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  13/01/2022

Nadie quiere a Nvidia como dueña de ARM

Este culebrón da que hablar desde septiembre de 2020, cuando Nvidia desveló su intención de pagar 40.000 millones de dólares por la británica ARM. Vaticinaba que tardaría 18 meses en aprobarse, plazo que se acerca sin solución a la vista. Las noticias recientes sugieren que la operación podría frustrarse ante las objeciones de Pekín, Washington, Londres y Bruselas, que ya es raro convocar tanta oposición. Temen que el comprador acumule un dominio sin par en los procesadores que se encuentran en las entrañas de smartphones y otros dispositivos electrónicos, entre ellos los automóviles. Y si la operación se frustrara, una salida sería salir a bolsa, un sobresalto desconocido en esta industria.

Jensen Huang                                                                                                  Joe Cummings / FT

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En cualquier hipótesis, el ganador de la partida sería el audaz bucanero Masayoshi Son, amo y señor de Softbank. El modelo de negocio que Arm ha aplicado con éxito durante décadas, basado en el licenciamiento de su microarquitectura, se ha convertido en maldición que impide concretarla. La Federal Trade Commission (FTC) de Estados Unidos ha calificado a la compañía como “la Suiza de la industria de semiconductores”, pleonasmo que tal vez contribuya al bloqueo.

Curiosamente, la primera alarma no vino de Estados Unidos [Nvdia es una empresa californiana] ni de Reino Unido [que gracias a ARM todavía puede presumir de capacidad de innovación tecnológica] sino de China, actitud que se explica porque el 95% de los chips que vende el gigante asiático utilizan la tecnología de ARM. Lo que sobre el papel se presentaba como la muy inteligente fusión de capacidades, en la práctica ha disparado las alarmas.

Que ARM es una encrucijada para la industria puede medirse por el hecho de que Apple le paga un canon por la tecnología en la que se basa el diseño de los chips que llevan sus dispositivos, mientras Google ha diseñado su sistema operativo Android sobre otra versión de la misma arquitectura. Y así de seguido. Otra posible consecuencia de la adquisición sería el refuerzo de la posición de Nvidia en el mercado del datacenter, gracias a la confluencia de la arquitectura ARM y su experiencia en inteligencia artificial (además de un músculo financiero que la compañía británica no tiene).

Hace tiempo que Nvidia ha apostado fuerte por este negocio y los analistas prevén que sus ingresos del segmento de centros de datos se incrementarán este año fiscal un 55% y en el próximo – que finaliza en enero de 2023 – otro 33%. De mantenerse independiente,  según las previsiones de Softbank, ARM tenía ante sí un panorama muy optimista, que mejoraría en manos de un nuevo propietario aportaría mayor respaldo, en parte debidas a las inversiones del grupo japonés desde que la adquirió a mediados de 2016, cuando pagó 32.000 millones de dólares. Aunque ARM ha cerrado con pérdidas tres de los últimos cinco años fiscales.

La mayor preocupación, compartida por los cuatro entes reguladores, es que el cambio de propiedad active un monopolio de facto en la industria de semiconductores, que distorsionaría la estabilidad de un mercado ya perturbado por una crisis de suministro duradera. Con ese argumento tocó a rebato la Competition and Markets Authority (CMA) británica, al rechazar un compromiso propuesto por Nvidia para disipar sus temores: la propuesta incluía una garantía de que Nvidia no impediría que otras compañías licenciaran la tecnología de ARM ni pondría límites al número de productos a los que tendrían acceso.

Las inquietudes iniciales de la CMA, conocidas en agosto del año pasado, se agravarían tras una investigación exhaustiva de las potenciales consecuencias sobre la seguridad nacional. Es un informe puntilloso, como corresponde a la materia que trata, del que se desprende que los compromisos que se proponen acerca de la neutralidad de ARM, garantizada por cinco años, no han sido convincentes. Se da a entender que sería difícil hacerlos cumplir una vez el comprador haya desplegado su propia estrategia. En pocas palabras, a las autoridades connacionales de la compañía, fundada en Cambridge en 1990 con el nombre de Advanced RISC Machines Ltd – por cierto, con Apple entre sus accionistas – no vieron obstáculos cuando fue adquirida por un grupo japonés hace siete años, pero los ven ahora en una oferta estadounidense.

La CMA no ha sido la única en poner pegas a la transacción. La FTC de Estados Unidos tampoco la ve con buenos ojos, pese a ser Nvidia una empresa estadounidense. A principios de diciembre, el organismo publicaba sus reticencias, justificadas en que la operación podría perjudicar el desarrollo de tecnologías de próxima generación. El informe expresa una hipótesis inquietante: la liberalidad con la que ARM negocia sus licencias podría cambiar drásticamente una vez Nvidia coja la batuta.

Si así ocurriera, tendría influencia sobre múltiples mercados. En primer lugar, los centros de datos, en los que Nvidia ya compite directamente con fabricantes que incorporan la tecnología de ARM en sus servidores, entre ellos Broadcom. Por otro lado, en el segmento de los sistemas avanzados de asistencia al conductor, rivaliza con Qualcomm y Renesas. La FTC muestra su preocupación por este mercado, en el que augura un crecimiento explosivo durante el próximo decenio. También por la nube, puesto que el campo de batalla se extiende a los chips utilizados por los proveedores de servicios cloud, chocando con compañías como Marvell y Ampere, cuya viabilidad depende de la arquitectura Arm.

La FTC hila aún más fino, puesto que además de poner en cuestión las posibles interferencias en precio y disponibilidad de semiconductores, las hace extensivas al uso de información confidencial. En la actualidad, dado que no compiten con ARM, muchos de sus clientes comparten con ella detalles sensibles. Esta transferencia de información daría un giro peligroso si fuera adquirida por uno de esos clientes, en este caso Nvidia, que – advierte la comisión – podría un día cortar las alas a cualquier desarrollo de ARM que entrara en conflicto con sus intereses.

Así, pues, la operación presenta demasiados problemas. La administración Biden se ha marcado dos objetivos potencialmente contradictorios: recuperar peso para Estados Unidos en el mercado de semiconductores y a la vez poner límites al poder de las grandes tecnológicas.

La Comisión Europea se ha hecho eco de esas inquietudes, por el temor a que una vez absorbida ARM, su nuevo propietario empiece a subir los precios de las licencias o, lo que sería peor, a condicionar los contratos para obtener ventaja competitiva.

De poco sirve lo que prometa Nvidia por activa o por pasiva.  Porque sus compromisos no se dirigen sólo a pasar los filtros antimonopolio, sino a contentar a clientes de la talla de Apple o Qualcomm, que con más o menos claridad han hecho llegar sus objeciones. Otros – Broadcom, MediaTek o Marvell – sí apoyan la operación, pero su mayor valedor parece ser Samsung.

La narrativa de que la operación beneficiará a toda la industria y promoverá la competencia, no convence. Jensen Huang, cofundador y CEO de Nvidia, asegura que su intención es preservar ARM como una potencia dueña de propiedad intelectual protegida por la legislación británica y con su centro de gravedad intocado en Cambridge, donde trabaja la mitad de su plantilla. Desde el punto de vista de Huang, “Nvidia no es una empresa de chips” por lo que necesita incorporar ARM para optimizar la pila de componentes que propician su especialización en computación acelerada (IA, simulación, modelado de HPC, big data).

China tiene algo que decir, aunque su interés es más geopolítico que económico: utilizar su posición como moneda de cambio para que Biden se aleje de la actitud trumpiana que ha heredado, pero no revisado. La cuota de ARM en una empresa compartida con la firma de capital chino Hopu Investment le da la excusa perfecta para, si le conviene, vetar la fusión.

Las cifras del acuerdo entre las partes han sido desbordadas por la realidad del mercado. Para empezar, el precio pactado en 40.000 millones de dólares, que convalida la exitosa gestión de Simon Segars CEO de ARM desde 2013, contempla el pago de 21.500 millones en acciones de Nvidia y 12.000 millones en efectivo. Probablemente tendría que ser revisado porque, desde la fecha de la oferta, la cotización de esas acciones se ha duplicado: ayer se encontraban en su máximo histórico de 278 dólares, que le confieren una capitalización de 693.000 millones de dólares.

Otra razón para revalorar el acuerdo de septiembre de 2020 es la situación del mercado de semiconductores. El análisis de la FTC la actualiza, doblándola hipotéticamente, a 82.000 millones de dólares, cuantía que multiplica por 40 veces los ingresos de ARM en su último año fiscal conocido y deja pequeñas las cifras con las que fue presentado hace quince meses el acuerdo de compra.

Si finalmente el acuerdo no saliera adelante, Nvidia tendrá que abonar a Softbank una penalización de 1.250 millones de dólares. Tal como están las cosas, sería arriesgado apostar por una aprobación regulatoria antes de marzo de este año. ¿Existen alternativas? La que se ha barajado en la prensa menciona una oferta pública (OPV), dando por supuesto que los inversores se abalanzarían sobre un bocado tan jugoso.

El CEO de Qualcomm, Cristiano Amon, ha dicho públicamente que su empresa estaría dispuesta a participar en cualquier combinación financiera para desatascar la situación de ARM. Por su lado, uno de los cofundadores, el inversor austríaco Hermann Hauser, llegó a sugerir que el gobierno británico nacionalice la compañía: a su juicio, los objetivos estratégicos de Nvidia no encajan con los de Reino Unido. Eventualmente, si  la compañía saliera a bolsa, el gobierno británico podría convertirse por poco dinero en accionista principal y atraer a los licenciatarios habituales a sumarse a su iniciativa.


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