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  14/11/2019

TSMC o cómo hacerse imprescindible

Sólo tres compañías tienen méritos y recursos para jugar en primera división de la industria de semiconductores. Históricamente, las tres se han caracterizado por hacer la guerra al aire de cada una, cuidándose de interferir en el espacio del prójimo. O así era hasta ahora, porque la  divisoria entre fabricación y mercado ya no está tan clara. Intel  diseña, fabrica y comercializa sus propios chips, sobre todo microprocesadores, Samsung diseña y fabrica memorias y procesadores que integra en sus dispositivos, pero no rechaza encargos y TSMC, tema de este post, no diseña ni vende, pero ejecuta los diseños de sus clientes y  convertirlos en chips que llegarán al mercado bajo marcas ajenas.

Esta peculiar estructura hace que normalmente se preste más atención a las dos primeras que a la taiwanesa TSMC, desconocida por los usuarios finales pero vital para sus clientes. Estos hacen cola, dispuestos a esperar hasta seis meses a que el fabricante les suministre los chips que marcarán la impronta de sus productos. Para entenderlo, hay que recordar que esta industria se divide entre dos tipos de empresas de un mismo sector: por un lado las llamadas ´fabless` (literalmente: carentes de fábrica) y las ´foundries` (literalmente fundiciones) que aportan el proceso industrial que a las primeras les falta.

Un ejemplo clásico es Qualcomm, bien conocida por los usuarios de móviles pero que no fabrica móviles ni chips: encarga a TSMC que produzca chipsets Snapdragon basados en un núcleo originario de la compañía británica ARM, hoy  propiedad del grupo japonés Softbank. Otro tanto hacen Apple, Nvidia o Huawei: esencialmente, envían sus diseños a TSMC y luego recibirán chips físicos que incorporarán en sus productos finales.

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La situación de Huawei está ahora mismo de actualidad. Es buen cliente de TSMC, que le fabrica el chipset Kirin 990, pero a la vez se sirve de su propia filial Hi-Silicon. La administración Trump presiona a la compañía para que deje de suministrar a este cliente, vetado en Estados Unidos. Donald Trump ya había intentado convencer a ARM de que rompiera sus acuerdos con Huawei. Y en un primer momento pareció plegarse a la exigencia, hasta que sus abogados llegaron a la conclusión obvia de que una orden ejecutiva de la Casa Blanca no tiene valor legal en Reino Unido.

TSMC, cuya cuota se estima en el 75% global de la fabricación de chips por cuenta ajena, dice confiar en que sus clientes estadounidenses – en especial  Apple, bien conectada con la Casa Blanca – le ayudarán a sortear el problema. Ni así podrá dormirse en los laureles: el Pentágono advierte a las empresas estadounidenses del peligro de contratar a suministradores extranjeros que a la vez haga negocios con Huawei. La denuncia es infundada: Apple, Qualcomm y Nvidia, todas estadounidenses, dependen por completo de TSMC.

Bien podría decirse que todos (o casi) los caminos conducen a TSMC. Durante años, los avances de esta compañía no habían inquietado a Intel, porque su primera fuente de negocio, los microprocesadores basados en la arquitectura x86, aventajaba a los diseños de ARM. Más preocupante ha sido la irrupción de Nvidia con sus procesadores que incorporan inteligencia artificial y que realmente fabrica TSMC.

El colmo para Intel ha sido la resurrección de AMD, que ha presentado nuevos productos muy competitivos con la gama de aquélla. Esto da para pensar que la tecnología con la que TSMC fabrica chips para AMD está más avanzada que la de Intel y presenta una ratio más baja de fallos. La capacidad de la empresa taiwanesa le permite disponer ya mismo de la tecnología para 7 nanómetros mejorada (7nm+) mientras que Intel no logra cumplir sus objetivos en 10nm .

La maestría en la fabricación de chips avanzados que tienen TSMC y  Samsung podría tener consecuencias para Intel, si no lograra recuperar pronto su nivel de excelencia. Viene a cuento la segunda ley de Moore – menos jaleada que la primera – según la cual con  cada nueva generación crece exponencialmente la inversión que se necesita para construir una fábrica de semiconductores. Donde solía hablarse de 5.000 millones de dólares por planta: ahora sí o se dispone de financiación para invertir 10.000 millones, será mejor no poner la primera piedra.

Por este motivo, los sucesores de Morris Chang – legendario fundador de TSMC, retirado el año pasado – han decidido revisar al alza el capex para 2020: de 10.000 a 12.500 millones de dólares para hacer frente a un salto generacional en los procesos de fabricación. Según la empresa, el ritmo de producción conseguido en su planta de 7 nm+ augura que podrá fabricar con reglas más avanzadas de 5 nm antes de un par de años, lo que exige una inversión acorde. Y como ha conseguido producir más, facturará más y podrá cerrar el círculo vicioso sin acudir a mayor apalancamiento. Esta es al menos la teoría.

[informe de Lluís Alonso]


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