13/12/2019

Sundar Pichai se queda solo ante el peligro

El final de una era deja paso a otra nueva, esto va de suyo. Pero la noticia de la retirada prematura de los dos fundadores de Google reclama algo más de reflexión. De tiempo atrás era notorio que Larry Page y Sergey Brin no tenían entusiasmo – quizá tampoco cualidades – para ocuparse de la gestión corporativa: lo suyo es inventar. Con fortunas que suman 120.000 millones de dólares, raramente pisaban la sede de Mountain View. Al final, han cedido los poderes ejecutivos en el holding Alphabet al CEO de Google, Sundar Pichai (47), responsable por el 99,6% de los ingresos de aquél. No por casualidad el cambio de guardia coincide  con la inminencia de un período turbulento.

Sundar Pichai

Rebobinando hasta 2001: los veinteañeros Page y Brin comprenden que para sacar adelante la empresa que “monetizaría” su revolucionario buscador van a necesitar la ayuda de un adulto con la experiencia de que ellos carecen. Fichan a Eric Schmidt como chairman y CEO para quedarse con la faceta de creación tecnológica, su verdadera pasión. Diez años después creen llegado el momento de que Page se convierta en CEO; Brin seguirá recluido en su laboratorio.  Ocho años más ha durado el experimento.

El anuncio de la semana pasada no cambia el hecho fundamental de que ambos, ya cuarentones, seguirán controlando la mayoría absoluta del poder de voto en Alphabet, gracias a una estructura accionarial que han diseñado a su medida.

Gene Munster, analista reciclado en inversor, comenta: “el próximo capítulo [en la vida de Google] va a girar inexorablemente en torno a la política y a la regulación. Cuando pienso que Page y Brin podrían pasarse dos o tres años testificando aquí o allá, no me sorprende que hayan decidido dejar a un tercero la pesada carga”.

Visto así, ¿qué futuro espera a Sundar Pichai? Básicamente, lo mismo: más sanciones en Europa, investigaciones en Estados Unidos sobre (presunto) abuso de posición dominante, amenazas de partición según quién gane las elecciones, manifestaciones de empleados contra los negocios con el Pentágono o las concesiones a la censura china. De vez en cuando tendrá que gestionar algún escándalo sexual, por no mencionar el escepticismo de millones de usuarios que ya no se tragan las buenas intenciones de la una compañía que estaba destinada a mejorar el mundo.

Es bastante más que una formalidad. Pichai sube un peldaño al ser investido CEO de Alphabet, ese extraño artefacto creado en 2015 con la finalidad de meter en vereda unos cuantos proyectos – casi todos fruto de adquisiciones – que podrán tener mucho potencial pero, de momento, sólo tienen como denominador común su distancia con el negocio de Google, la publicidad que genera el dinero del que aquellos se alimentan. Durante estos cuatro años, los fundadores toleraron y en algún caso alentaron tales aventuras. De no haber sido por la disciplina que impuso Ruth Porat, fichada como CFO, vaya uno a saber qué habría pasado.

Fue Porat, procedente de Morgan Stanley, quien diseñó el holding que ha  permitido aislar a Google de las llamadas “otras apuestas”, una docena de unidades de negocio que sistemáticamente pierden el dinero que aquella produce. Idealmente, deberían prepararse para funcionar como empresas autónomas, gozando entretanto de la generosidad indefinida de un accionista que no les ha puesto plazos para ser rentables.

Alphabet es una de las compañías con más alta capitalización bursátil –  927.000 millones de dólares – y cerrará este año fiscal con unos ingresos que se estiman en 162.000 millones [es plausible: hasta septiembre fueron 116.000 millones] y un beneficio operativo de aproximadamente 35.000 millones.

Puede argumentarse que se trata de una invención anómala. Nadie en estos cuatro años ha dejado de llamar Google a lo que legalmente es Alphabet. Hasta el extremo de cotizar en bolsa con el antiguo ticker: GOOG. Los reguladores del mundo entero no se engañan: Alphabet y Google son sinónimos y nada cambiará esa percepción.

El holding no ha sido precisamente un modelo de transparencia. Los analistas bursátiles suelen quejarse de que la información económica que se les facilita no presenta, por ejemplo, las cifras de YouTube, a pesar de tratarse del segundo sitio web del mundo en audiencia (sigue a Google y precede a Facebook) y por tanto gran fuente de ingresos que no se desglosan.

Una consecuencia de la dualidad de responsabilidades de Pichai podría ser, en el momento oportuno, un cambio de modelo operativo para contrarrestar esas objeciones. Al mismo tiempo, dejar patente quién está al mando: Pichai ha causado buena impresión cuando tuvo que acudir al Capitolio a salvar la incomparecencia previa de Larry Page. También hay que decir, en favor de su CV, que no goza de las simpatías de Donald Trump, pero esto tiene poco de excepcional.

La estructura del holding no tiene por qué alterarse por la salida de los dos fundadores del organigrama. En esencia, que su CEO sea el mismo de Google subraya que ha perdido utilidad para los fines que se presumen en un holding accionarial. Si a medio o largo plazo implicará disolverlo o vaciarlo de contenidos, ya se verá. Alguna de las motivaciones de su creación podría variar: los proyectos de coche autónomo, salud y biociencia aparentan posibilidades de adquirir autonomía real. Bien podrían replantearse para despegar en solitario o abrirse a la entrada de socios externos en las industrias afines.

En Google quedarán, como hasta ahora, las líneas de negocio que pueden sostenerse mediante ingresos propios (normalmente la publicidad), a saber: Android, Chrome, motor de búsqueda, Google Cloud, Google Maps, Google Play, You Tube y la expansiva unidad de hardware.

Tras unas primeras reacciones en las que se subrayaba el formalismo del anuncio, los analistas han empezado a preguntarse cómo reorganizará Pichai las actividades que hasta ahora no dependían de él sino de Page. En esa tarea, contará seguramente con Ruth Porat, que sale reforzada. Otros supuestos ganadores serían Thomas Kurian, CEO de Google Cloud, y Mustafa Suleyman, cofundador de DeepMind. En cambio, se da por segura la caída de David Drummond, hasta ahora jefe de los servicios jurídicos.

En definitiva, Sundar Pichai se enfrenta a desafíos tecnológicos – lo normal en su caso – pero también a los cambios del entorno político y cultural de una compañía que emplea a 114.000 personas y está presente en todo el mundo.

[informe de Mario Kotler, desde San Francisco]


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