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  1/02/2019

Taiwán se expone a fuego cruzado

Los huracanes en China reverberan  en el resto de Asia. Donde primero llegan es a Taiwán: a 2.100 kilómetros del continente, la ´isla rebelde` vive estos días una contradicción que no es nueva. Políticamente, toda trifulca entre Estados Unidos y China le ayuda a combatir su aislamiento diplomático [oficialmente tiene relaciones con sólo 17 países, nueve de América Latina]. Económicamente, la guerra comercial desatada por Donald Trump es una ruina para sus empresas, dependientes de la exportación de componentes y productos que fabrican en suelo chino. Ahora sufren en carne propia la subida de aranceles norteamericanos, pero saben que Trump es el primer valedor de la independencia del país.

Tsai, Xi y Trump

La tregua in extremis a la que Donald Trump y Xi Jinping llegaron en la famosa reunión del G20 pende de un hilo caprichoso. Aunque se renueve, nadie cree que sea el inicio de una avenencia duradera. Al inicio de esta guerra comercial, la industria taiwanesa adoptó una actitud comedida, notoria en la feria Computex de junio. Con el paso de los meses se trasmutó en temor de que la crisis se alargue, como aquella que libró Ronald Reagan contra Japón a principios de los 80, sólo que aquella acabó favoreciendo a Taiwán e, indirectamente, a China.

El gobierno taiwanés rebajó en noviembre su pronóstico económico para 2018 y 2019; probablemente tendrá que volver a hacerlo aunque no todo se deba a la guerra comercial: los ajustes monetarios y la recesión que se espera van a influir en la demanda exterior de los productos de la isla.

La economía taiwanesa es fuertemente dependiente de las exportaciones. Como indicador anticipado, el de órdenes de pedido a satisfacer en los próximos meses predice la caída más aguda en años. Se calcula que más de 100.000 empresas taiwanesas operan en el continente, sustrato que basta para definir su fragilidad. El primer impacto económico no tiene que ver con Trump sino con la caída de ventas del iPhone, que afecta gravemente al fabricante de procesadores TSMC – que produce en Taiwán – y a Foxconn, que lo ensambla en el continente. Hace meses, Apple dio orden de ralentizar su cadena de suministros, por su lado TSMC ha cortado drásticamente las inversiones previstas para este año; los resultados presentados por Apple esta semana confirman por qué: los ingresos generados por su producto más famoso han caído un 15% a pesar del incremento de precio en los modelos más recientes.

En Estados Unidos, el consenso político entre republicanos y demócratas en relación con China augura un conflicto a largo plazo, para el que las empresas de Taiwán se preparan. Terry Gou, el magnate fundador de Foxconn, ha dicho públicamente que la tensión podría durar entre cinco y diez años. No hay  salida fácil para Gou y otros compatriotas que durante décadas se han movido entre la isla y la “madre patria”: aprovechando la apertura económica de Pekín – y la mano de obra barata – han instalado sus fábricas en el continente. Esas plantas estarían entre las primeras víctimas de las sanciones estadounidenses.

Algunas han iniciado movimientos para migrar su producción  a otros países, como Vietnam, Malasia, Indonesia e India. En realidad, se trata de una transición previsible desde que los salarios y otros costes en China empezaron a subir. La guerra comercial ha puesto urgencia donde antes había sólo tanteos. Pegatron, importante suministrador de Apple, ha escogido Indonesia para escapar de los aranceles, aunque de momento va a mantener su fabricación del iPhone en China porque – sugiere la prensa de Taipei – Trump no quiere perjudicar a la única marca estadounidense en el mercado de smartphones.

Inventec (que fabrica AirPods) y Wistron (antigua unidad de fabricación de Hacer) han anunciado que recolocarán parte de su producción a plantas en Malasia, México o República Checa, en el primer caso, o en Filipinas la segunda. Un retorno al hogar es posible: Wistron analiza los costes de reflotar su capacidad instalada en Taiwán. El gobierno ofrece incentivos fiscales a las empresas que crucen de vuelta el estrecho de Formosa, que – al menos de boquilla – serían ya unas 40, entre ellas Quanta Computer, el mayor fabricante de portátiles del mundo.

La migración serviría para aligerar la dependencia económica de China. El gigante representa el 40% de las exportaciones de Taiwán y hay que tener en cuenta que la exportación contribuye con más de la mitad del PIB.

No se trata sólo de la guerra comercial sino de los efectos de una caída de la demanda que tiene múltiples causas. Por ejemplo Asustek Computer, ha cerrado un trimestre con pérdidas por primera vez en una década. Fundada en 1989 como fabricante de placas base, segregó ese negocio en 2008 – que pasó a llamarse Pegatron – para centrarse en los productos bajo la marca Asus. La evolución del mercado de PC pilló desprevenida a la empresa y su entrada en los smartphones ha sido tardío e infructuoso. Su rival Acer es un caso similar: su beneficio neto se ha derrumbado en el último trimestre publicado.

Otro segmento que lo está pasando mal es la producción de paneles de cristal líquido. Chunghwa, que fue líder en los 70, acaba de declararse en quiebra, mientras AU Optronics e Innolux han entrado en barrena.

La presión china ha puesto en guardia al gobierno de Taiwán. Al decir de las autoridades de Taipei, la diplomacia china está tratando de bloquear sus acuerdos bilaterales con el resto del mundo. Xi Jinping ha sido muy agresivo recientemente al calificar la unificación como inevitable, sin descartar el recurso eventual de la fuerza. Palabras que han dado alas a la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, cuyo partido PPD acaba de perder las elecciones locales.

Curiosamente, Tsai se caracteriza por ser mucho menos amistosa con Pekin que sus rivales del Kuomintang, partidario que dirigió el éxodo anticomunista de 1949. Ante la bravuconada de Xi, Tsai ha enfatizado su discurso de resistencia y ahora se perfila como candidata a la reelección, algo que hace unos meses no estaba en los análisis políticos.

El planteamiento de Xi Jinping, condensado en la fórmula “un país, dos sistemas” aplicada en Hong Kong, no convence en Taiwán, pero esto no desinfla la presión. En estas circunstancias, Estados Unidos adquiere un papel más importante, si cabe, como sostén político y militar de la isla. Es un pilar en la política exterior de Trump, que complementa su hostilidad hacia China: este presidente estadounidense fue el primero en cuatro décadas en aceptar una llamada telefónica de Tsai. Subsiste un obstáculo ajeno a la tecnología: Trump pretende que Taiwán abra su mercado a la carne porcina estadounidense, que contiene un fármaco prohibido en 160 países.

Estas circunstancias condicionan la economía de Taiwán y la de sus empresas. Se acepta como dogma que ningún producto podría ser competitivo si se le aplica una subida del 25% en los aranceles de importación, como pretende la administración Trump. Pero, al mismo tiempo, no es sencillo reducir la dependencia forjada en tantos años de inversiones en China.

Mover la producción a otros países comporta riesgos de envergadura. En India, que se barrunta como la futura fábrica del mundo porque reúne muchos requisitos para ello, ya se ha establecido Foxconn – emplea a más de 30.000 trabajadores – pero está descontenta con los resultados: le cuesta encontrar personal capacitado y el país carece de infraestructuras equiparables a las chinas. Además, sus competidores coreanos y japoneses han llegado antes.

Con una perspectiva global, no se puede descartar la creación de dos esferas de influencia. Incluso si Trump y Xi sellaran el final de la guerra comercial, subsistirán los fundamentos de una rivalidad que partiría el mercado tecnológico. Si a las empresas se les planteara la alternativa de tener que elegir entre Estados Unidos y China – como dice pretender Trump – la decisión tendrá naturaleza política. Mal que les pese a quienes suponen que la tecnología debería ser políticamente neutra.


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