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  21/04/2017

Gig Economy: de las horas extras al ciberbolo

De un tiempo a esta parte, se ha extendido la costumbre de llamar Gig Economy a una combinación de precariedad laboral, contratos de corta duración o trabajos eventuales. No hace mucho, los únicos gig workers eran los músicos; hasta que Internet y la digitalización trajeron otras formas de ganarse la vida o, simplemente de sobrevivir, mediante lo que – en traducción muy libre – podría denominarse ´ciberbolos`. Tiene, por tanto, una relación con la mal llamada economía “colaborativa”.  Para interpretar el fenómeno, tal como se manifiesta en su cuna. Estados Unidos, puede ser un buen punto de partida el estudo Gig work, online selling and home sharing, del prestigioso Pew Research Center.

Para los optimistas, este modelo laboral promete un futuro de libertad basado en el ´emprendimiento` y la innovación sin límites. Los pesimistas dirán que presagia una distopia de empleo desamparado, en el que lo único permanente será el destajo.

Para empezar, el informe define a un trabajador como gig worker si ha obtenido ingresos relacionados con un sitio web o una aplicación móvil, a través de los cuales se conectan con otras personas para ofrecer sus productos o servicios. Además, incluye dos características necesarias: que el ofertante cree un perfil personal o profesional y gestione los pagos mediante plataformas digitales. Un ejemplo sencillo de entender sería el de un administrativo que gana un dinero extra como conductor de Uber, pero la comparación es opinable.

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Aparte de estas actividades, el estudio se centra en dos formas de hacer ciber-horas-extras: compartir casa y vender online. Servicios que permiten beneficiarse de los bienes propios (hogar, creación artística, productos de segunda mano, etc) en lugar del tiempo o la mano de obra directa.

Así definida, la gig economy ha alcanzado importancia suficiente como para colarse en la campaña electoral, aunque a la postre el triunfo de Donald Trump ha puesto sobre la mesa otros asuntos.

En su forma actual, esta economía a la carta arraiga en antecedentes como los mercados digitales ELance y oDesk, a través de los cuales los programadores y desarrolladores podían ganarse la vida o complementar sus ingresos compitiendo por tareas a corto plazo. Sin embargo, la  ´nueva` economía no se caracteriza solamente por la creación de canales digitales sino por su capacidad para generar nuevas actividades. Más de un millón de artesanos venden joyas, ropa y accesorios a través del mercado online Etsy, mientras que los sitios de alojamiento compartido – Airbnb o Love Home Swap – reúnen en conjunto a cerca de un millón de “anfitriones”.

De esta explosión de emprendimiento ya era partidario Adam Smith, para quien la economía de mercado era la generada por individuos que practicaban entre ellos el comercio. Después, la producción y distribución en masa produjo las corporaciones modernas, estas la concentración y su perversión monopólica, tan ajena al economista escocés. La revolución tecnológica – o digital, más bien – sería parcialmente responsale del retorno al intercambio punto-a-punto.

La mayor parte de los nuevos servicios a la carta dependen de la existencia de una población equipada con dispositivos digitales conectados y, cómo no, de una buena dosis de confianza en el capital social (semiautónomo en muchos casos) aglutinado en plataformas como Facebook o LinkedIn. No necesariamente anticipan una evolución hacia una economía de mercado basada en la compraventa entre individuos. No: Uber, Airbnb, Etsy y otras son muy diferentes a Apple o Microsoft. En la práctica, nadie alquila un apartamento en Airbnb, nadie pasea en un coche de Uber o compra un artículo fabricado por Etsy. La plataforma, simplemente, conecta. Y nadie tiene que comprometer una jornada de trabajo. Qué bien. O no. Porque las líneas entre la esfera personal y la profesional se hacen borrosas, y al respecto hay muy distintas actitudes.

El estudio de Pew Research Center estima que en 2016 uno de cada cuatro individuos (24%) ha hecho ciberbolos para ganar un dinero extra. Tres son, en ese orden, sus actividades principales en las plataformas digitales que les dan soporte: venta online, desempeño de tareas directas y alquiler de propiedades para uso compartido.

Más allá de las cifras generales, el estudio ilustra una amplia variedad de experiencias en los proveedores de estos servicios. En un extremo están los proveedores casuales, que realizan tareas online en su tiempo libre, a cambio de cantidades modestas de dinero y cuya primera motivación es dar uso útil a su tiempo libre, sin que el ingreso sea un atractivo esencial. En la otra punta del espectro se encuentran quienes dependen en gran medida de esos ingresos extraordinarios. Y entre ambas tipologías caben las plataformas digitales, que ofrecen soluciones para muy variadas situaciones.

El 23% de los encuestados obtuvieron ingresos a través de plataformas digitales durante el año pasado; el 15% por realizar alguna tarea online, generalmente relacionadas con la tecnología; el 4% por alguna prestación personal, el 2% por la entrega de productos, y el restante 2% por ´otras` tareas indefinidas. Obviamente, la venta online deja ancho margen para la clasificación, pero prevalece la de bienes usados.

Ahora bien. ¿Qué piensan los encuestados? La mayoría considera que estos “empleos” son buenas opciones para quienes desean horario flexible (68%) y/o no quieran trabajar a tiempo completo (54%). Por otro lado, alrededor de uno de cada cinco cree que suponen una carga financiera excesiva para los trabajadores (21%) o permiten que las empresas aprovechen de ellos (23%). Sólo un 16% los considera empleos reales.

Otras conclusiones del informe: el 23% de quienes utilizan plataformas digitales con el fin de obtener ingresos son estudiantes. Uno de cada cinco vendedores online asegura que los medios sociales son extremadamente importantes para la comercialización de sus productos, pero sólo el 23% define su actividad como un empleo. Hay aquí mucha materia sociológica que sería digna de explorar en un país como España, donde se carece de un estudio serio sobre estas cuestiones.

[informe de Lola Sánchez]


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