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  11/03/2021

La carrera espacial no es la que se creía

La fiebre que vive el sector de los satélites de comunicaciones sólo puede acabar en consolidación o en quiebras. Todos los actores lo admiten, pero ninguno da el paso de concentrar recursos, gesto que evitaría los riesgos de generar otra burbuja, efecto verosímil de la megalomanía de Elon Musk. En este ambiente, afloran startups inviables. Mientras, los modelos de negocio han dado un giro: del transporte y difusión de señales de televisión a la conectividad en banda ancha. Primero se teorizó sobre la necesidad de llevar internet a zonas remotas de África y América Latina; el nuevo foco privilegia las áreas rurales en Estados Unidos y Europa, donde el despliegue de fibra resulta prohibitivo.

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Musk, a través de su empresa SpaceX y el servicio Starlink, alimenta la fiebre con sus lanzamientos de satélites de baja órbita (LEO, Low Earth Orbit) que rodean el planeta a una altura de entre 500 y 2.000 km. Son capaces de ofrecer conexiones rápidas y baja latencia, dos cualidades superiores a las de los satélites geoestacionarios (GEO), preferidos por los operadores tradicionales. Otro adversario de cuidado es Amazon, que se asoma a este mercado con su proyecto Kuiper.

Los analistas de Euroconsult pintan el futuro de este sector con dos pinceladas:  en 2019, el 55% de los ingresos del sector provenía del vídeo; en 2029, el 80% será generado por los datos [que, lógicamente, incluyen imágenes comprimidas]. Sus homólogos de Credit Suisse se muestran más circunspectos; advierten que para poner en órbita – y luego mantener, que no es poco  problema – una flota de  centenares de satélites hay que movilizar muchos miles de millones de dólares, pero la demanda todavía no es relevante.

A todo esto, ¿qué dicen los empresarios? El debate tiene muchas aristas. Una: Rodolphe Belmer, CEO de Eutelsat, un operador tradicional, opina que la conectividad tardará años en tomar el relevo del vídeo como principal segmento de su negocio (61% en 2020). Otra: Rick Baldridge, primer ejecutivo del operador Viasat, afirma que no tiene nada en contra de los LEO, pero desliza que no cree sea este el modo más económico de prestación de los servicios que el mercado demanda.

Las advertencias toman como antecedentes la bancarrota del operador británico OneWeb, que hace un año se quedó sin dinero y tuvo que declararse en bancarrota, de la que ha sido rescatado provisionalmente por el gobierno de Londres y el grupo indio Bharti. Asimismo, el proyecto Leosat, promovido por un consorcio luxemburgués desde 2013, se canceló seis años después sin haber lanzado un solo satélite de la constelación prometida, en ausencia de inversores.

Starlink parece estar al abrigo de esas contingencias, aupado por la narrativa de éxito que acompaña a Elon Musk. Sus primeros satélites se pusieron en órbita en 2019 y ya son 1.100 operativos, llevados al espacio por cohetes Falcon 9 de SpaceX, cuya característica más sugerente es que son reutilizables, con el consiguiente ahorro de costes. Los planes de la empresa de Musk son grandiosos: 42.000 cubos orbitales rondando la Tierra en 2027. La puesta en servicio de la flota actual se inició el pasado octubre y, según lo publicado, cuenta con más de 10.000 clientes en seis países.

Ya se puede contratar en pruebas en España a través de distribuidores, a un precio francamente elevado: 99 euros mensuales a los que hay que sumar 499 euros del hardware de recepción (no incluye los gastos de envío). La velocidad de acceso prometida es de entre 50 y 150 Mbps, pero se espera alcanzar los 300 Mbps. Ofrece una latencia mínima de 20 milisegundos “con breves períodos de pérdida de conectividad”, según la advertencia preceptiva para evitarse problemas legales.

Las previsiones económicas de esta otra aventura del proteico señor Musk dan vértigo. SpaceX contempla un coste de “al menos” 10.000 millones de dólares, pero con la misma vaguedad apunta unos ingresos potenciales de 30.000 millones al año. Para hacerse una idea, la cifra sería diez veces más alta que la de su negocio de lanzamiento de cohetes propulsores. Ante tal muestra de optimismo, no es extraña la pretensión de enviar una misión tripulada a Marte.

El otro protagonista de la carrera es Amazon, no tanto por su realidad actual cuanto porque puede exhibir mejores fundamentos comerciales. Su fundador, Jeff Bezos, no tiene la arrolladora personalidad de Musk, pero no va corto de ambiciones: también él puede apoyarse en su propia empresa espacial, Blue Origin.

Amazon ha iniciado pruebas de su proyecto Kuiper con satélites LEO y, alternativamente, con geoestacionarios. Con una constelación propia podría servir a zonas urbanas, suburbanas y rurales contenidos de vídeo 4K, cautivos de su paquete de suscripción Prime. Sería una forma de ofrecer acceso a usuarios con acceso difícil y a la vez asegurarse una cobertura prácticamente ilimitada. La recopilación de datos siempre es una motivación detrás de cada iniciativa de Amazon.

AWS, su filial de servicios cloud tiene mucho que decir en este proyecto, En 2019 ya promovió Ground Stations, estaciones terrestres que conectan instalaciones de sus clientes con satélites ajenos, a cambio de una tarifa especifica.  Ofrecer una conexión segura y fiable en cualquier lugar tendría el aliciente de mejorar la entrega de sus servicios en la nube a la vez que rebaja el papel de las redes gestionadas por operadores.

En esas pruebas, los terminales de conexión con satélites GEO han dado rendimientos de 400 Mbps empleando las bandas K y Ka, a 17,7-19,3 GHz y 28,5-29,1 GHz, respectivamente. Resulta prometedor, pero no hay pistas sobre una concreción de la oferta.

También SpaceX podría tener segundas intenciones. Comparte fundador y CEO con Tesla, por lo que los medios estadounidenses conjeturan que podría estar en juego una proposición para que los coches de la marca se vendan con conexión satelital opcional. Pero la oferta más parecida a la de AWS sería Azure Orbital, un servicio que se anuncia con la virtud de conectar directamente la plataforma cloud con satélites de terceros. Pronto empezarán las pruebas con compañías especializadas, entre ellas la mencionada Viasat. También Microsoft declara la intención de construir estaciones terrestres, pero esta iniciativa hay que verla como parte de la batalla entre los dos gigantes de la nube.

Como se puede ver, el mercado se mueve, pero no sólo con actores de nombre sonoro a priori ajenos a él. El propio sector satelital, normalmente discreto, ha tomado nota de por dónde va el mercado. La mencionada Viasat ha adquirido a Euteelsat  la mitad que no controlaba de una empresa común de banda ancha en Europa. En un plano análogo, otro especialista, SES – propietario de la constelación de satélites Astra –  ha ratificado su apuesta por la tecnología geoestacionaria pero adaptará su carga útil para privilegiar la banda ancha y reducir el peso de la televisión en su negocio.

A la fecha, más de 2.500 satélites orbitan alrededor de la Tierra y cada vez son más visibles desde la superficie. En la década de los 90, Iridium, un consorcio impulsado por la antigua Motorola, intentó la conectividad global mediante una constelación LEO, pero no cuajó. Dos décadas más tarde, la situación es muy distinta. Aparte de visionarios (sic) como Musk y Bezos, hay demanda y, hasta cierto punto, financiación suficiente. Los costes han bajado y se han inventado nuevos modelos de negocio. B2B es uno de ellos, pero el crecimiento masivo estaría en el mercado residencial: la clientela potencial no se encuentra sólo entre los consumidores que no tienen acceso a Internet sino en quienes todavía dependen de conexiones lentas o hilos de cobre.

Por ahora, ni Starlink ni el resto de iniciativas suponen una amenaza para los operadores, pero es otra línea de negocio que empieza a escaparse e sus manos. Y, lo que no es menos peligroso, podría ser un punto de entrada de actores ajenos, las temidas OTT, sobradas de capital y de apetito: si la regulación no se opone, Google y Facebook insistirán en explorar este nuevo yacimiento.

Pero ha de quedar claro que nada está decantado. La viabilidad de Starlink y otros proyectos está por verse. Un problema tecnológico – por no hablar de los financieros – es la antena: tendrá que reorientarse constantemente para buscar cobertura hasta que haya una flota nutrida de satélites en órbita. Es un proceso delicado, que la poca fiabilidad podría convertir en pesadilla. Otra preocupación es la velocidad: estas redes son un recurso compartido: cuantos más usuarios se conecten, menos capacidad tendrá el sistema. Y, finalmente, queda por ver cómo se integrará este auge de proyectos satelitales en la asignación del espectro entre los muchos servicios que se lo disputan. Esta es una atribución exclusiva de la UIT (Unión Internacional de Telecomunicaciones).

[informe de Pablo G. Bejerano]


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