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  10/12/2018

Huawei, rehén del trumpismo

Ha dado en llamarse guerra comercial, pero lo que enfrenta a los Estados Unidos de Donald Trump y la China  de Xi Jinping no es el comercio sino la disputa por la hegemonía. Tecnológica en primer lugar y militar por elevación. Si llegara a confirmarse que el mundo vive las vísperas de otra guerra fría, la orquestada detención de Meng Wanzhou, CFO de Huawei, sería una maniobra táctica para inmovilizar al adversario. Es demasiada casualidad que la señora Wanzhou fuera arrestada en el aeropuerto de Vancouver casi a la misma hora en que Trump y Xi se sentaban a cenar en Buenos Aires para, a los postres, acordar una tregua precaria que podría saltar por los aires según el desenlace del episodio.

Durante meses, los aranceles han sido el centro de atención, proyectando la idea de que ambas partes jugaban con cartas de valor equivalente. Pues no: si algo ha quedado  claro es que Trump lleva las mejores bazas: a cambio de suspender durante 90 días la aplicación de tarifas aduaneras a las exportaciones chinas a Estados Unidos, ha obtenido toda una lista de concesiones inmediatas. Llevadas a su extremo, si al final no hubiera reciprocidad, podrían cuestionar las bases de la política económica de Xi .

No hubo comunicado conjunto, lo que en sí mismo es sospechoso. La prensa china esperó el regreso de Xi a Pekin para publicitar el frágil acuerdo, mientras que a Trump le sobró tiempo para envalentonarse. “Recuerden: soy el hombre de los aranceles”, tuiteó. ¿Buenas noticias? El yuan retomó su cotización más alta del verano y las bolsas mundiales saludaron con subidas el acuerdo. Al final, la algarabía duró el tiempo que tardó en divulgarse la detención de Wanzhou.

Escribe Paul Krugman que “el hombre de los aranceles es ignorante, volátil y un trastornado […] Las grandes empresas odian la perspectiva de una guerra comercial y las acciones se hunden cada vez que esa perspectiva se hace más probable”. Insiste el economista en que los aranceles no son – como cree Trump – un impuesto a los extranjeros sino un sobrecoste para los consumidores. Y que el proteccionismo no favorece las fantasias de recreación del empleo perdido.

Para entender lo que pasa estos días, será mejor no mirar a Trump sino al trumpismo, a esos halcones que han ido ganando espacio en la Casa Blanca. Véanse las fotos de la famosa cena: aparecen al menos tres  personajes que no creen en que los aranceles sirvan para cumplir con el objetivo de doblegar al régimen chino. John Bolton, Robert Lighthizer y Peter Navarro promueven una línea radical: un embargo que prohíba a las empresas estadounidenses (y por extensión a las de países aliados) suministrar componentes que se consideren vitales para que Xi lleve adelante su programa de liderazgo tecnológico conocido como Made in China 2025.

Aquí entra en escena Huawei, una pieza de caza para esos halcones. La detención de Meng Wanzhou es consecuencia de una orden de captura emitida por el departamento de Justicia, que estaría relacionada con la presunta violación del embargo contra Irán [sanción impuesta y luego levantada por Obama, que Trump restableció el año pasado]. Según ha  trascendido, se acusa a Huawei de haber usado una empresa tapadera para vender sus productos al régimen de Teherán.

Es flagrante la diferencia de trato a Huawei con el que se dio a ZTE en torno a una acusación similar por una infracción reiterada. ZTE fue empujada al borde de la quiebra hasta que optó por capitular, erradicar a su cúpula y someterse a controles periódicos. Se acusaba a la compañía y ningún directivo fue acusado ni mucho menos detenido.

Durante años, las suspicacias sobre Huawei han sido constantes, pero la compañía se reesignó a desmentirlas ritualmente. Lo que no ha impedido que casi toda la clase política estadounidense esté persuadida de que los equipos de red de Huawei albergan software espía. Según un comité del Congreso, existe el riesgo de que por esa vía China “se apodere de datos vitales para la economía americana”.

No se han presentado pruebas, pero el mensaje ha calado fuera de Estados Unidos. Alex Younger, David Vigneault y Mike Burgess, respectivamente responsables del contraespionaje de Reino Unido, Canadá y Australia – tres de los “cinco ojos” que forman una alianza de servicios de inteligencia occidentales – han coincidido últimamente en un argumento que puede resumirse así: las redes 5G son algo demasiado crítico para la seguridad de sus países como para permitir que las suministre una empresa que no les merece confianza.

Reino Unido y Canadá son los únicos del quinteto que no han vetado la participación de Huawei en sus infraestructuras 5G. El caso británico es llamativo porque el país ha sido cabecera de playa para el desembarco de la compañía china en Europa. Los operadores Vodafone y Three le han confiado la preparación de sus despliegues 5G, mientras que BT se ha desmarcado excluyéndola incluso de la actualización de su red 4G..

Vamos, que la clave está en las redes 5G. Lo que hay de cierto en esta obsesión es que Huawei, por el volumen de  recursos que ha destinado al desarrollo de las tecnologías 5G – y gracias a los padecimientos financieros de Ericsson y Nokia – lleva una ventaja decisiva, justo ahora que se acercan inversiones de miles de millones de dólares en el despliegue global de estas redes.

Con ingresos de 92.500 millones en 2017 – que van a pasar de 100.000 millones este año  – Huawei dedica anualmente unos 15.000 millones a I+D en prácticamente todos los campos tecnológicos avanzados. Lidera el mercado mundial de equipos de telecomunicaciones con una cuota del 27% y ya es segunda en el ranking de smartphones.

Según un análisis de Gartner, sus compras de semiconductores fueron el año pasado equivalentes a las de HP y Dell sumadas. Y entre sus proveedores se encuentran Intel y Qualcomm, más otra treintena de empresas estadounidenses. Es, por tanto, vulnerable a un embargo y no sería fácil que encontrara suministradores alternativos en otros países no menos susceptibles. Pero no sufriría sola: un eventual embargo crearía enormes trastornos en la cadena de suministros de toda la industria. Por no hablar del hecho que ahora mismo es fundamental: ninguna red 5G de otro suministrador podría funcionar al margen de las patentes acumuladas por Huawei.

¿Es lo que se busca al pedir la extradición de Meng Wanzhou a Estados Unidos? Puede que no, o no tanto, pero la coincidencia es indisimulable. Para The New York Times, su detención ha sido “un disparo de advertencia de la administración Trump en su campaña para limitar la expansión de la tecnología china”.  Viene a decir el editorial que ha sido retenida como rehén, escogida por ser quien es: hija y supuesta sucesora del fundador de la compañía, Ren Zhengfei.

Las consecuencias políticas y geopolíticas del episodio son en este momento impredecibles. Xi Jinping pudo creer que había ganado un respiro, pero si la CFO de Huawei fuera finalmente extraditada a Estados Unidos, la tregua pactada habría quedado rota. En 90 días, quizás antes, el conflicto se habrá reabierto. El gobierno de Pekín está furioso, pero mantiene el tipo al negar toda intención de tomar represalias. Es todo lo que se puede decir por el momento.


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