía y reparto los analistas discrepan.

5 de julio, 2018

Ocho minutos emplearon los abogados de Apple y Samsung en exponer a la juez Lucy Koh el acuerdo por el que ambas empresas dan por terminado el litigio judicial que las ha enfrentado desde abril de 2011. La magistrada – que ha pasado los últimos siete años sin casi otra carga que dirimir este caso – firmó de inmediato la conformidad y santas pascuas. Cada parte se hará cargo de sus costas legales.

El penúltimo capítulo de este culebrón se vivió el mes pasado cuando el jurado emitió un veredicto por el cual Samsung debía pagar 539 millones de dólares a Apple, cantidad de la que se deducirían 399 millones pagados con anterioridad. De manera que el finiquito se reducirá a 140 millones de dólares. Se cierra así el más enrevesado litigio sobre propiedad intelectual,  entre dos compañías que, por un lado compiten por el liderazgo del mercado de smartphones y por otro están uncidas por el suministro de componentes coreanos – procesadores y pantallas – para el iPhone. Varios intentos de forjar una tregua han fracasado durante años

Se ha especulado con la influencia que haya podido tener en este desenlace la política arancelaria de la administración Trump: Apple es la única marca estadounidense de este mercado y tiene interés en que nada perturbe su cadena de suministros. Más plausible resulta la tesis de que Tim Cook, CEO desde 2014, considera que es hora de desarticular el “arma termonuclear” (sic) con la que Steve Jobs pretendía derrotar a quien se atreviera a usurpar los rasgos de diseño de su célebre creación.  Hoy, en la práctica, todos los smartphones usan iconos en retícula, motivo original de la querella.

El tribunal del circuito californiano ha sido la referencia obligada de una sucesión de batallas ante múltiples jurisdicciones alrededor del mundo. En algunas ganaba Apple y Samsung apelaba, en otras ocurría lo contrario. Así, hasta la semana pasada. La cuestión de fondo enfrentaba dos argumentos: que Samsung violaba la propiedad intelectual de Apple para competir con Apple o bien que Apple esgrimía sus patentes para erradicar a los competidores, empezando por el más peligroso. ¿Era objeto de protección un diseño rectangular con los cuatro vértices redondeados?, llegó a debatir el jurado a cierta altura del proceso.

No se puede subestimar el impacto que esta disputa ha tenido sobre otros actores: quién sabe qué consecuencias habría tenido sobre el mercado el que Apple aceptara pasivamente que todos los competidores del iPhone se parecieran al original [como ha ocurrido, en gran medida] o qué hubiera pasado si Samsung no reaccionara tenazmente.

Cada móvil que los usuarios tienen en las manos es el resultado de cientos de miles de patentes registradas en alguna parte del mundo, especialmente en Estados Unidos, país rico en propiedad intelectual pero carente de fábricas de móviles. “El número de patentes que intervienen en el hardware y el software es tan alto que nadie ha sido capaz de calcularlo”, afirma el especialista Florián Mueller. Sólo Apple es titular de una cartera de más de 75.000 patentes. Samsung, por su lado, ha registrado más de 10.000 en el último año y medio, precisa Mueller en su blog. “En mi opinión – dice – esto refleja que el listón para atribuirse la originalidad de una patente es muy bajo”

Otra cosa es el efecto que pueda tener el desestimiento mutuo sobre los  litigios que ambas mantienen con otras compañías. Así, por ejemplo, Apple ha llevado a Qualcomm ante los tribunales, según Mueller con resultado incierto. Mientras, Samsung tiene su batallita con Huawei, a la que acusa de infracción de patentes de su propiedad. En ninguno de estos casos parece haber posibilidades de llegar a acuerdos extrajudiciales.

19 de junio, 2018

La aprobación judicial de la adquisición del conglomerado mediático Time Warner por AT&T, gigante de las telecomunicaciones, que ha dado razón a esta contra el veto de la administración Trump, ha sido interpretada como el pistoletazo de una nueva fase de consolidación entre dos sectores que llevan años compitiendo, cortejándose y fusionándose. A cambio de 85.000 millones de dólares, AT&T se convierte en un mastodonte capaz de articular ofertas de telefonía, Internet, datos y entretenimiento.

La cantidad de facetas que presenta la noticia es tanta que bien merece un análisis reposado en los próximos días. Sin embargo, no he querido dejar pasar la ocasión de sentar un punto de vista inicial: a mi juicio, este movimiento y los que van a producirse, tienen como denominador común la desesperación que a todos les ha entrado al ver el fulgurante ascenso de Netflix.

En 2013 – elijo esta referencia porque fue el año de  lanzamiento de House of Cards, que puso de manifiesto su ambición de ser mucho más que un streamer de contenidos ajenos – Netflix valía en bolsa 10.000 millones de dólares. La semana pasada valía 170.000 millones, que casualmente viene a ser el doble de lo que costará a AT&T la empresa que inmediatamente ha rebautizado como Warner Media y que entre otros activos agrupa HBO, CNN, TNT y Warner Bros [la mítica revista Time sigue pasando de mano en mano].

El ascenso de Netflix ha sido sistemático primero, meteórico últimamente: su cotización se disparó en diciembre, cuando Disney presentó una oferta por 21st. a Century Fox, aún pendiente, por 52.000 millones. Es un secreto a voces que, tras romper el suministro de contenidos a Netflix, Disney se propone lanzar un competidor apoyándose inicialmente en el gancho de las franquicias Star Wars y Pixar y un paquete extraído del canal deportivo ESPN. Su problema, que no padece Netflix, es cómo hacer esta iniciativa compatible con la distribución en cines y canales de cable.

Al día siguiente de conocerse la sentencia favorable a AT&T, Comcast – dueña de NBC/Universal – se sintió reforzada para activar su oferta de 65.000 millones sobre la mayor parte de los activos de Fox. Al estar planteada totalmente en cash, debería ser atractiva para el octogenario Rupert Murdoch y sus vástagos no bien avenidos. Es cuestión de días que Disney mejore su oferta hasta superar la de Comcast. Se da la circunstancia de que las tres partes [Murdoch, Disney y Comcast] están a la greña en Reino Unido por el control de Sky. Pero estas cosas suelen resolverse con intercambios de activos.

El CEO de AT&T, Randall Stephenson, se ha apuntado un triunfo sensacional, pero no está tan claro que vaya a disfrutar de sinergias materiales gracias a la incorporación de Warner Media. Carga con una deuda de 163.000 millones y tendrá que afrontar fuertes desembolsos en dos frentes: los contenidos y la infraestructura 5G que tiene que empezar a desplegar.

Un nombre conspicuamente ausente en las cábalas de estos días es Verizon, la telco número uno de Estados Unidos. Tiene una presencia light en el mundo de los contenidos tras las compras de AOL y Yahoo, que le costaron 10.000 millones, pero su posición no es comparable. Ni parece que tenga intención de seguir los pasos de AT&T. Acaba de nombrar un nuevo CEO, Hans Vestberg – quien antes lo fue de Ericsson – y en sus primeras declaraciones ha hablado de tecnología, conectividad y movilidad, pero no de contenidos. Apostar sus cartas a la infraestructura es, a primera vista, sensato: es lo que van a necesitar quienes quieran llegar a los consumidores con sus contenidos en streaming. 

Como he dicho, este blog volverá sobre el asunto. Lo postergo avisando de lo que está en danza. Por un lado, la vieja guardia del entretenimiento – vuelvan a leer:  Warner, Fox, Disney, Universal – reacciona con estrategias variadas contra advenedizos como Netflix y Amazon cuyas credenciales proceden de Internet [es inevitable que ronde, como de costumbre, el nombre de Apple]. Por otro lado, se puede simplificar diciendo que está en juego la integración de contenidos y su distribución.  En este plano, las telecos deberían tener algo que decir, si los reguladores entienden de qué va la cosa.


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