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  17/05/2017

Smart cities: más bibliografía que negocio

No hay ´un` modelo de smart city. Ni una definición comúnmente aceptada. En un libro reciente [Smart Cities; una visión para el ciudadano], Marieta del Rivero compendia esta síntesis: “un espacio que utiliza la tecnología para afrontar los crecientes retos a los que se enfrentan las urbes […] El ciudadano es cada vez más digital y exige nuevas formas de relación y tener acceso a los servicios allí donde se encuentre y a través de los canales que le sean más convenientes”. El entusiasmo de la autora no le impide sumarse a una corriente posibilista, que recomienda ir paso a paso, mediante la implantación de tecnologías probadas, que requieran inversiones asequibles y aseguren su retorno.

Muchas ciudades ya disponen de plataformas de datos, un enfoque que Marieta del Rivero – ex directiva de Nokia y Telefónica – explica así: “para ser inteligente, una ciudad necesita un cerebro, un director de orquesta que convierta los datos en melodía”. Cita casos en los que esas plataformas se apoyan en iniciativas parciales de desarrollo de  soluciones que mejoren la movilidad de los ciudadanos o reduzcan la contaminación. Pero, a la hora de la verdad, la eficiencia en prestación de servicios – materia propia de los municipios – será lo que dé la medida del éxito de esas estrategias, con el consiguiente premio o castigo político.

Hay que celebrar que la bibliografía sobre la materia se vuelva más realista, más apegada a la realidad, aunque no sea suficiente para frenar el ímpetu de los vendedores de crecepelos digitales, que asoman en este como en todos los mercados que despuntan.  Al fin y al cabo, está en juego el interés público, y por ello el debate es condición necesaria. Una cita clásica para el debate de ideas es desde hace años Smart City Expo, en Barcelona, cuya próxima edición se celebrará en noviembre de este año.

Un ejemplo sencillo de tecnología aplicada a las ciudades, promocionada desde que se extendió el concepto de smart city, hace más de un lustro, es la mejora de la red de abastecimiento de agua corriente. Es sabido que un problema clásico son las fugas de agua en las canalizaciones, difíciles de detectar si la pérdida de caudal no es de gran magnitud. El alto coste de un mantenimiento preventivo  ha tendido a hacer tolerables esas pérdidas.

No menos clásico es el ejemplo de la iluminación de las vías públicas. Hace ya muchos años que existen sistemas de encendido y apagado automático en función de la estación, minimizando el consumo eléctrico. Se tiende a instalar luminarias más eficientes, aunque no siempre al gusto de todos, y se aprueba su sustitución sólo cuando están amortizadas y se cuenta con la financiación necesaria.

Ambas funciones vitales de toda ciudad están siendo campo propicio para la generalización de la tecnología digital, los sensores IoT y la gestión de los datos masivos resultantes, que están cambiando la gestión municipal. Instalar sensores de caudal en las canalizaciones simplifica la detección de fugas o el uso inapropiado del agua. Lo mismo ocurre con el alumbrado: el abaratamiento de las lámparas LED justifica la reposición de sistemas de cierta antigüedad, con la ventaja añadida de que se puede alumbrar más una intersección al acercarse un coche o un peatón, haciendo que la luz sea más blanca y localizada, algo impensable hace pocos años. No siempre hay consenso: en Roma se ha criticado el contraste entre la iluminación por LED y el tradicional anaranjado de las lámparas de vapor de sodio.

En la mayoría de estas aplicaciones – las más evidentes – el uso de gestión inteligente queda ampliamente justificado. Los problemas vienen cuando la inversión es elevada en proyectos poco probados, y cuando implican el uso potencialmente indiscriminado de datos públicos y privados. Este es y será un asunto conflictivo, porque el valor extraíble de esos datos pueda caer en manos de terceros. Se espera que la mejora de las plataformas de datos permita asegurar la privacidad de los datos.

Últimamente se argumenta que las tecnologías propias de las smart cities no benefician sólo a la ciudad y su entorno, sino que impactan sobre otras materias de la sociedad en su conjunto, como el ahorro energético y la reducción del calentamiento global. La tesis central de otro libro, Climate of Hope, cuyo coautor es Michael Bloomberg, ex alcalde de Nueva York, es que la tecnología ha provocado la disrupción de casi todas las industrias, pero que “sólo su uso adecuado permite obtener beneficios reales y atender el problema del cambio climático”.

Aunque pueden sonar novedosos, estos planteamientos vienen de lejos. En noviembre de 2013, el urbanista Anthony Townsend publicó otro libro – inevitablemente titulado Smart Cities – en el que argumentaba las oportunidades que la tecnología, por entonces incipiente, ofrecería para dar a las ciudades un nuevo impulso, siempre que se actuara con ´buen juicio y decisión`. La tesis se ha reforzado desde entonces, nadie duda de los beneficios potenciales, pero los problemas presupuestarios siguen tan vivos como hace cuatro años.

Necesariamente, la confirmación de las tesis sobre smart cities lleva tiempo. No es lo mismo una ciudad de nueva planta, como algunas en Asia, que las europeas caracterizadas por una trama urbana y una topografía difíciles, como muchas del mundo.

Un efecto ´bola de nieve´ no es previsible a corto plazo– ni deseable – , pero el concepto de smart city necesita alcanzar su punto de atracción para todas las partes: autoridades, ciudadanos, proveedores de tecnologías en sus distintas ramas, prestatarios de servicios. Algunas ciudades han empezado a recorrer ese camino [del Rivero enuncia varios proyectos en los que participa Telefónica, su anterior empleador] pero otras deberán esperar a que sus finanzas mejoren y, entretanto, atender necesidades más apremiantes.

La idea de esta crónica es subrayar que la literatura sobre el tema es  abundante y prolija, pero tal vez sería necesario pasar a la acción. En Building Smart Cities, Carol Stimmel desglosa los pasos necesarios para el diseño de ciudades inteligentes que satisfagan las necesidades humanas. Stimmel repasa las tecnologías disponibles y las herramientas analíticas en uso; extrae lecciones de iniciativas anteriores y pone el foco en su propia agenda de innovación.

En paralelo, se expresan con agudeza los críticos. Su argumento central, o uno de ellos, es que se están haciendo grandes inversiones públicas sin que esté claro el retorno para los contribuyentes. O, que los proyectos tardan años en materializarse, lo que a menudo lleva a que cuando se completan la tecnología escogida ya no es adecuada. Suele citarse como caso digno de estudio el proyecto Smart Grid de Reino Unido, también con participación de O2, la filial británica de Telefónica, cuyo interés económico es indudable pero que no se ha reflejado (¿todavía?) en la reducción de la factura de la luz. ¿O no era para esto que se hacía?

El dilema principal que afrontan las smart cities es el mismo que en otras áreas: un objetivo ambicioso generalmente requiere una inversión inicial de riesgo. Con más razón cuando se habla de conceptos caros a la industria TI, como la analítica predictiva, promesas que el ciudadano ve con escepticismo. Es evidente que el caos circulatorio en el centro de muchas ciudades se puede aminorar con el empleo masivo de sensores, pero una solución más efectiva – y más barata – es la prohibición de coches en esas áreas o la imposición de peajes urbanos. ¿Están preparados los ciudadanos para aceptarlo, como se hace en Londres desde hace años? No es un concepto tecnológico complejo, sino cuestión de inteligencia social.

[informe de Lluís Alonso]


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