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  10/06/2020

10 de junio, 2020

La simbiosis malsana entre Donald Trump y Twitter estaba condenada a acabar mal. No ha acabado todavía, porque el usuario más célebre de esa red (80 millones de seguidores) necesita ese altavoz para inflamar a sus partidarios. Si el vínculo de conveniencia ha empeorado, se debe a tres factores: la desastrosa gestión trumpiana de la pandemia, las protestas contra el racismo policial y lo que parece ser un giro de la campaña electoral que amenaza la reelección de Trump. Tras hacer la vista gorda durante años, Jack Dorsey, fundador de Twitter, ha tomado la iniciativa de refutar dos tuits presidenciales, en uno de los cuales se cuestionaba el voto por correo como supuesta fuente de fraude.

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Pese a haber alcanzado la cifra de 166 millones de usuarios diarios y contra lo prometido por Dorsey, Twitter carece de una política explícita para protegerlos de la desinformación que envilece a ojos vista su plataforma. Sencillamente, le ha traído sin cuidado hasta que, con el estallido de la pandemia, se vio ante la tesitura de bloquear aquellos tuits que  considerase como  amenaza para la salud pública. Aunque, ay, dejó pasar algunos de Trump en los que el presidente recomendaba tratamientos probadamente ineficaces.

También anunció la creación de un esquema de etiquetado para avisar a los usuarios del riesgo de falsedad en asuntos especialmente sensibles en un año electoral: inmigración, cambio climático o política sanitaria, entre otros. Se trata, obviamente, de no prestarse a campañas manipuladoras como las que afearon su imagen en 2016. La nueva política de Twitter es aplicable a todos los usuarios, pero vigila especialmente a aquellos cuyo perfil arrastra un mayor caudal de influencia.

La reacción presidencial ha sido furibunda. Denunció – mediante un tuit, por cierto – haber sido censurado (falso) y en 48 horas ya tenía firmada una orden ejecutiva por la que instruye a su administración para que actúe contra las compañías de Internet eliminando la inmunidad de que gozan en relación con los contenidos ´posteados` por sus usuarios, en virtud de la sección 230 de una ley de 1996 conocida como de Decencia de las Comunicaciones. Adicionalmente, ordenó reducir la publicidad del gobierno federal en las redes sociales.

Una mayoría de juristas de Estados Unidos considera que la rabieta presidencial tiene escasas posibilidades de cambiar el funcionamiento de las redes sociales, pero ya se preparan recursos legales para evitar que llegue a aplicarse. Trump es consciente de ello, pero parece creer que una riña con las redes que le han servido de trampolín, podría galvanizar a sus fans de cara a las elecciones de noviembre y exculpar su fracaso presente.

No hay que tomar a la ligera la bravuconada, sino extraer dos lecciones de la conducta de los gigantes de Internet: 1) Facebook, Google y Twitter no son comparables en tamaño ni en modelo de negocio y 2) nunca han hecho piña en otra cosa que en defender sus trampas fiscales o criticar las sanciones de la Comisión Europea (esos burócratas incapaces de entender que el mundo es mejor con redes sociales que sin ellas).

Es sintomático que Google se haya conformado con una declaración vaga, sin entrar al fondo de la cuestión: si se tocara la sección 230 – ha dicho – estaría en peligro el liderazgo estadounidense en la defensa de la libertad de expresión en Internet. Por otra parte, Apple, Microsoft o Amazon no han dicho palabra.

En cambio, Mark Zuckerberg ha hecho ruido al marcar distancia con Dorsey, lo que ha sido interpretado como una toma de partido en favor de Trump. En el contexto de las protestas de estos últimos días, un cierto número de empleados de Facebook  ha exigido – a través de Twitter – un cambio de posición. De este curioso modo, un episodio destinado a catalogarse como “caso Twitter” se ha convertido en “caso Facebook”.

Sibilinamente, Zuckerberg reconvino a Dorsey con una desafortunada expresión: “no podemos convertirnos en árbitros de la verdad”. No sólo desafortunada, también falsa: cada mes se suceden millones de ocasiones en las que empleados o contratados de Facebook (o algoritmos escritos por la compañía) censuran alegaciones violentas contra individuos y grupos sociales, coartan discusiones acerca del suicidio, bloquean imágenes y mensajes en sus múltiples foros en todos los idiomas. Todo lo que ocurre en la red social de Zuckerberg se debe a una política que lo permite o lo rechaza, por activa o por pasiva.

Hay razones para pensar que la frase de Zuckerberg ha sido calculada para quitarse de encima la acusación de que Facebook – en palabras textuales de Trump – “está bajo el comando & control (sic) de la izquierda radical”.

En ocasiones Zuckerbeg ha lamentado el sensacionalismo y la polarización que abundan en las redes sociales. Su retórica nunca ha estado mejor articulada que en octubre de 2019, cuando pronunció un discurso en la universidad de Georgetown: “no es posible imponer la tolerancia desde arriba; debe surgir de las mentalidades abiertas, de experiencias compartidas y a través de historias que una comunidad pueda sentir como suyas”.

Dejemos la retórica y vayamos a la sociología. El Pew Research Center ha publicado una recopilación de estudios de los últimos años sobre esta cuestión crucial. Uno de mediados de 2018 concluía que “la mayoría de los estadounidenses se resisten a que el gobierno tome medidas contra la desinformación online que podrían limitar las libertades [pero] al mismo tiempo un 56% opina que las compañías tecnológicas deberían dar pasos concretos para restringir la circulación online de informaciones falsas”.

Como reacción catártica al escándalo de Cambridge Analytica, que se valió de datos de usuarios para apuntalar la campaña de Trump en 2016, Facebook montó un equipo de académicos bajo responsabilidad directa de Joel Kaplan, vicepresidente de asuntos públicos de la compañía, al que encargó diseccionar variables del comportamiento de sus usuarios. Un documento que trascendió en 2018 antes de desaparecer de la vista, advertía: “nuestros algoritmos tienen la capacidad de explotar la atracción del cerebro humano por la división [por lo que] si no fueran acotados, facilitarían la difusión de contenidos de carácter divisionista cuyo objetivo no es otro que ganar la atención de otros usuarios”. Y apuntaba otro efecto que no llegaba a valorar: “esos contenidos se traducen en un incremento del tiempo de uso de la plataforma”.

El científico de datos Carlos Gómez Uribe trabajó un año (2017) en Facebook, al frente de un experimento bautizado Integrity Team. Lo suficiente para dejar sentada la hipótesis de que se debería reducir el impacto de los usuarios hiperactivos. He ahí una interesante cuestión: las métricas que Facebook privilegian como engagement la influencia de los usuarios que más comparten, a la vez que  deprimen la de los poco activos. Es un aspecto del modelo de negocio, pero tiene el problema de que los hiperactivos suelen tomar partido con más entusiasmo que los menos participativos. Con el tiempo, esa conducta gregaria ha aumentado su agresividad, descubrió Gómez Uribe, que ahora trabaja en Apple.

Otro científico, el especialista en machine learning Joaquín Quiñonero resumía en una entrevista con este blog la dimensión del problema: “La moderación de contenidos […] no es viable a la escala necesaria sin la contribución de la IA. Pero también diré que estas cuestiones han puesto de manifiesto la tensión entre dos valores que son esenciales para Facebook. Uno es nuestro compromiso de dar la palabra a todos los usuarios, el otro es la obligación de proteger a las personas y las comunidades de aquello que sea perjudicial en algún sentido individual o colectivo […] Estamos ante un grave problema social para el que no existe ninguna respuesta equilibrada ni hay soluciones neutras”.

Debo admitir que estos razonamientos puedan parecer pretenciosos al lado de tácticas ramplonas. Por un lado, la teatralidad de Trump como recurso para fabricarse un enemigo (las Big Tech) y por otro lado el interés de Zuckerberg de no caer en la narrativa de Trump.

Hay circunstancias que explican la agachada de Facebook ante los ataques que recibe Twitter. En primer lugar, lo último que quiere Zuckerberg es verse mezclado en otro escándalo político en año electoral. Y en segundo: sus intereses empresariales pasan por cuestiones ajenas a la política estadounidense. Ha anunciado Facebook Shops, su peculiar apuesta por el comercio electrónico y, más lejos todavía, su diversificación hacia dos populosos mercados asiáticos: India e Indonesia. Meterse de hoz y coz en una discusión con Donald Trump sería muy contraproducente. Esto es lo que no han captado los empleados que siguen creyendo en el mensaje original del hoy magnate Zuckerberg. Hasta mañana.

Norberto Gallego


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